Bodoco, otra víctima del ‘bullying’

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  • 09/04/2026 00:00

Días atrás conocimos el caso de Bodoco, un niño de 14 años dentro del espectro autista, 100% funcional, un as de los deportes, preselección de la selección nacional de voleibol de su categoría, que vivió, tanto en su escuela como en su comunidad, un continuo y doloroso proceso de bullying por parte de compañeros de clase y niños vecinos.

La narración en primera persona de su madre, Jaeenne Mar Bynoe, es profundamente desgarradora. A través de su relato reconstruye las últimas semanas de vida de su hijo, describiendo cómo se fue construyendo, de forma gradual, una cadena de agresiones en su contra.

En varios pasajes, su memoria parece entrelazar el pasado con el presente, reflejando no solo confusión, sino el peso insoportable del duelo de una madre que ha perdido al ser más importante para ella, pero que se resiste a desprenderse de su recuerdo.

Ella, su hijo y su familia fueron víctimas de un sistema y de una sociedad que castiga la diferencia y se muestra indiferente ante la realidad de otros.

El bullying no es un juego ni una etapa pasajera, es violencia, es agresión, es humillación constante. Es el intento sistemático de quebrar la dignidad de otro para ejercer dominio sobre la víctima. Son estudiantes inocentes que solo quieren aprender, o niños que simplemente intentan vivir en su comunidad, quienes terminan cargando con ese peso.

Esta realidad está ocurriendo en nuestro país, aunque algunos prefieran ignorarla, mientras sigue arrebatando vidas y marcando familias para siempre.

Esta situación nos coloca frente a una responsabilidad ineludible, no basta con reconocer el problema, hay que actuar, y hacerlo en conjunto. Como sociedad, debemos asumir el compromiso de formar hijos respetuosos, empáticos y tolerantes frente a quienes piensan o viven de manera diferente.

Debemos comprometernos a proteger a las víctimas, acompañarlas con firmeza y sensibilidad, y sancionar a los agresores sin titubeos, sin importar el entorno donde ocurra, sea en la escuela, en la comunidad o en cualquier otro espacio. Incluso en el caso de profesionales que, por omisión, fallan en su deber al presenciar agresiones dentro de su entorno y mantener el silencio.

En el caso de Bodoco hubo testigos, docentes e incluso funcionarios del orden público que asumieron esta situación como algo “normal”, quizás porque muchos de ellos también la vivieron en su momento.

También hubo padres de familia que, al ser informados de que sus hijos ejercían bullying, respondieron con incredulidad o, peor aún, con indiferencia.

Bodoco fue acosado y agobiado de manera sistemática. Su condición de neurodivergente lo hacía aún más vulnerable, y ese entorno hostil terminó afectando su conducta y su estabilidad emocional. Todo ello derivó en un desenlace trágico, un accidente que terminó arrebatándole la vida.

Como me dijo su madre: “Yo espero que ninguna madre tenga que pasar por lo que yo pasé”. Ese llamado no puede quedar en el aire. Debemos acompañar a las víctimas, respaldar a sus familias y avanzar con decisión en la construcción de soluciones frente a este mal.

El bullying no es un juego ni una etapa pasajera; tampoco es normal. Es una forma de violencia que deja marcas reales y que, en los casos más dolorosos, puede incluso arrebatar la vida de nuestros jóvenes, como está ocurriendo hoy.

*La autora es ciudadana panameña