Antes de resolver crímenes, resolver misterios

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  • 15/09/2026 00:00

En toda investigación por posible suicidio se esconde una paradoja penosa: cuanto menos puede decir la víctima, más se multiplican quienes hablan en su nombre. El silencio del cadáver, lejos de imponer prudencia, parece invitar a usurpar su voz. Esa tentación —no pocas veces sospechosa— se agrava cuando la fallecida es una mujer y la verdad sobre la muerte permanece velada, dejando el caso atrapado en un ruido que no aclara nada.

En medio de la conmoción, la hipótesis inicial se decanta ciegamente por el suicidio; los investigadores más perspicaces, sin embargo, saben que el viejo adagio “piensa mal y acertarás“ no es una conclusión, sino una advertencia contra la certeza ingenua. ¿Estamos ante un suicidio, o ante el crimen perfecto de quien sabe simular uno? En ese instante, el silencio deja de ser terreno neutral y se convierte en un lienzo de Pollock donde cada uno proyecta su propio juicio moral —o su apetito de protagonismo-. Es justamente en ese lienzo salpicado y caótico donde opera, o debería operar, una disciplina tan valiosa como sistemáticamente malentendida: la autopsia psicológica.

Lejos de la ficción del CSI, la autopsia psicológica no pretende descubrir verdades ocultas ni reemplazar la investigación criminal. Su propósito es reconstruir retrospectivamente el contexto psicológico de la persona fallecida, a partir de entrevistas, documentos clínicos, comunicaciones y otras fuentes verificables. No busca responder cómo murió una persona, sino comprender cómo vivía antes de morir. Allí se traza la línea divisoria entre la investigación científica y la especulación que alimenta la manipulación de la opinión pública.

En los casos de posible femicidio, esta metodología puede revelar un patrón previo de violencia coercitiva —amenazas, humillaciones, intimidación o control— sobre la víctima, junto a posibles antecedentes de vulnerabilidad psíquica. Incluso puede identificar conductas dirigidas a inducir o facilitar en ella la idea del suicidio, en contra de su voluntad.

Décadas de investigación muestran que la violencia letal rara vez estalla de forma espontánea; no suele ser el comienzo de la historia, sino el último acto de una larga obra de terrorismo íntimo, un patrón cuyo momento de mayor riesgo suele coincidir, precisamente, con la percepción del agresor de estar perdiendo el control sobre la relación.

A ello se suma otro hilo de la trama: la memoria se hilvana de forma selectiva —y omisiva—, y casi nunca por accidente. Quita, pone y maquilla. Esto no equivale a sospechar de nadie en particular, pero sí recuerda al detective que no puede conformarse con el primer relato disponible.

Un investigador verdaderamente riguroso —al mejor estilo de Sherlock Holmes— sabe que lo simple suele ser lo correcto, pero también sabe distinguir lo trivial de lo cómodo. Y en los suicidios con antecedentes de violencia íntima, lo cómodo —la hipótesis fácil, la que cierra el expediente sin preguntas— suele ocultar más de lo que explica.

Quizá por ello la mejor metáfora no provenga de los laboratorios de CSI, sino de la literatura detectivesca. El genial Poirot advertía que la verdad, por extraña que sea, siempre termina por salir a la luz. Porque antes que resolver crímenes, el verdadero detective resuelve misterios.

En tiempos en que la presión social y mediática antepone el juicio de valor al análisis, conviene recordar que la mejor ciencia no promete certezas absolutas. Promete algo más valioso: reconocer los límites del propio conocimiento, desafiar las hipótesis propias y dejar que sea la evidencia —y no las convicciones— la que marque el rumbo de la investigación.

Cuando una mujer pierde la vida en circunstancias confusas, escuchar la historia de su vida puede ser tan importante como examinar la escena de su muerte. Pero escuchar no significa asumir, mucho menos omitir a conveniencia; significa investigar con rigor, sin conclusiones prematuras. Porque la justicia no avanza cuando encuentra respuestas rápidas: avanza cuando tiene la humildad de aceptar que, detrás de toda muerte, existe primero un misterio que merece ser resuelto.

* El autor es psicólogo forense y clínico