Telma Ortiz Rocasolano: la cooperación humanitaria como forma de entender el mundo
- 02/02/2026 00:00
Con trayectoria en cooperación humanitaria, Telma Ortiz Rocasolano reflexiona sobre guerras, catástrofes, migración y educación, y cómo esas experiencias moldearon su visión del mundo
Cuando Telma Ortiz Rocasolano habla de su trayectoria profesional, lo hace sin épica ni grandilocuencia. No se presenta como protagonista de las grandes tragedias del mundo, sino como parte de equipos que, en contextos extremos, intentaron sostener lo esencial: la vida. Durante una conversación con La Estrella de Panamá, Ortiz Rocasolano repasó años de trabajo en cooperación internacional y ayuda humanitaria, una experiencia que, según reconoce, transformó para siempre su manera de entender la política, la diplomacia y las relaciones entre países.
Economista de formación, Ortiz Rocasolano ha trabajado durante años en el ámbito de la cooperación internacional, vinculada a organizaciones como Médicos Sin Fronteras, la Cruz Roja y el sistema de Naciones Unidas. Su labor estuvo centrada en emergencias humanitarias: guerras, catástrofes naturales y desplazamientos masivos de población que colapsaban los sistemas sanitarios locales. “Nosotros llegábamos cuando los países ya no podían responder por la magnitud de la emergencia”, explica. “No teníamos capacidad para cambiar estructuras, sino para poner lo que yo siempre digo: una tirita que ayudara a esas poblaciones a superar un momento puntual muy difícil”.
Lejos de señalar una experiencia concreta como la más determinante, Ortiz Rocasolano admite que prácticamente toda su vida profesional ha estado marcada por situaciones duras. África ocupa un lugar central en ese recorrido, especialmente su trabajo en la República Democrática del Congo, donde participó en proyectos de atención materno-infantil y tratamiento de malnutrición crónica y aguda. “Cuando trabajas en emergencias y en guerras, todo es complicado”, afirma. “No podría decir que haya habido algo fácil”.
También recuerda su estancia en Palestina entre 2002 y 2003, durante la segunda intifada, una etapa que define como un punto de inflexión. “Ahí hubo un antes y un después en cómo concebía las relaciones entre países, la diplomacia y la geopolítica”, señala. Vivir ese conflicto desde el terreno, en contacto directo con la población civil, le permitió entender —desde dentro— por qué los mecanismos internacionales fallan tantas veces y por qué las soluciones políticas suelen llegar tarde o ser insuficientes.
Otra de las experiencias que menciona con especial crudeza es el tsunami del Índico de 2004. Ortiz Rocasolano formó parte de los equipos que llegaron a Indonesia tras la catástrofe, donde murieron más de 200.000 personas. “Encontrarte constantemente con personas ahogadas, con pueblos arrasados... una ola que entró casi diez kilómetros tierra adentro y se llevó todo a su paso”, recuerda. En medio de ese escenario devastador, el foco estaba puesto en los sobrevivientes: atenderlos, acompañarlos y ayudarlos a atravesar una crisis que lo había destruido todo.
Pese a la dureza de esos contextos, Ortiz Rocasolano subraya el valor del trabajo colectivo. “Como equipo, estábamos centrados en ayudar a pasar ese momento de crisis”, dice. Esa experiencia acumulada es la que hoy sigue guiando su manera de analizar los problemas sociales y humanitarios, incluso fuera del terreno de la emergencia inmediata.
Cuando se le plantea qué causa social impulsaría si tuviera todos los recursos necesarios, su respuesta se aleja de las soluciones rápidas. Para ella, los problemas sociales no pueden abordarse únicamente con ayudas puntuales. “Hay que ir a la raíz: preguntarse qué provoca esa causa social, por qué ocurre”, explica. En el caso de la migración, por ejemplo, considera insuficiente centrarse solo en frenar los flujos. “Hay que ver por qué una persona se ve obligada a salir de su casa y poner el foco ahí”, sostiene. El objetivo, dice, debería ser que nadie tenga que abandonar su país por necesidad.
En ese análisis de fondo, la educación aparece como un eje central. Ortiz Rocasolano insiste en que quienes han trabajado en cooperación coinciden en la importancia de formar desde la infancia. “Cuando tienes niños te das cuenta de que se les moldea, se les educa, y esa educación los convierte en un tipo de adulto u otro”, reflexiona. En un mundo atravesado por las redes sociales y un acceso casi ilimitado a contenidos, advierte sobre los riesgos de exponer a niños y adolescentes sin herramientas críticas suficientes. “Le das un teléfono a un niño de ocho años y no tiene la capacidad cognitiva para comprender todo lo que recibe”, señala.
Aunque reconoce que hablar de educación como solución puede sonar amplio o abstracto, para ella sigue siendo la clave. No como consigna, sino como política de largo plazo: formar ciudadanos capaces de entender el mundo, cuestionarlo y transformarlo. Es una visión que nace de haber visto de cerca las consecuencias de la desigualdad, la guerra y el abandono institucional.
La trayectoria de Telma Ortiz Rocasolano, marcada por el trabajo silencioso en escenarios extremos, revela una mirada poco complaciente sobre la cooperación internacional: consciente de sus límites, pero convencida de su necesidad. Una mirada que, lejos del foco mediático, sigue apostando por atacar las causas profundas de los problemas globales y no solo sus efectos más visibles.