Ocho días entre los escombros: la misión de los rescatistas panameños y sus unidades caninas en Venezuela
- 10/07/2026 00:03
Los integrantes del Grupo USAR Panamá relatan a ‘La Decana’ sobre las jornadas de búsqueda junto a sus canes en la zona cero del terremoto, las historias que los marcaron y las lecciones que dejó la tragedia
El silencio también trabajó entre los escombros en Venezuela. No llevaba casco. No vestía uniforme. No cargaba herramientas. Pero durante ocho días caminó entre los edificios rotos de La Guaira como si fuera parte del equipo de rescate.
Aparecía cada vez que alguien levantaba la mano.
Entonces se apagaban las máquinas, las grúas dejaban de moverse, las motosierras callaban, los teléfonos se escondían en los bolsillos, las radios bajaban el volumen. Incluso el llanto intentaba contenerse, aunque doliera.
Todo se detenía.
Había que escuchar.
Escuchar si debajo de una losa quedaba una respiración. Si detrás de una pared rota alguien golpeaba con los nudillos. Si entre toneladas de concreto una voz, ya débil, todavía alcanzaba a pedir auxilio.
En esos segundos, La Guaira entera parecía aguantar el aire.
Porque el silencio no era ausencia – era una última posibilidad.
Ricardo Franco, Kevin Requena y Martín Moncada lo entendieron apenas llegaron a la zona cero. Los tres viajaron desde Panamá junto al componente canino del Grupo USAR, una misión integrada por 65 rescatistas y cuatro perros entrenados para búsqueda y rescate tras los terremotos que golpearon a Venezuela el pasado 24 de junio.
Franco, miembro del Benemérito Cuerpo de Bomberos, llegó con Rex. Requena, miembro de la unidad de extinción busca y rescate del Benemérito Cuerpo de Bomberos, viajó con Bailey. Moncada, perteneciente al Sistema Nacional de Protección Civil (Sinaproc), llevó a Blake. Cada uno había entrenado durante años para entrar donde otros ya no podían hacerlo: edificios abiertos por la mitad, escaleras vencidas, supermercados aplastados, habitaciones convertidas en polvo.
Pero ninguna práctica podía preparar del todo para lo que encontraron.
Antes de Venezuela, hubo imágenes en redes sociales. Videos, noticias, alertas, edificios desplomados vistos desde una pantalla.
Después vino la realidad.
“Llegamos a la zona cero y tuvimos un choque de realidad”, recuerda Franco. Hablaban de 20, 30 o 40 edificios, dice, pero al llegar encontraron más de 100 estructuras “totalmente en ruinas”.
El teléfono no había mostrado el olor. Tampoco el calor ni la desesperación de las familias buscando con las manos o las grúas pasando con féretros como si la muerte también hubiera entrado en la rutina de la ciudad.
“La Guaira perdió el color”, dice Franco. A su alrededor todo se pintaba de gris: el polvo de los zapatos, los rostros, los balcones colgando del vacío, las calles levantadas por la fuerza del terremoto.
La Guaira ya no parecía una ciudad frente al Caribe.
Parecía un cementerio abierto, caliente, inmenso, donde todavía quedaban familias esperando que alguien pronunciara un nombre.
La activación del equipo panameño comenzó casi de inmediato. El miércoles 24 de junio, después de las seis de la tarde, los rescatistas vieron en redes sociales la magnitud del doble terremoto. Desde ese momento empezaron las coordinaciones: movilizar personal desde el interior del país, preparar equipos, revisar pasaportes, tramitar documentos para los canes, embalar herramientas, recibir instrucciones.
“Esto es un proceso”, resume Franco. “Documentación aquí, pasaporte allá, reuniones, briefing”.
El sábado salieron desde Tocumen hacia Valencia, porque la pista del aeropuerto de Maiquetía había sufrido daños y no recibía vuelos comerciales. Desde allí fueron trasladados en varios grupos hasta la zona cercana a La Guaira. Llegaron de noche al campamento instalado en el bolipuerto, donde también había equipos de México, El Salvador, Turquía, Cuba, España y otros países.
No hubo una pausa real o una noche para asimilar. No hubo tiempo para pensar demasiado en lo que acababan de ver. Apenas llegaron, recibieron asignaciones de trabajo.
El cuerpo pedía descanso, pero la tragedia no esperaba. Y entonces el silencio volvió a aparecer. No como calma. Como orden. Como súplica. Como una forma desesperada de preguntarle a los escombros si todavía escondían vida.
Los perros no entraban a buscar muerte. Entraban a buscar vida. Esa diferencia, en medio de una ciudad derrumbada, lo cambiaba todo.
