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04 de Feb de 2023

Economía

EEUU en la ruleta rusa

WASHINGTON. Hay momentos en que nuestro sistema político, cuya tarea esencial es mediar en conflictos de manera, en líneas generales, ac...

WASHINGTON. Hay momentos en que nuestro sistema político, cuya tarea esencial es mediar en conflictos de manera, en líneas generales, aceptable y deseable, simplemente no está a la altura de su función. Fracasa. Éste podría ser uno de esos momentos. Lo que aprendimos en 2011 es que en el frustrante y confuso debate sobre el presupuesto quizás nunca alcancemos una conclusión viable. El debate podría continuar indefinidamente hasta llegar a un fin abrupto con una crisis financiera o económica que arrancara el control de manos de los líderes electos.

Estamos pasando de una ‘política que da cosas’ a una ‘política que saca cosas’. Desde la Segunda Guerra Mundial, los presidentes y Congresos han gozado de la envidiable posición de distribuir más beneficios a mayor cantidad de gente, sin requerir impuestos cada vez más altos. Ahora, esta fórmula de gobierno ya no funciona, y los políticos enfrentan lo opuesto: sacar cosas —reducir beneficios o elevar impuestos considerablemente— para impedir que los déficits gubernamentales desestabilicen la economía. Es dudoso que los demócratas o los republicanos puedan superar el cambio.

Nuestro sistema político falló anteriormente. Los conflictos que no pudieron resolverse mediante el debate, el acuerdo y la legislación se resolvieron en forma más primitiva y violenta. La Guerra Civil fue el mayor y más trágico fracaso; los líderes no pudieron acabar con la esclavitud en forma pacífica. En nuestra época, las protestas y los desórdenes sociales de los años 60 —el movimiento antibélico y el de los derechos civiles, y los disturbios urbanos— casi abrumaron el proceso político. También lo hizo la inflación de dos dígitos, que alcanzó su pico del 13 por ciento en 1979 y 1980, y durante años se resistió a esfuerzos para controlarla.

CUESTIONAMIENTO

El impasse del presupuesto sugiere preguntas parecidas. ¿Podemos resolverlo antes de que una crisis no bien comprendida imponga sus propios términos? Durante años ha habido un aspecto de ‘algo por nada’ en nuestra política. Más gente se ha vuelto dependiente del gobierno. De 1960 a 2010, la porción de gastos federales destinada a ‘pagos para individuos’ (Seguro Social, estampillas para alimentos, Medicare y otros programas parecidos) ascendió de un 26% a un 66%. Mientras tanto, la carga fiscal apenas si se movió. En 1960, los impuestos federales representaban un 17.8% de los ingresos nacionales (producto bruto interno). En 2007, representaban el 18.5 del PIB.

Esta buena fortuna reflejó la caída de los gastos militares —de un 52% de los desembolsos federales en 1960, a un 20% en la actualidad— y un crecimiento económico sólido que produjo amplias rentas públicas. Generalmente, modestos déficits presupuestarios cubrían cualquier brecha. Pero ahora, esta aritmética favorable se ha derrumbado bajo el peso de un crecimiento económico más lento (incluso después de una recuperación de la recesión), una población que envejece (crecientes números de beneficiarios) y altos costes de la asistencia médica (ya un 26% de los gastos federales). Los déficits presentes y proyectados son gigantescos.

El problema es que, mientras la economía de la política de dar ha cambiado, la política no se ha modificado. Los liberales aún quieren más gastos, los conservadores más recortes fiscales. (Aunque la carga fiscal ha permanecido constante, varios ‘recortes’ han contrarrestado incrementos proyectados, cambiando la carga). Con pocas excepciones, los demócratas y republicanos no han adoptado ‘políticas de sacar’ detalladas para reconciliar el apetito de los norteamericanos por los beneficios gubernamentales con su desagrado por los impuestos. El presidente Obama no ha proporcionado liderazgo. Aparte del representante Paul Ryan, presidente del Comité Presupuestario de la Cámara, pocos republicanos lo han hecho.

A nadie le gusta sacar cosas; es más divertido dar. Todas la peleas del presupuesto de 2011 —sobre el techo de la deuda, el supercomité, el recorte fiscal de la nómina— evitaron el problema central. Hay un debate legítimo sobre con qué rapidez debe reducirse el déficit para evitar poner en peligro la recuperación económica, señala Charles Blahous, funcionario de la Casa Blanca en el gobierno de George W. Bush.

Así pues, el sistema político está fallando. Está atascado en el pasado. Puede tomar decisiones deseables sobre el futuro. No puede resolver conflictos profundos.

Una teoría alternativa es que estamos enredando nuestro camino a un consenso confuso. Todos los estudios y negociaciones fallidas establecen las bases para una acomodación final. Quizás. Pero es igualmente probable que las acusaciones partidarias mutuas de este año impliquen más acusaciones partidarias. Los líderes políticos suponen que los mercados financieros nunca se ahogarán por la deuda norteamericana ni obligarán a tasas de interés más altas, severos recortes de gastos y aumentos fiscales.

En el mejor de los casos, es una expresión de deseos. En el peor, es jugar a la Ruleta Rusa con el futuro del país.