A mi abuela, Leticia María Cedeño de Pinilla

  • 26/08/2026 00:00

Tomo este espacio para traer, desde la memoria del corazón, a mi abuela, Leticia María Cedeño de Pinilla, quien falleció a los 94 años. Aunque sabíamos que era hora de descansar, hoy la lloramos. Yo la lloro como una niña, aunque tenga casi 42 años. Mi abuela será siempre una de las personas más importantes de mi vida. A mi abuela le debo mi nombre. Yo le decía cuánto me gustaba el Ana María porque había sido ella quien me lo puso. En una de esas conversaciones, mi abuela reclamó que a ninguna de sus nietas le habían puesto Leticia. Recuerdo que tenía unos 15 o 16 años y le dije:

—Si algún día tengo una hija, le voy a poner Leticia.

Las últimas veces que nos vimos, pudimos recordarle nuestros días felices en Chitré: aquellas vacaciones que comenzaban en enero y terminaban apenas una semana antes de regresar a la escuela. Durante esos meses hacíamos dulces y flan de zapallo; desayunábamos tortilla changa y café con queso blanco, jugábamos en el patio, un patio abrazado por miles de plantas, con el palo de mango y el de toronja en el medio. También íbamos a la piscina, algunas noches íbamos a alquilar películas, porque a mi abuela le gustaba el cine o simplemente pasábamos las tardes sentadas en el portal viendo caer la noche o disfrutando de la lectura de su colección de Revista Selecciones.

Y los domingos mi abuela nos decía: “Pónganse una ropa bonita, que vamos para misa”. Así caminábamos con ella desde la casa, frente a la Tomás Herrera, hasta el parque donde está la Catedral San Juan Bautista. Mi abuela nos mostraba con orgullo:

—Estos son mis nietos y nietas. Y así iba enumerando...

Mi abuela fue una mujer de una energía extraordinaria, empática, protocolar, serena y organizada. Todo lo hizo con amor y dedicación. Estudió Magisterio en la Normal de Santiago. Fue orientadora y directora del Primer Ciclo de Monagrillo. Fue de esas maestras que, cuando un niño tenía alguna dificultad escolar, iba hasta su casa para ayudarlo y ver qué sucedía.

Al jubilarse, dedicó buena parte de su tiempo a las labores de la Iglesia trabajando de la mano con la orden de los Curas de San Agustín. Fue presidenta de las Damas Católicas de la provincia de Herrera, miembro fundador de varias cooperativas en Chitré y gran organizadora de paseos con sus amigas. Siempre vivió su fe desde la alegría y el optimismo.

Para mi hermana y para mí, la abuela Lety siempre estuvo presente: en nuestros cumpleaños, en las graduaciones, en las Navidades, con aquellas encomiendas cargadas de frutas y con los vestidos que nos hacía iguales a Michelle, Yoselyn y a mí. Estaba presente de tantas maneras que, con los años, uno entiende que el amor se construye con esos pequeños actos repetidos una y otra vez.

A todos los nietos nos dio alguna vez una manta, una aguja, un hilo. Había que coser una hora botones y bastas en una mantilla... ¡ahora practica este punto, esto es útil, concéntrate! , nos decía. Recuerdo que a mi hermana Yoselyn le enseñó a tejer unas pulseritas y tan bien lo hizo que hacía para vender en la escuela.

A mí me enseñó a hacer sancocho. Ella decía que no era la mejor cocinera, pero fue una buena maestra, porque mi sancocho sale muy bien. Y eso también es una forma de herencia: aprender algo de sus manos y llevarlo después a la propia vida.

Hoy recuerdo la sensación de estar cerca de mi abuela como cuando uno se acerca a una fogata. Una fogata de fuego sereno, tranquilo, de esas junto a las que puedes sentarte sin quemarte. Puedes conversar, reír, llorar. Puedes quedarte en silencio. Y, aun así, sigues sintiéndote tibio y seguro.