Niña Pastori: ‘Equivocarse es humano; repetirse es lo verdaderamente peligroso’

La artista española defiende la autenticidad frente a la inmediatez de las redes sociales y la inteligencia artificial. Redes sociales
Niña Pastori presenta La Fania, un álbum que reinterpreta clásicos de la Fania All Stars desde el flamenco como un homenaje y agradecimiento al legado de la salsa. Redes sociales
  • 15/07/2026 00:00

La artista española reflexiona sobre su nuevo álbum inspirado en la Fania, el paso del tiempo, la inteligencia artificial, las redes y el valor de mantenerse auténtica

Treinta años después de publicar su primer disco, Niña Pastori sigue hablando del futuro. No del pasado.

Podría vivir de un repertorio consolidado, de los éxitos que la convirtieron en una de las voces imprescindibles del flamenco contemporáneo. Sin embargo, decidió hacer exactamente lo contrario: sumergirse en uno de los legados más respetados de la música latina y reinterpretar clásicos de la Fania desde el lenguaje del flamenco.

No lo hizo como un ejercicio de nostalgia.

Lo hizo como un acto de gratitud.

”Más que un tributo, este disco es un agradecimiento”, dice durante una entrevista con La Estrella de Panamá, en la que habla de La Fania, su más reciente producción, pero también del miedo, las redes sociales, la inteligencia artificial, la belleza, las pérdidas y lo que significa seguir creciendo después de tres décadas de carrera.

Lo primero que sorprende es que, después de tantos años sobre los escenarios, su mayor temor no sea equivocarse.

Es repetirse.

”Equivocarte es más humano”, responde sin titubear.

Para ella, un error significa haber arriesgado, lanzarse “a la piscina”, probar algo distinto. Repetirse, en cambio, supone caer en una mecánica consciente de reproducir aquello que alguna vez funcionó.

”Me quedo con equivocarme”, afirma.

Esa filosofía explica buena parte de su nuevo trabajo.

En lugar de interpretar las canciones de la Fania como piezas de museo, decidió dialogar con ellas.

”Creo que el disco ha quedado bonito”, comenta con sencillez. Pero enseguida aclara que el proyecto va mucho más allá de versionar canciones emblemáticas.

Es una forma de agradecer que existieran artistas capaces de construir un legado musical que, décadas después, continúa emocionando a generaciones enteras.

”Van quedando cada vez menos de aquellos genios, pero ojalá ese legado perdure por muchos años”, reflexiona.

La música no envejece

Entre las canciones del álbum figura Periódico de ayer, uno de los himnos inmortalizados por Héctor Lavoe.

La metáfora parecía inevitable.

En una época donde la información envejece en cuestión de horas y las tendencias cambian a la velocidad de un algoritmo, ¿corre la música el riesgo de convertirse también en un “periódico de ayer”?

Niña Pastori cree que no.

”La música es emoción”, responde.

Dice que la necesitamos para celebrar, para recordar, para acompañar los momentos de intimidad e incluso para narrar las noticias. Cree que ninguna tecnología podrá reemplazar ese papel esencial.

Aunque reconoce que la inteligencia artificial transformará la industria musical, evita caer en el pesimismo.

Prefiere hablar de equilibrio.

”Ojalá la inteligencia artificial tome un equilibrio, que es lo que realmente nos conviene a todos.”

Las raíces también viajan

La Fania une simbólicamente Cádiz y Nueva York.

Dos ciudades atravesadas por migraciones, mezclas culturales e identidades diversas.

Cuando se le pregunta si las raíces sirven para quedarse o para moverse, responde que ambas cosas son posibles.

Las raíces, dice, acompañan a una persona donde quiera que vaya.

”Son como otro miembro más de tu cuerpo.”

Conocer de dónde se viene resulta fundamental, pero eso no significa permanecer inmóvil.

También es hermoso —asegura— llevar esa identidad a otros lugares y dejar allí una semilla propia.

Rubén Blades escribió una canción para el siglo XXI... en 1978

Uno de los momentos más interesantes de la conversación surge al hablar de Plástico, la célebre composición de Rubén Blades.

La canción, publicada hace casi cinco décadas, criticaba una sociedad obsesionada con las apariencias.

Para Niña Pastori, hoy resulta incluso más vigente.

”La escuchas y parece que hubiese sido compuesta antes de ayer.”

