105 años al estilo Rafa

Cedida
  • 10/04/2026 15:35

El burbujeo de la cafetera de tagua celeste marcaba el hervor inicial del día, como ese primer punto en el que una receta comienza a tomar forma. Mientras tanto, una radio —de una bocina fabricada en el país de los samuráis— sazonaba el ambiente con noticias, el Santo Rosario y buena música: típico, bolero, salsa, merengue, rancheras o sinfónica. Así se cocinaban los primeros latidos de las jornadas de mi abuela, Rafaela Carrillo Jordán de Escala (1920-2026).

Su carácter tenía medidas precisas: una cucharada generosa de buen humor —aunque el día viniera cargado de truenos—; una base firme de trabajo constante, como fuego lento que nunca se apaga; y una alimentación sencilla pero sustanciosa: arroz con frijoles, corvina, patacones, maíz, papaya, sopa de pollo bien cargada, sin olvidar esa taza de café o el toque dulce de un helado. Y, como toda buena receta, un cierre exacto: ese “bueno, me voy a dormir” a eso de las 10:00 de la noche.

A esa mezcla se le sumaba un elemento silencioso pero constante: siempre había una revista entre sus manos, como quien añade una pizca diaria de curiosidad a la vida, hojeando páginas con la misma naturalidad con la que removía una olla.

Si hay algo que pesa en mi infancia, como esa faja que ciñen los boxeadores antes del combate, son los recuerdos amasados entre juegos: ruedas con soldaditos, vaqueros y aborígenes de juguete, y aquellas noches compartidas, como pan recién hecho, con mi abuelo Julio.

Cómo olvidar aquellas Semanas Santas en las que, junto a otras damas, se encargaba de “aderezar” el anda del Crucificado; los días de Corpus; las fiestas del Corazón de Jesús, donde salía en procesión como parte de una tradición bien condimentada por la fe. O aquel Carnaval, cuando llegó por primera vez a la ciudad desde Chiriquí y probó, como quien descubre un nuevo sabor, la música de la Billo’s Caracas Boys, en tiempos de guerra, cuando la ciudad entraba en blackout y los globos cautivos vigilaban el Canal de Panamá como centinelas en una olla a presión.

El baile también era parte del menú: la cumbia chorrerana como plato fuerte, dándome la primera referencia de Ñato y Chía, nombres que en su memoria sonaban como especias esenciales.

Entre sus múltiples componentes estaba el amor por la palabra: recitar El Juramento de Bolívar en el Monte Sacro y la poesía “Soy chiricano”, de Santiago Anguizola, como quien repite una receta heredada, con exactitud y orgullo.

Le gustaba estudiar, aprender, moverse; tenía la agilidad de quien ha trabajado desde joven en la tierra, como si su vida hubiese sido cultivada en una quebrada cristalina que luego se abre en llanura fértil. Y contaba, entre carcajadas —ese condimento imprescindible—, cómo una vez, ordeñando una vaca, un pellizco accidental hizo que el animal saliera disparado, dejándola en el suelo: anécdota servida siempre en tono de comedia.

Se daba su baño de letras con revistas de diversos temas. Una de sus sabidurías estaba en cada muestra de cariño, en su fe inquebrantable, en ese apoyo constante al prójimo.

Todo resumido en una frase que parecía sacada de una receta de vida: “hay más tiempo que vida”.

Vuelven a mí aquellos días de gallina guisada con tomate, pimentón verde, ajo, cebolla, salsa de tomate de lata estilo panameño, salsa china y sal en su punto: un plato que sabía a campo, a hogar, a historia. Un sabor capaz de eclipsar cualquier menú de restaurante.

Hay quienes dicen que la longevidad se parece a esas comunidades donde la vida se cocina sin apuro: comida sencilla, rutinas claras, afectos cercanos y propósito diario. Como si existieran lugares —o personas— donde el tiempo no se mide en prisa, sino en equilibrio.

La suya fue clara: compartir la mesa con la familia, reír sin medida, comer sin excesos pero con gusto, trabajar con propósito, alimentar la mente con pequeñas lecturas y dormir a tiempo.

Esa fue, sin duda, su receta, una que hoy cristaliza en una verdad tan simple como profunda: es bueno el culantro, pero no tanto; en ese justo equilibrio se cocina, también, la longevidad.

* El autor es periodista