’El sufrimiento siempre ha estado presente en la literatura’

Cecilia Domeyko:
Cecilia Domeyko presentó en Panamá “Sacrificio en la frontera”, una novela inspirada en años de conversaciones con migrantes latinoamericanos. Roberto Barrios | La Estrella de Panamá
Yoali emprende la búsqueda de su hijo tras perderlo durante el cruce fronterizo, en una historia atravesada por violencia, maternidad y esperanza. Redes sociales
  • 29/08/2026 00:00

La escritora chilena explora migración, maternidad, trata infantil y esperanza mediante Yoali, una mujer cuya búsqueda revela el costo humano detrás de cada frontera contemporánea

Cecilia Domeyko escuchó la voz de Yoali entre el sueño y el despertar. La desconocida le dijo su nombre y comenzó a contarle una historia que la escritora chilena llevaba décadas preparándose para narrar, aunque no lo supiera. Periodista, cineasta y corresponsal en Washington, Domeyko había pasado diez años entrevistando a migrantes en pueblos fronterizos de Estados Unidos para campañas de servicio público dirigidas a la comunidad latina. Aquellas conversaciones le permitieron conocer las razones, pérdidas y esperanzas de quienes dejaron atrás su hogar para buscar “el Norte”.

De ese material humano nació Sacrificio en la frontera, novela presentada en la Feria Internacional del Libro de Panamá. Su protagonista abandona su pueblo junto a su pequeño hijo, Elisito, pero durante el cruce el niño es arrebatado por traficantes. La búsqueda posterior conduce a Yoali por territorios de violencia, amor, resistencia y transformación.

En conversación con La Estrella de Panamá, Domeyko explica cómo convirtió testimonios reales en ficción sin reducir el sufrimiento a espectáculo; reflexiona sobre la maternidad, el simbolismo y las fronteras íntimas que atraviesan sus personajes. También habla del precio personal de escribir y de aquello que una novela puede conseguir frente a estadísticas que ya no logran conmovernos.

—Usted ha contado que Yoali apareció como una voz en un sueño. Después de escuchar durante años a cientos de migrantes, ¿a quién pertenece esa voz?

—La dueña de una novela siempre es la escritora, aunque existan hechos anteriores. Pasé diez años entrevistando personas en pueblos fronterizos de Estados Unidos para un proyecto de la Iglesia católica. Conocí a quienes acababan de cruzar y a otros que llevaban años viviendo allí. Eso me dio un conocimiento profundo de su realidad: por qué decidieron dejarlo todo, qué encontraron y cómo arriesgaron la vida, a veces separándose de sus familias. Cruzar exige valentía y humildad.

Siempre pensé que allí existía una novela, pero trabajaba como periodista y después en cine. No tenía tiempo. Una madrugada, entre el sueño y el despertar, una voz me dijo: “Yo me llamo Yoali”, y contó el comienzo. Era ahora o nunca.

—Al escribir ficción desde el sufrimiento real, ¿cómo evitó convertir ese dolor en espectáculo o utilizarlo solo para generar suspenso?

—Una no controla completamente lo que escribe, porque también aparece el inconsciente. Sabía el comienzo y el final, pero no tenía un plan intermedio. Mientras escribía surgieron los personajes. El sufrimiento siempre ha estado presente en la literatura y permite desarrollar algo más profundo. Incluso el amor se siente con mayor intensidad cuando sufre.

—Yoali viaja para ofrecerle un futuro mejor a su hijo, pero termina perdiéndolo. ¿Qué revela esa contradicción sobre el precio de buscar una vida digna?

—Quienes cruzan arriesgan la vida y, si viajan con hijos, también la de ellos. Muchas mujeres son violadas durante el trayecto; otras personas son maltratadas y ocurren cosas terribles, aunque no siempre. Asumen esos peligros porque quieren algo mejor para ellas y sus familias.

En la novela no hablan de países, sino de “el Norte”: aquello ubicado más allá de la frontera. También posee un significado simbólico. Desde la antigüedad, encontrar el norte significaba orientarse mediante la estrella polar. Representa la búsqueda de un destino mejor.

—Cuando Yoali pierde prácticamente todo, ¿qué conserva de su identidad más allá de ser madre y buscar a su hijo?

—Yoali también es cantautora. Sus canciones funcionan casi como otro personaje. Una habla de la pérdida y búsqueda del niño, se vuelve famosa y adquiere relevancia en la trama. No contaré si finalmente lo encuentra, pero soy una persona optimista.

