¿A qué suena Panamá?

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  • 03/11/2026 08:22

La canción Pequeño, de Los Guayas, sonaba baja desde el teléfono de Carlos. Era una de esas canciones que uno reconoce antes de recordar cuándo la escuchó por primera vez, porque alguna vez sonó en una fiesta, en un taxi o saliendo de un bar a las tres de la mañana.

Mateo levantó la cerveza.

—¿Sabes qué es lo raro de esta canción?

—¿Qué? —preguntó Carlos.

—Que suena panameña.

Carlos soltó una carcajada.

—¿Y cómo suena una canción panameña?

Mateo miró hacia la calle.

—Ese es el problema. Sabemos reconocerla, pero nos cuesta explicar qué la hace nuestra.

La canción siguió sonando.

Panamá siempre había conectado mundos, mezclado acentos y recibido gente de todas partes. Sin embargo, para Mateo, había una diferencia entre saber qué lugar ocupábamos en el mundo y comprender quiénes éramos como país.

—Quizás una nación se parece a una canción —dijo—. No la define un solo instrumento, sino lo que ocurre cuando todos empiezan a sonar juntos.

Carlos bebió un trago.

—¿Entonces no sabemos quiénes somos?

—Yo creo que sí. Lo que pasa es que todavía nos cuesta reconocerlo.

Panamá nació como República en 1903, con el respaldo decisivo de Estados Unidos en su separación de Colombia. Al año siguiente, concedió a Washington amplios derechos sobre el Canal y la Zona del Canal, un territorio dentro de la nueva República que durante décadas simbolizó los límites de nuestra soberanía.

—Imagínate fundar un país y tener dentro de él una zona administrada por otra nación —dijo Mateo.

—Bienvenido a Panamá.

Se rieron.

El Canal fue nuestra oportunidad y nuestra contradicción: convirtió la geografía en una ventaja económica, pero también nos obligó a luchar por el control de nuestro propio territorio.

Después vino el 9 de Enero de 1964. La disputa por la bandera y la soberanía dejó de ser una cuestión diplomática para convertirse en una herida nacional.

Y después llegaron los tratados Torrijos-Carter de 1977, que establecieron el proceso de transferencia del Canal a Panamá.

—¿Torrijos fue un héroe? —preguntó Carlos.

—Fue Torrijos.

El general encabezó una dictadura militar, pero también negoció los tratados que hicieron posible la recuperación del Canal. Reconocer su papel histórico no obliga a absolver sus abusos.

Quizás una nación madura comienza cuando aprende a mirar su pasado sin convertir a sus protagonistas en santos ni en demonios.

Después vino Noriega y, en diciembre de 1989, la invasión estadounidense.

Hubo víctimas, barrios devastados y heridas que todavía forman parte de nuestra memoria. También terminó el régimen militar y comenzó la restauración del gobierno civil.

—¿Fue una tragedia? —preguntó Mateo.

—Fue una invasión —respondió Carlos.

—Y también fue el final de una dictadura.

Ninguna de las dos cosas borra la otra.

Desde entonces, Panamá ha tenido que aprender a vivir en democracia: aceptar resultados electorales, cambiar gobiernos y comprender que ningún dirigente está por encima de las instituciones.

La democracia no llegó terminada. Hubo que practicarla.

El 31 de diciembre de 1999, Panamá asumió el control del Canal.

—¿Y qué hicimos? —preguntó Carlos.

—Lo administramos.

La respuesta parecía sencilla, pero encerraba una transformación histórica. Después de décadas reclamando el control, nos correspondía demostrar que podíamos ejercerlo.

Y lo hicimos.

Panamá consolidó su posición como centro de logística, banca, aviación y comercio internacional. Sin embargo, administrar el Canal no resolvía todas las preguntas de la nación.

La soberanía nos había permitido controlar una infraestructura decisiva para el mundo. Quedaba pendiente convertir esa capacidad en un proyecto de país.

Panamá nunca fue una sociedad cerrada. Su identidad se formó con la herencia indígena e hispánica, las raíces africanas y afroantillanas, la inmigración de diferentes países y muchas otras influencias que dejaron huellas en nuestra música, nuestra comida y nuestra manera de hablar.

—Entonces nuestra identidad es una mezcla —dijo Carlos.

—Como la de casi todos los países. Pero aquí todo pasa.

No todos llegaron en las mismas circunstancias. Algunos vinieron buscando oportunidades; otros fueron traídos por la fuerza. Sus historias son distintas, pero forman parte de la memoria nacional.

Lo propio no siempre es aquello que nació exclusivamente aquí. A veces es aquello que hemos hecho nuestro.

La identidad panameña no es pura ni necesita serlo. Es el resultado de culturas que se encontraron, se transformaron y terminaron produciendo algo reconocible.

En 2017, Panamá estableció relaciones diplomáticas con la República Popular China y rompió sus vínculos diplomáticos con Taiwán.

De pronto, una vieja pregunta adquirió nuevas dimensiones: ¿cómo relacionarnos con las grandes potencias sin definirnos exclusivamente frente a ellas?

—¿Ahora somos chinos? —preguntó Carlos.

Mateo soltó una carcajada.

—No.

—¿Entonces estadounidenses?

—Tampoco.

—¿Entonces qué?

—Panameños, supongo.

La soberanía no consiste en cambiar una influencia extranjera por otra. Consiste en tener la capacidad de decidir según nuestros propios intereses.

Nuestra geografía nos obliga a mirar al mundo. Nuestra identidad debería permitirnos hacerlo sin dejar de reconocernos.

La noche había avanzado. Pequeño, de Los Guayas, seguía sonando.

Panamá había pasado siglos definiéndose frente a Colombia, Estados Unidos, la Zona del Canal, la dictadura y las potencias que disputan su influencia en el mundo.

Pero, en medio de esas contradicciones, también había construido una cultura propia, una memoria compartida y una manera particular de vivir entre distintas influencias.

Quizás el error haya sido buscar nuestra identidad en una sola raíz, como si necesitáramos una historia perfecta para sentirnos parte de una nación.

Panamá no carece de identidad. Su identidad está en la dignidad del 9 de Enero, en las heridas de la invasión, en la democracia que seguimos aprendiendo a defender, en el Canal administrado por manos panameñas y en las culturas que hicieron de este territorio su hogar.

No todo nos enorgullece. No todo está resuelto. Pero no necesitamos una historia sin contradicciones para reconocer lo que somos.

El desafío no consiste en inventar una identidad, sino en reconocer la que hemos construido y decidir qué queremos hacer con ella.

La canción terminó.

Carlos miró a Mateo.

—Entonces, ¿cuál es la canción de Panamá?

Mateo sonrió.

—No sé.

Miró hacia la calle, donde la ciudad seguía mezclando sus voces.

—Pero creo que la hemos estado escuchando todo este tiempo.

Carlos recogió el teléfono.

—¿Entonces?

Mateo levantó la botella.

—Pon otra.

* El autor es comunicador y estratega político