Blake, Rex y Bailey habían sido entrenados desde cachorros para reconocer las partículas de olor de una persona viva. No se les daba una prenda. No se les ofrecía comida. No se les pedía seguir cualquier rastro humano. Su tarea era más precisa y más difícil: encontrar a alguien que todavía respirara debajo del concreto.
“El perro de búsqueda y rescate busca más con partículas de olores de cada persona”, explica Martín Moncada. “Estas deben ser de una persona viva”.
Por eso cada entrada a una estructura era también un acto de fe.
El guía soltaba al perro y, durante algunos minutos, debía confiar plenamente en su olfato, en su entrenamiento, en su instinto y en ese vínculo silencioso que solo se construye después de años de trabajo compartido.
En Venezuela, esa confianza pesaba más que nunca.
Cuando el equipo panameño llegó a La Guaira, otros países ya trabajaban entre los escombros. En una de las primeras misiones, los rescatistas de Nicaragua realizaban una maniobra de “llamado y escucha”. Necesitaban apoyo canino para confirmar si bajo una estructura quedaba alguien con vida.
Panamá iba pasando en un autobús. No era su punto asignado, pero en una emergencia, a veces el camino también decide. “Dios nos puso en ese momento”, recuerda Kevin Requena.
Rex y Bailey descendieron y el silencio volvió a imponerse. Cada ruido podía confundir una señal. Cada voz podía tapar una respiración. Cada motor podía borrar un golpe bajo las piedras.
Entonces los perros comenzaron a buscar.
Avanzaban sobre superficies inestables, entre varillas expuestas, grietas, polvo y espacios donde un mal paso podía significar otra emergencia. Sus patas tocaban lo que antes habían sido pisos, escaleras, paredes, habitaciones. Sus hocicos seguían rastros invisibles para cualquiera que no hubiera sido entrenado para reconocer la vida en medio de la destrucción.
Los rescatistas observaban, esperaban, leían cada movimiento. En esas búsquedas, un ladrido podía cambiarlo todo. Un ladrido significaba detener máquinas, llamar refuerzos, abrir un punto de acceso, sostener una esperanza.
Pero el silencio seguía allí. Mirando. Esperando también.
Ricardo Franco no olvida el nombre del primer edificio que le marcó la misión: Mar de Leva.
Les dijeron que posiblemente había un joven con vida en un quinto piso. Alguien había escuchado ruidos. Tal vez una señal. Tal vez un golpe. Tal vez esa mínima prueba de que, debajo de una estructura rota, alguien seguía esperando. Rex entró primero.
Franco le dio la orden de búsqueda y el perro encontró un orificio por donde se decía que podía estar la habitación del muchacho. Se metió en la estructura y desapareció. Pasaron tres minutos. Después cinco. Rex no salía.
Franco comenzó a llamarlo. Silencio. “Me comencé a preocupar”, recuerda.
En un edificio colapsado, la espera tiene otra medida. Un minuto puede parecer una hora. Un hueco puede convertirse en una amenaza. Un perro que no regresa puede abrir otro miedo dentro del ya existente.
Entonces Rex apareció. No por donde había entrado. Por el otro lado del edificio.
Había atravesado toda la estructura y regresó hasta las piernas de su guía, como si viniera de cruzar una ciudad subterránea.
Franco lo miró con asombro.
“Oye, ¿por dónde saliste?”, pensó. Pero Rex no ladró. No había encontrado vida.
En ese mismo momento, mientras ellos buscaban abajo la posibilidad de un sobreviviente, Franco levantó la mirada y vio a un equipo de El Salvador con civiles sobre los escombros. Estaban recuperando un cuerpo.
La imagen se le quedó clavada.
“Mientras nosotros estábamos buscando vida abajo, ellos recuperaban un cuerpo”, recuerda.
Ahí entendió la dimensión íntima de la tragedia. En La Guaira, la esperanza y el duelo podían ocupar el mismo edificio: abajo, un perro entraba buscando un milagro y arriba, una familia comenzaba a despedirse.
La rutina desapareció desde el momento en que el Grupo USAR Panamá fue activado. Las horas dejaron de medirse por el reloj y comenzaron a contarse por estructuras inspeccionadas, edificios descartados y familias que seguían esperando.
Mientras en Panamá muchos todavía intentaban entender la magnitud de la tragedia a través de las noticias, ellos ya embalaban herramientas, revisaban pasaportes, preparaban a los canes y organizaban el equipo que viajaría a Venezuela.