La búsqueda también posee valor simbólico: al buscar a su hijo, Yoali busca una parte de sí misma. Durante el recorrido crece como cantante, autora y mujer.

—¿En qué momento el amor deja de ser solamente un sentimiento y se convierte en resistencia?

—Lo contrario del amor es la maldad, todo lo vil, y ambos se enfrentan constantemente. Aparecen el amor de Yoali por Frank, el protagonista masculino; el amor inmenso por su hijo; y un Amor con mayúscula, que integra el mensaje. Finalmente, el amor transforma a las personas y conduce la resolución de la historia.

—La palabra “sacrificio” aparece en el título. ¿Quién se sacrifica realmente?

—Para mí tuvo un sentido personal porque escribir fue un gran sacrificio. Al principio trabajaba de noche y no dejaba dormir a mi esposo. Después cerramos nuestra compañía de producción televisiva —era el momento— y trabajé de día durante un año hasta terminar el primer borrador. Dentro de la historia, todo implica sacrificios: Yoali se sacrifica y los demás personajes también sufren.

—¿Cómo consiguió que la fortaleza de Yoali no ocultara su miedo, vulnerabilidad y derecho a quebrarse?

—Es bueno que las mujeres tengamos protagonistas femeninas capaces de inspirarnos. No elegí racionalmente que fuera mujer; surgió de mi subconsciente. Creo que sucedió porque hay mucho de mí en ella. Soy mujer, soy madre y sé lo que significa entregarlo todo por un hijo.

También existe una antagonista fuerte: la Coyota. Al comienzo es felina, carente de sentimientos y capaz de acciones terribles. Le encargan cuidar al niño para venderlo, pero al descubrir su destino decide que no puede completar esa maldad. Escapa con él y comienza a amarlo. Ese amor maternal la transforma.

—¿Cuál es la frontera más difícil de cruzar en esta obra: la geográfica, la impuesta por el miedo o la moral?

—La novela tiene una capa visible de acción y otra que se desarrolla de manera subterránea, paralela. Cada personaje cambia a través del sufrimiento, de los abusos y del encuentro con el amor. Esa transformación interior es el mensaje principal de la obra.

—La migración suele reducirse a cifras. ¿Qué puede revelar una novela que no consigue mostrar una estadística o un discurso oficial?

—Las personas leen las estadísticas, pero es como si llevaran un impermeable: la información pasa por encima y no penetra. La novela permite adentrarse en los pensamientos y sentimientos de los personajes. El lector puede sentir sus emociones.

Personalmente, creo que la emoción es lo que transforma a la persona, lo que la conmueve. Quizás mediante una historia de acción el público pueda comprender realmente quiénes son quienes cruzan la frontera y reconocerlos como seres humanos. Esa identificación posee mucha más capacidad de transformación.

—Ha sido periodista, cineasta y novelista. ¿Con cuál de esos lenguajes siente que se aproxima más a la verdad?

—Con ambos. Me encantaba ser periodista. Al comienzo me emocionaba encontrar “la papa”, como decimos en Chile. Pero llegó un momento en que dejó de bastarme. Ceñirme a los hechos y buscar tres versiones terminó pareciéndose a una fábrica de noticias. Necesitaba ahondar, contar lo mismo de otra manera y llegar mejor al público.

—¿Qué le enseñó descubrir que símbolos como el volcán, el lago, las flores de los muertos y los túneles aparecieron antes de que comprendiera su significado?

—Cuando escribo no sé qué haré. Las ideas, emociones y personajes emergen. Descubrí que guardamos contenidos inconscientes cuya presencia desconocemos hasta crear.

Durante dos años estudié la psicología de Carl Gustav Jung, centrada en símbolos y arquetipos. Ese conocimiento permanecía dentro de mí. Nunca decidí conscientemente colocar determinado símbolo, pero después comprendí su significado.

—Después de acompañar tantos años esta historia, ¿qué parte de Cecilia Domeyko quedó transformada para siempre?

—Yo también me emocioné con lo vivido por los personajes. Aunque ninguno corresponde exactamente a alguien real, todos combinan distintas personas que conocí, gente que entrevisté y aspectos de mí misma. Espero que esa humanidad sea lo que permanezca.

—¿Todavía cree que “el Norte” existe como promesa?

—Siempre abandonamos de alguna manera el lugar al cual pertenecemos. Algunos lo hacen físicamente; otros evolucionan y dejan cosas atrás. Ojalá crezcamos mediante las experiencias dolorosas, porque nadie vive sin sufrir. En ese proceso dejamos atrás a la persona que fuimos y, ojalá, nos transformamos para mejor.