200 años del Congreso Anfictiónico - Vidaurre en Panamá: Azúcar de oro y una bella criminal
- 28/06/2026 12:38
Desde los muelles de Chorrillos, aquel día de junio de 1825, vi partir al señor Manuel Lorenzo de Vidaurre abordo del bergantín Libertad con el alma saturada de leyes y el pecho encendido por un fuego patriótico que ni las aguas del Pacífico podrían apagar, era el delegado principal del Perú al Congreso Anfictiónico, nombrado por el Libertador Simón Bolívar.
Como corresponsal que ha seguido sus pasos por este continente que busca su destino, les relataré parte de lo que han sido estos meses de travesía y estancia en el Istmo de Panamá, un lugar que hoy es el corazón de nuestras esperanzas americanas.
En tierra dejó a su esposa Francisca Rivera y a su manceba, no identificada en documentos por la doble moral limeña de la época, pero de público y escandaloso conocimiento de la aristocracia de la Ciudad de los Reyes.
Llegamos a la ciudad de Panamá el 18 de junio de 1825. Vidaurre, hombre de pensamiento inquieto y pluma veloz –y feroz-, no tardó en sumergirse en la realidad de esta tierra que, según sus propias palabras, parece hallarse aún en la cuna a pesar de haber sido descubierta por los españoles décadas antes de su natal Perú.
No dudó en comparar a la ciudad de Panamá como un sepulcro por su insalubridad y, según él, vida monótona.
Para el lector que trabaja la tierra o el artesano que suda en su taller, es importante saber que la vida en el Istmo no es un camino de rosas. Vidaurre ha pasado aquí diez meses en un clima que él describe como mal sano porque sobrevivió entre tres y cinco veces al llamado “vómito negro”, sufriendo privaciones y tristezas que harían flaquear a cualquiera.
En esta ciudad de nueve mil almas, donde ocho mil son gente indígena o negra, la vida transcurre entre el calor excesivo y la falta de distracciones públicas. Se queja que no hay paseos ni teatros, y los vecinos suelen reunirse en medio de las calles al caer la tarde para conversar.
A dos meses de estar hospedado en una antigua celda del Convento de San Francisco, que desde 1821 era el cuartel del Batallón del Istmo que combatió en la gloriosa Batalla de Ayacucho en 1824, el polémico jurista se expresa en una carta dirigida a un amigo en Lima calificando a las mujeres del entorno de “extremadamente feas y lánguidas”, que huían de la gente y se escondían de los extranjeros.
Pero también traba comunicación con una mujer a la que trata de “amada mía” y “bella mía” y alaba su “lindo físico” y su talento, enfatizando sus sentimientos de pureza de la comunicación y renuncia a “las pasiones feroces”. Todo ello mientras con su compañero de delegación, José María Pando, y su secretario, el cubano José Agustín Arango Ramírez, redactan los documentos que se discutirían en el Congreso Anfictiónico de 1826.
Un episodio que define su sinceridad ocurrió el 28 de octubre de 1825. Fatigado por el estudio, Vidaurre fue invitado a conocer a una joven viuda. Sus palabras para describirla no son las de un hombre que busca dominar, sino las de un artista que admira la creación. Dijo de la fémina que sus ojos competían en hermosura y modestia, que sus trenzas parecían tejidas con el oro de las riberas panameñas y que sus labios tenían el color de la naranja.
Fue tal su impresión que la llamó retrato de la dulzura. Si decidió alejarse de ella, no fue por un prejuicio contra su género, sino por un profundo dilema moral al enterarse de que aquella belleza ocultaba una tragedia de sangre y traición que su recto juicio no podía aceptar. Como un hombre formado en el espíritu de las leyes valora a la mujer no como un objeto, sino como un ser que debe estar unido a la virtud y la razón.
¡Vidaurre huyó de esa belleza! Porque le explicaron que era la asesina de su marido en complicidad con su amante para deleitarse de los placeres en el mismo lecho matrimonial ¡la misma noche del crimen!, lo que le llevó a expresar en una larga carta que esa mujer estaba libre “por linda” y porque contaba con la protección de un gobernador sensual (al que no identifica).
