Bolívar volvió a Panamá
- 30/07/2026 00:00
Hace poco les conté sobre la conversación que nunca tuve con Bolívar. Hoy debo hacer una confesión: estaba equivocado. Sí conversé con él. O, al menos, así lo sentí. Tal vez por eso no me sorprendió volver a verlo. Como si nuestra conversación aún no hubiera terminado. Dos siglos después del Congreso Anfictiónico de 1826, Bolívar regresó a Panamá. Caminó, silencioso, entre quienes nos habíamos reunido el 22 de junio para conmemorar el bicentenario de aquel sueño inconcluso. Lo vi recorrer las calles del Casco Antiguo con la misma mirada del hombre que alguna vez escribió que el Istmo estaba llamado a ser “el emporio del universo”.
Esta vez regresaba para presenciar cómo, dos siglos después, las Sociedades Bolivarianas del continente se reunían precisamente en Panamá para mantener vivo aquel ideal de unidad americana. La primera noche nos sentamos a la mesa, junto a representantes de varios países. Me adelanté a felicitarlo por su cumpleaños número 243, que celebraría pocas horas después. Compartimos una cena de sabores y folclor panameños. Escuchaba más de lo que hablaba. Sonreía al comprobar que, doscientos años después, América seguía encontrándose alrededor de una mesa para compartir sus acentos, sus diferencias y sus esperanzas. Pensé que aquel ambiente le habría recordado lo que siempre creyó: que la unidad comienza cuando somos capaces de reconocernos como iguales sin dejar de ser distintos.
A la mañana siguiente asistimos al Te Deum celebrado en la Catedral Basílica Santa María la Antigua. Mientras el arzobispo José Domingo Ulloa hablaba de Panamá como puente de pueblos y de la necesidad de construir unidad sin uniformidad, volví a mirar a Bolívar. Comprendí que aquella homilía no era un homenaje al pasado, sino una invitación al futuro. El Congreso Anfictiónico nunca pretendió borrar las diferencias entre nuestras naciones; aspiraba a convertirlas en motivo de cooperación.
Más tarde nos detuvimos frente a su monumento, en la plaza que lleva su nombre. Permanecimos unos instantes en silencio. Allí entendí que las estatuas no existen para inmovilizar la historia, sino para interpelar a quienes pasan frente a ellas. Bolívar parecía preguntarnos si habíamos hecho algo con el legado que nos dejó o si simplemente habíamos aprendido a admirarlo desde un pedestal. Las sesiones del Congreso comenzaron poco después. Escuchó a historiadores, juristas, diplomáticos y jóvenes debatir sobre la vigencia de sus ideales. Pero advertí que lo que más le interesaba no ocurría detrás de un podio. Era en los pasillos, durante los recesos, donde encontraba a personas de distintos países conversando con naturalidad, intercambiando ideas y buscando puntos de encuentro. Quizás comprendió entonces que la integración no nace de los discursos, sino de la confianza entre las personas.
Durante una de las intervenciones escuchó una frase que pareció conmoverlo: el verdadero triunfo de Bolívar no había sido ganar batallas, sino haber sembrado una idea capaz de sobrevivir a dos siglos de desencuentros. Lo vi asentir discretamente.
Al finalizar el Congreso aprobamos la Carta de Panamá, un documento abierto a todas las sociedades bolivarianas del continente y concebido como una invitación permanente al diálogo, la cooperación y la defensa de los valores republicanos. No pretendía ser el punto final de una conmemoración, sino el comienzo de una nueva etapa. Antes de despedirnos caminamos hasta la Plaza de la Independencia. Nos detuvimos frente al busto de Nicanor A. de Obarrio. Le conté que aquel panameño había dedicado buena parte de su vida a preservar el ideal bolivariano.
Saqué entonces de mi portafolio un ejemplar de la Carta de Panamá y se lo entregué. La sostuvo entre sus manos durante unos segundos. Sonrió: “Hace más de dos siglos escribí una Carta en Jamaica soñando con el porvenir de América. Hoy recibo otra, escrita en Panamá.”
Comenzó a leerla despacio. Cuando terminó, levantó la vista hacia el busto del prócer, como si comprendiera que entre una Carta y la otra hubo generaciones enteras que nunca dejaron morir aquel sueño. Entonces me miró y dijo: “No han firmado solamente una declaración. Han comenzado una comunidad.” Aquellas palabras resumían mucho más que el trabajo de dos días. Recordaban que los grandes proyectos históricos no nacen cuando se redacta un documento, sino cuando existe la voluntad de convertirlo en una realidad compartida.
Antes de despedirse volvió la mirada hacia la bahía: “Vine creyendo que encontraría un homenaje”, me dijo. “Encontré una responsabilidad.”
Quise responderle que aún nos faltaba mucho por hacer. Que América continúa enfrentando divisiones, desconfianzas y desafíos que él jamás imaginó. Pero también que, doscientos años después, seguimos creyendo que el diálogo vale más que la confrontación; que la cooperación produce más frutos que el aislamiento; y que la libertad continúa siendo el fundamento indispensable de nuestras repúblicas. No hizo falta decir nada. Mientras se alejaba recordé la frase con la que tantas veces se ha resumido su desengaño: “He arado en el mar.” Esta vez, sin embargo, me pareció que la pronunciaba de otra manera. No como quien reconoce un fracaso. Sino como quien descubre, dos siglos después, que algunas semillas tardan mucho en germinar. Y que quizás Panamá siga siendo el mejor lugar para sembrarlas otra vez.