Admira profundamente al cantautor panameño, a quien define como “un artista adelantado a sus tiempos”.

Pero lo que más le preocupa no son las redes sociales en sí mismas.

Es el efecto que producen sobre los más jóvenes.

Habla de adolescentes que sienten la necesidad de operarse cada vez más temprano, de filtros que distorsionan la percepción del cuerpo y de una sociedad que ha comenzado a valorar más la apariencia que el carácter.

”Lo importante es tener un corazón bonito”, dice.

”No el físico.”

Porque, insiste, la verdadera belleza está precisamente en que todos sean distintos.

”Todos hemos tenido un Gran Varón cerca”

Otra de las canciones del álbum es El gran varón.

La obra de Omar Alfanno, inmortalizada por Willie Colón, continúa generando conversaciones sobre identidad, discriminación y aceptación.

¿Somos realmente una sociedad más libre?

Niña Pastori cree que sí, pero solo en parte.

Reconoce que ha habido avances importantes, aunque todavía persisten prejuicios disfrazados de tolerancia.

”Todos hemos tenido un Gran Varón en nuestra familia”, comenta.

Y compara esa realidad con el racismo.

Hay personas que aseguran no discriminar, dice, pero cuyos actos terminan revelando lo contrario.

Para ella aún queda “mucho trabajo por hacer”.

Panamá sigue siendo una promesa

Paradójicamente, la artista nunca ha visitado Panamá.

Lo primero que asocia con el país es Rubén Blades.

Dice admirarlo profundamente y recuerda la cercanía que el salsero ha mantenido históricamente con el flamenco.

”Estoy loca por ir.”

Confiesa que, pese a llevar tres décadas de carrera, ha trabajado tanto que apenas ha tenido tiempo para viajar por placer.

Su deseo ahora es presentar La Fania en suelo panameño y compartir esas canciones con un público que todavía no conoce en persona.

Cantar con más vida

Cuando comenzó tenía 17 años.

Hoy tiene 48.

La técnica puede perfeccionarse con los años, pero la emoción también cambia.

Y, según ella, crece.

”Siento más”, asegura.

Explica que vivir implica atravesar alegrías, heridas, pérdidas y aprendizajes.

Con el tiempo uno deja de ahogarse por asuntos pequeños y aprende a distinguir aquello que realmente importa.

Todo eso termina apareciendo cuando canta.

Porque un artista, dice, no hace otra cosa que expresar lo que lleva dentro.

La inocencia como decisión

Cuando habla de las pérdidas, sorprende.

No menciona premios ni éxitos.

Habla del cuerpo.

De la piel.

Del paso inevitable de los años.

Pero inmediatamente contrapone otra idea.

Hay cosas que nunca deberían perderse.

La ilusión.

La capacidad de confiar.

La inocencia.

”Aunque no lo parezca, sigo siendo inocente”, dice entre risas.

Reconoce que esa confianza le ha hecho sufrir más de una vez, pero insiste en conservarla.

Es una parte de ella que nació siendo niña y que no piensa abandonar.

Construir antes que viralizar

También observa con atención cómo ha cambiado la industria musical.

Pertenece a una generación que esperaba meses para conocer la reacción del público y construía carreras lentamente.

Hoy una canción puede convertirse en un fenómeno mundial durante una noche y desaparecer pocos días después.

Niña Pastori evita condenar esa transformación.

Reconoce que la tecnología permite llegar a personas que antes eran inaccesibles.

Sin embargo, insiste en que ningún éxito instantáneo reemplaza unos buenos cimientos.

”Lo importante es crear una base sólida para que, cuando lleguen las tempestades, haya algo que sostenga todo eso.”

Quizá por eso, cuando se le pregunta si sigue cantando por necesidad o por elección, sonríe.

Dice que ambas cosas conviven.

Cantar sigue siendo el pan de su casa.

Pero también es la única vida que ha conocido.

Comenzó a los nueve años.

Publicó su primer álbum a los diecisiete.

Nunca tuvo tiempo de descubrir otra profesión.

Y tampoco parece necesitarla.

Antes de despedirse imagina un futuro en el que, dentro de treinta años, otro artista tome una de sus canciones y la transforme en un género completamente distinto.

No le preocupa.

Al contrario.

Dice que la emocionaría.

Porque, al final, la música solo permanece viva cuando alguien se atreve a volver a cantarla.