Otra apasionada aventura –contada por él mismo- fue con María de la Concepción “Concha” de la Vega, esposa del diputado salvadoreño José María Álvarez, durante los días de la celebración del Congreso Anfictiónico, episodio que calificó fruto del “tedio de la misión”.
Pero en estos días, lo que más afecta al bolsillo del ciudadano común es el costo de la vida. Imaginen ustedes que, debido a las prohibiciones comerciales, se ha llegado a pagar hasta veintisiete pesos por una arroba de azúcar*, un precio exorbitante que solo bajó cuando se permitió el libre ingreso del producto.
Mientras estas historias humanas suceden, el gran destino de América se juega en las reuniones del Congreso Anfictiónico. Vidaurre ha trabajado sin descanso, a veces seis horas y media al día, dictando borradores para el código general americano porque carece de manos auxiliares. Su sueño es una confederación general donde los intereses de todos los estados se arreglen en una asamblea perpetua, garantizando que ninguna potencia extranjera vuelva a ponernos cadenas.
Ha visto llegar a los delegados de Colombia, México y Guatemala, y aunque nota las dificultades y la falta de recursos, no deja de creer en que esta es la segunda escena del Corinto griego, un lugar para que hombres libres se abracen.
La vida en Panamá también tiene sus sombras diplomáticas. Vidaurre ha observado con ojo crítico la presencia de representantes de Inglaterra, como el señor Dawkins, advirtiendo que debemos ser prudentes con las ofertas externas para no comprometer nuestra recién ganada libertad.
A pesar de los males físicos que le aquejan y de sentirse a veces en un destierro insoportable, su pluma no ha dejado de defender al hombre americano y al suelo donde nació.
Para ustedes, que leen esta crónica en la plaza o en el hogar, la figura de Vidaurre emerge no como la de un político inalcanzable, sino como la de un compatriota que sufre el calor, se indigna con los precios altos y busca en la figura femenina un ideal de compañía y sabiduría.
Es un hombre que cree que la religión verdadera debe distinguirse del fanatismo y que la justicia debe ser una divinidad a la que todos rindamos culto. Al final del día, este corresponsal ve en él a un soñador que, entre la humedad del Istmo y la soledad de sus estudios, sigue buscando cómo hacer que América sea una sola familia, libre y virtuosa.
27 pesos de plata por una arroba (11,5 kilos) en 1826 equivaldría hoy a 627 dólares. Actualmente una arroba de azúcar se cotiza en 18 dólares.Referencias:Vidaurre, M. L. (1827). La correspondencia de Vidaurre: El viaje a Panamá. Biblioteca Nacional de Colombia.Vidaurre, M. L. (1825, 30 de agosto). [Carta desde La Paz sobre el carácter de los vecinos y las mujeres de Panamá]. En La correspondencia de Vidaurre: El viaje a Panamá (p. 36). Biblioteca Nacional de Colombia.
Vidaurre, M. L. (1825, 28 de octubre). [Carta desde Panamá sobre el encuentro con una joven viuda bella y el descubrimiento de su crimen]. En La correspondencia de Vidaurre: El viaje a Panamá (pp. 78-79). Biblioteca Nacional de Colombia.Vidaurre, M. L. (1825). [Carta titulada “Panamá lunes 8” dirigida a su “Amada mía” sobre teorías de la historia del mundo].
En La correspondencia de Vidaurre: El viaje a Panamá (pp. 63-67). Biblioteca Nacional de Colombia. Vidaurre, M. L. (1826, 6 de junio). [Nota particular sobre la visita del ministro de Inglaterra Eduardo Dawkins].
En La correspondencia de Vidaurre: El viaje a Panamá (p. 132). Biblioteca Nacional de Colombia. Vidaurre, M. L. (1825, 27 de diciembre). [Carta sobre el costo del azúcar y las prohibiciones comerciales en Panamá].
En La correspondencia de Vidaurre: El viaje a Panamá (p. 75). Biblioteca Nacional de Colombia. Vidaurre, M. L. (1825, 15 de diciembre).
Bases de la Confederación Jeneral Americana. En La correspondencia de Vidaurre: El viaje a Panamá (pp. 105-107). Biblioteca Nacional de Colombia.