”Desde que el grupo USAR se activó en Panamá no hubo descanso”, recuerda Martín Moncada. “Preparar, mandar y embalar el equipo, los temas de pasaporte, el papeleo de los caninos... prácticamente la noche antes de salir fue todo ese trabajo”.
La misión comenzó mucho antes de aterrizar y una vez en Venezuela, tampoco hubo tiempo para detenerse. El mismo sábado por la noche, apenas instalaron parte del campamento en el bolipuerto, recibieron la primera asignación.
Mientras muchos medios todavía informaban que las labores internacionales iniciarían el lunes, los panameños ya caminaban entre edificios colapsados. No llegaron a observar. Llegaron a trabajar.
Las jornadas mínimas eran de doce horas. Algunas se extendían hasta diecisiete. Había días en los que el agua se agotaba antes de terminar el recorrido. Otros en los que comer era un lujo que simplemente no aparecía.
Dormían una o dos horas sobre colchonetas improvisadas, se duchaban como podían, cambiaban de uniforme y regresaban otra vez al mismo paisaje gris que parecía no terminar nunca.
Pero el agotamiento físico nunca fue lo más pesado. Lo más difícil era la responsabilidad.
Porque el trabajo del Grupo USAR Panamá no consistía únicamente en entrar a los edificios. Consistía en responder una pregunta que podía cambiar el destino de una estructura entera. ¿Quedaba alguien con vida? Solo cuando la respuesta era definitiva podía entrar la maquinaria pesada. Solo entonces las excavadoras comenzaban a remover toneladas de concreto. Solo entonces una operación de rescate se convertía en una operación de recuperación.
”Éramos los responsables de decirles a nuestros líderes que ya no había personas con vida”, explica Requena. “Era una responsabilidad bastante pesada”.
Porque un error no se corregía.
Si autorizaban el ingreso de maquinaria mientras alguien seguía respirando bajo los escombros, esa vida podía perderse para siempre. Por eso confiaban ciegamente en los perros. Por eso repetían una búsqueda una y otra vez. Por eso regresaban sobre sus propios pasos. Y por eso el silencio volvía una y otra vez a imponerse.
Las máquinas se apagaban, los motores callaban, las conversaciones desaparecían.
Cada inspección terminaba igual: esperando. Esperando un golpe, una voz, un ladrido
Pero el silencio empezaba a hacerse cada vez más largo y pesado.
Como si también él comenzara, poco a poco, a comprender la respuesta.
El penúltimo día de la misión comenzó con una esperanza. Un operador que trabajaba removiendo una losa creyó haber escuchado un sonido debajo de un supermercado destruido. Fue suficiente. Las máquinas volvieron a detenerse. Los rescatistas dejaron lo que estaban haciendo y caminaron hacia el lugar.
Nadie discute un posible llamado de auxilio. Nunca. La estructura había colapsado completamente sobre sí misma. Lo que antes había sido un supermercado era ahora una sola masa de concreto y acero. En el área de charcutería, donde antes se exhibían quesos y embutidos, encontraron los primeros cuerpos.
Afuera esperaban varias personas. Alguien les había dicho que sus familiares estaban dentro. El jefe de la operación tomó una decisión. “Ya estamos aquí. Vamos a recuperarlos”.
Los rescatistas comenzaron a levantar la losa. Poco a poco. Con el cuidado con el que se sostiene el dolor ajeno.
Entonces Kevin Requena entendió por qué esa escena lo acompañaría toda la vida. No eran tres víctimas cualquiera: era una familia conformada por un padre, una madre y su hija.
”Ver al papá cómo protegió con su cuerpo a su esposa y a la niña... solamente un milagro de Dios iba a poder salvar a esa familia”, dijo.
Mientras retiraban los cuerpos, Requena no podía dejar de pensar en ese último instante que ninguno de ellos había presenciado.
El terremoto. La oscuridad. El estruendo.
Y un padre que, aun sabiendo que no podía detener el peso de un edificio entero, decidió usar su cuerpo como el último refugio para quienes más amaba.
Porque hay gestos que sobreviven incluso a la muerte y ese fue uno de ellos.
Hay escenas que se quedan viviendo en la memoria de un rescatista para toda la vida. Para Ricardo Franco, una de ellas ocurrió hacia el final de la misión.
El equipo panameño hizo lo que había hecho durante toda la semana en sus misiones: desplegó a los perros, realizó búsquedas técnicas, inspeccionó cavidades y recorrió cada espacio donde pudiera quedar una señal de vida.
Buscaban un milagro. Pero el edificio guardaba otra respuesta. “Fuimos con la fe de encontrar vida, pero lastimosamente no fue así”, recuerda Franco.
