Bajón del 34%, un estrellón con la realidad

  • 05/05/2026 00:00

La compra de una propiedad es una de las decisiones más importantes que una persona o pareja toma en la vida; una decisión que puede afectar sus finanzas durante décadas. Es un compromiso financiero grande, muchas veces indiferente a realidades como el desempleo, la enfermedad, la inflación o cualquier situación que pueda surgir durante el tiempo que dura una hipoteca en nuestro país.

Lejos han quedado los años en que Panamá fue uno de los países con el costo de vida más bajo de Latinoamérica. Un país donde obtener una vivienda de tamaño decente, con materiales de calidad, era una aspiración alcanzable para la clase trabajadora. Esos tiempos “se han perdido como lágrimas en la lluvia”. Hoy, esa calidad de vida parece lejana frente a precios altos y a una creciente desconfianza en lo que se construye. Asimismo, se ha perdido el impulso inmobiliario que transformó el paisaje urbano. Pasamos de una Panamá verde a una ciudad de vidrio y hormigón. El país ha crecido y es referente en la región, pero ese crecimiento no ha sido igual de accesible para todos. Mientras se admira la infraestructura, muchos panameños enfrentan un costo de vida cada vez más difícil de sostener.

Desde 2008 hasta 2026, los precios en vivienda han aumentado de forma sostenida; en muchos casos, se han multiplicado entre dos y cuatro veces. Viviendas que antes eran accesibles hoy están fuera del alcance de muchos. Este aumento responde al crecimiento económico, la inversión extranjera y el dinamismo del mercado en años anteriores. Sin embargo, también ha dejado claro que la ciudad capital ya no es accesible para muchos capitalinos, que se ven obligados a vivir cada vez más lejos si quieren aspirar a una propiedad.

Incluso fuera de la capital, el problema sigue. En el Oeste y el Este, los precios continúan subiendo mientras la capacidad de compra no crece al mismo ritmo. El resultado es claro: las personas están comprando menos porque ya no pueden pagar más. Datos recientes apuntan a una caída del 34.38% en la venta de unidades durante el último año, junto con una desaceleración acumulada importante en el sector. A esto se suman ajustes tributarios y la incertidumbre económica, que aumentan la cautela del comprador.

También crece la preocupación por la calidad de las construcciones y la respuesta de las inmobiliarias. Cada vez hay más casos donde los propietarios deben asumir reparaciones por fallas o materiales deficientes. En este escenario, el comprador se siente pequeño frente a bancos y promotoras. La Acodeco necesita mayor capacidad real de acción. Sin respaldo, el miedo a invertir no baja, aumenta.

La percepción del ciudadano es clara: más allá de si ciertos impuestos ya existían o no, lo que se siente es que comprar una vivienda es cada vez más caro. Esta desconfianza pesa tanto como el precio al momento de tomar una decisión, provocando que cada vez más personas prefieran esperar o simplemente descarten comprar. La incertidumbre y el riesgo percibido están frenando el mercado más que cualquier otro factor.

La caída en ventas y la falta de señales de recuperación reflejan un ajuste fuerte. Las desarrolladoras, los bancos y el Estado tienen responsabilidad en esto. La construcción sigue siendo clave para la economía, pero hay un problema evidente de acceso que no se ha querido enfrentar con claridad. Las barreras económicas, la desigualdad territorial, el desempleo y la desconfianza del consumidor explican el momento del sector. Esto impacta directamente la calidad de vida: más tiempo en traslados, más presión financiera y menos estabilidad para miles de familias.

Al final del día, todo se reduce a una idea: sí, hacen falta viviendas; pero también hacen falta panameños que puedan pagarlas. No se trata solo de impuestos o subsidios, sino de un mercado que dejó de responder a la realidad del comprador.