19 de Ago de 2022

Cultura

Entre el reto global y una presencia olvidada

Universidad de Panamá La casa de Méndez Pereira ajusta 82 años de vida. En este aniversario vale la pena preguntarse qué hace a la UP, la primera casa de estudios

Escribir un artículo sobre la Universidad de Panamá no es fácil. En primer término, porque no es necesario caer en ‘frases hechas', en formulaciones harto conocidas y en golpes de pecho sobre la importancia de esta institución. No es necesario escribir un artículo trillado sobre la universidad cuando, en verdad, nadie se detiene a leerlo.

Entonces, ¿para qué escribimos sobre la universidad? Además, cuando los lectores saben o adivinan qué se va a decir sobre algo, significa que el texto está intelectualmente muerto. En fin, no es necesario escribir sobre lugares comunes, fechas repetidas y nombres ya conocidos. La institución merece más que un panegírico, más que un discurso, más que palabras vacías que nadie escucha.

‘Hoy día la institución debe preocuparse mucho por la investigación, la producción de conocimientos en todos los ordenes posibles

Quizás lo que necesite es un minuto de silencio, un minuto de reflexión, donde todos nos preguntemos seriamente qué estamos haciendo por la primera casa de estudios del país, por la casa de Octavio Méndez Pereira. Y al mencionar su nombre pienso en su legado para el país, el esfuerzo de toda una generación de panameños, para que tengamos una institución como la Universidad de Panamá.

Me he detenido en ver las fotos de los años treinta, por ejemplo, la foto en el Aula Máxima del Instituto Nacional de 1935, año de su fundación. Han pasado ochenta y dos años desde aquel entonces y la república ha tenido una vida bien agitada, marcada por éxitos y derrotas, sueños y pesadillas. Pero la universidad ha seguido como institución, a pesar que no se creía en ella al ser fundada.

En otra foto de 1938 (de Origen y Evolución de César del Vasto: 2010) , que para mí es una foto clásica, observo a los profesores de la universidad de aquel entonces, la mayoría hombres y una sola profesora, y reconozco a todos aquellos intelectuales clásicos de la república comenzando por el mismo Méndez Pereira: José Dolores Moscote, Jeptha B. Duncan, Baltasar Isaza Calderón, Manuel F. Zárate, Rafael Moscote y en una esquina, con la cabeza ligeramente inclinada hacia la derecha, se encuentra a un sabio amante de la literatura, investigador y profesor judío-alemán de sociología y economía, Richard Fritz Behrendt (1908-1972), proveniente de una familia de grandes industriales, y quien llegó a ser uno de los fundadores del Instituto Latinoamericano de la Universidad Libre de Berlín, como escribió Urs Müller-Plantenberg (en http://www.jahrbuch-lateinamerika.de/lai.htm), a finales de la década del sesenta y principios del setenta. En esta universidad, Behrendt logró en la década del sesenta (iniciativa novedosa en Alemania para aquella época) que los estudiantes, que hicieran sus tesis de doctorado sobre América Latina, pasaran un año - financiado por fondos públicos - en algún país de la región. Y esto es ahora una gran tradición de los académicos alemanes, donde, además, sus estudiantes y profesores hablan varios idiomas, participan en múltiples congresos internacionales, es decir, le dan la vuelta al mundo con sus investigaciones científicas.

En verdad, ¿qué hace de la Universidad de Panamá la Primera Casa de Estudios? ¿La cantidad de egresados? ¿La cantidad de carreras? ¿Qué? ¿La cantidad de extensiones? ¿La cantidad de estudiantes? ¿Por la cantidad de investigaciones? No se trata de poner en duda los logros, pero de lo que se trata es pensar sobre la calidad de la institución.

Preguntémonos, ¿por qué somos la Primera Casa de Estudios de Panamá? Y justo al escribir esta línea he escuchado de un funcionario, lo siguiente: ‘estamos trabajando con las uñas'. Así describía el estado de su computadora, que no funcionaba cabalmente, y me pregunto cuántos no estarán trabajando con la uñas en la institución.

He sido testigo de muchos administrativos, profesores y docentes que hacen lo mejor para que esta institución funcione, es decir, para que cumpla el cometido por la que está creada. Y no hay duda de que la universidad está reformándose, recreándose e impulsando sus proyectos de investigación, que es el punto donde debe insistirse en los próximos años.

Hoy día la institución debe preocuparse mucho por la investigación, la producción de conocimientos en todos los ordenes posibles. Aquí la prioridad de una línea de investigación no debe ahorcar la originalidad de un proyecto novedoso que no esté dentro del marco constituido.

El conocimiento es dinámico, cambiante, y supera con creces los dogmas, los paradigmas y los programas. Es un trabajo continuo de investigación, de formular preguntas, de adaptación y correspondencia con este mundo que no termina de detenerse.

Esta consciencia del movimiento, del cambio y de la transformación, debería ser la consciencia de una universidad del siglo XXI, y más en nuestros países que todavía sufren bajo las condiciones propias de modernizaciones caóticas y aceleradas sin que sean acompañadas por cambios estructurales en el terreno de la cultura y las mentalidades que hagan más provechoso y menos catastrófico lo que significa asumir los retos de la globalización, como la competencia y la eficiencia ampliada a nivel global.

Hoy día las universidades se miden globalmente, la presión no sólo es regional, sino global en todos los terrenos, y con la incorporación exitosa de Asia en el mundo económico y académico, obliga a todo el mundo a cambiar, a renovar o desechar viejas evidencias.

Lo cierto es que el conocimiento circula globalmente y nuestra universidad debería asumir este reto, invertir más en investigación y desarrollo, invitar a investigadores y profesores extranjeros, a incentivar las colaboraciones científicas y participación en congresos internacionales, en fin, quizás tomar el ejemplo del profesor Behrent que, entre 1935 y 1940, le dio un gran aporte a la universidad de Panamá, como señala Néstor Porcell en uno de sus ensayos sobre los profesores alemanes (El Panameño actual y otros Ensayos: 1986), al fundar el Instituto de Investigación Social, Económico y Jurídico, junto con otro renombrado profesor alemán en Panamá: Franz Borkenau.