Mientras avanzaban entre los escombros comenzaron a encontrar restos humanos. Entre ellos, los de una niña. La presión de la estructura había sido tan grande que su cuerpo permanecía atrapado bajo toneladas de concreto. No era posible recuperarlo completamente en ese momento.
”Tocó sacar parte de los restos y dejar los otros allí”, cuenta Franco. “Queríamos que los familiares tuvieran un lugar donde despedirse, llorar o dejar una flor”. Las palabras salen despacio. Como si todavía pesaran.
Después de trece años como bombero, de múltiples rescates y recuperaciones de cuerpos, Ricardo pensaba que conocía el rostro de las tragedias. Venezuela le enseñó que siempre puede existir un dolor más profundo.
Aquel día comprendió que recuperar un cuerpo no era solamente terminar una operación. Era devolver un nombre, ofrecer una despedida, permitir que alguien, algún día, tuviera un sitio donde volver con una flor entre las manos.
Y en una ciudad donde miles de familias seguían buscando a quienes amaban, incluso ese último acto de humanidad podía convertirse en una forma de rescate.
Cuando el avión despegó de regreso a Panamá, los tres rescatistas llevaban el mismo uniforme con el que habían llegado días antes, pero ninguno era el mismo.
Entre las maletas viajaban botas cubiertas todavía por el polvo de La Guaira. También el cansancio acumulado de jornadas de hasta diecisiete horas y las imágenes de una ciudad que parecía haberse quedado suspendida entre el duelo y la esperanza.
Cada uno regresó con una enseñanza distinta.
Martín Moncada volvió convencido de que un rescatista nunca deja de ser rescatista.
”Cuando nos quitamos el uniforme, seguimos en labores”, dice. Después de Venezuela, asegura, solo quiere prepararse más. Porque sabe que algún día otra llamada volverá a sonar y quiere estar listo para responder.
Ricardo Franco regresó con una certeza mucho más íntima. Durante días había visto personas que, segundos antes del terremoto, seguramente pensaban que todavía tendrían tiempo para decir muchas cosas. No lo tuvieron. Por eso, cuando habla de Venezuela, ya no habla únicamente del terremoto. Habla de la vida.
”Abraza a tu familia, diles cuánto lo quieres... no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy”, expresa.
Kevin Requena, en cambio, siguió pensando en las personas que permanecían bajo los escombros cuando los equipos internacionales comenzaron a retirarse. Muchos venezolanos les preguntaban por qué se iban si todavía había desaparecidos.
Él entendía esa angustia. También sabía que las operaciones de búsqueda obedecen a protocolos internacionales y que, llegada cierta etapa, la maquinaria pesada debía tomar el relevo de los rescatistas.
Sin embargo, nunca dejó de pensar en ellos.
“A pesar de que los equipos de respuesta se han ido de Venezuela, Venezuela no está sola”, afirma. “Yo estoy convencido de que Dios es un ser de milagros”.
Los tres regresaron a Panamá. Pero una parte de ellos se quedó caminando entre aquellas calles cubiertas de polvo.
Durante ocho días, Ricardo Franco, Kevin Requena y Martín Moncada aprendieron a escuchar cosas que la mayoría de las personas nunca llega a escuchar: el crujido de un edificio que todavía seguía cediendo, el roce de unas botas sobre el concreto, la respiración acelerada de un compañero antes de entrar a una estructura, el jadeo de un perro que buscaba entre toneladas de escombros.
Y, sobre todo, el silencio.
Ese mismo silencio que obligaba a detener excavadoras, apagar motores y callar conversaciones porque, durante unos segundos, todavía existía la posibilidad de encontrar una vida.
Ellos aprendieron a respetarlo. A esperarlo. A confiar en él.
Porque, en ocasiones, un golpe debajo de una losa bastaba para cambiar el rumbo de toda una operación.
Durante ocho días, Blake, Rex y Bailey recorrieron edificios abiertos por la mitad, supermercados reducidos a montañas de concreto y calles donde el gris había borrado casi todos los colores.
Habían sido entrenados durante años para reconocer una sola señal: la vida. Si la encontraban, ladrarían. Ese era el momento que todos esperaban. El que las familias soñaban escuchar. El que detenía el tiempo por unos segundos.
Pero nunca ocurrió. Los tres perros regresaron a Panamá sin haber ladrado una sola vez. Y fue entonces cuando los rescatistas comprendieron que, a veces, incluso el silencio puede dar una respuesta. No la que todos esperan. Pero sí la que nadie consigue olvidar.