Brasil: el costo de una victoria que no convence

  • 02/11/2026 00:00

Hay elecciones que cierran un ciclo y otras que lo cierran mal. La de Brasil es de las segundas. Lula llegó al balotaje habiendo perdido la primera vuelta y, rompiendo una constante de la historia electoral del país, salió de ella victorioso. Ahora bien, entre un resultado y el otro no medió solo el voto popular sino la decisión de Cristiano Zanin, -antiguo abogado de Lula y hoy magistrado del Supremo Tribunal Federal-, quien, desplazando a la jurisdicción electoral, ordenó prolongar la jornada cuando ya había colegios electorales cerrados. Frente a algo así, la victoria de Lula queda, jurídica y políticamente, en una zona de duda que ni el recuento, ni el relato oficial, disuelven.

Esa duda a la que me refiero ya ha tenido un costo. El real se debilitó y cayeron, de forma generalizada, los valores con exposición a Brasil. El mercado está haciendo lo de siempre cuando suben las dudas sobre las reglas: cobrar por adelantado. Un gobierno que arranca cuestionado en el origen, y que ya mostró voluntad de colonizar las instituciones que deberían contenerlo, encarece el crédito, enfría la inversión y acorta el horizonte de quien produce. El rechazo del empresariado no es un capricho ni una consigna. Es la reacción de quien ve que el relato de la inclusión viene esta vez con menos reglas y más discrecionalidad. Un proyecto así no reparte bienestar. Reparte dependencia, y la dependencia se nota primero en el tipo de cambio.

Lo que sigue será bastante previsible. Lula no necesita decretar una república socialcomunista para ir armándola por dentro. Le basta repetir, a mayor escala, el camino ya empezado: lealtades donde deberían estar contrapesos, el Estado como instrumento para disciplinar a la oposición y a la clase económica, y una lectura de la victoria según la cual el margen, por estrecho y dudoso que sea, autoriza a cobrarse las cuentas a quien ha osado oponerse. Las acciones penales contra Flavio Bolsonaro no son un exabrupto y tanto él, -ahora exilado en EE.UU.-, como el Partido Liberal van a encontrar un gobierno más agresivo en todos los frentes, incluida la economía, donde habrá más intervención y más enfrentamiento con quien invierte.

Este Brasil del “nuevo” Lula saldrá a una región que ya no le hace el juego. Salvo la Venezuela “chavista descafeinada” de Delcy Rodríguez y, en otro registro, el Uruguay de Yamandú Orsi, Sudamérica se ha movido hacia gobiernos que no comparten ese proyecto populista de izquierdas de Lula. Afortunadamente, el capital y las expectativas de reforma política y económica se están reubicando con reglas más estables y menos aventura fiscal. Un Lula resentido, necesitado de liderazgo externo, va a intentar influir contra esos gobiernos y va a chocar con ellos y ese choque se pagará en comercio que se desvía, en inversión que compara y elige otra plaza, y en un liderazgo que se gasta más rápido de lo que se ejerce.

La compensación a todo esto vendrá por el lado que ya Lula anunció. Profundización de lazos con China y Rusia, fortalecimiento de los BRICS con la incorporación de nuevos miembros, -algunos de ellos reconocidos regímenes autoritarios-, con el objeto de contar con más aliados para enfrentar a EE.UU., con Trump en la Casa Blanca. Sin embargo, hacer de Pekín, de Moscú y de los BRICS una doctrina de política exterior, me suena más a “autonomía” que a “independencia”. Una autonomía que practicada como desquite “frente al capitalismo”, hará de este Brasil, aún más de izquierdas, una economía más dependiente, más indulgente con el autoritarismo de sus socios y más enfrentada con Washington.

Este nuevo liderazgo de Lula, cuestionado en el origen, dispuesto a colonizar sus instituciones y a convertir la política exterior en extensión del resentimiento interno, podrá seguir vendiendo grano, mineral y proteína, a la par que perderá previsibilidad, con los acreedores cobrando esa pérdida con una prima y los inversores esperando. Por su parte, los gobiernos vecinos que apostaron por abrir y estabilizar sus economías van a tener que comerciar con este Brasil sin acompañar, afortunadamente, el proyecto político de este mandato en tela de juicio y más populista que nunca.

Esa disyuntiva toca de lleno a Panamá. Quienes me leen conocen bien mi postura: siempre he visto con fundado escepticismo esa agenda que nos acercó a Mercosur como Estado asociado bajo el apadrinamiento de Lula. Los hechos recientes no hacen más que confirmar lo que he venido sosteniendo. Nuestro país tendría mucho más que ganar concentrando su capital diplomático y comercial en exprimir la sólida red de tratados que ya poseemos con socios estratégicos de primer orden: Estados Unidos, -nuestro principal socio y aliado histórico-, la Unión Europea, EFTA, Corea del Sur, Singapur y, en nuestro entorno regional, economías abiertas como Perú, Chile o México. Antes de desgastar recursos en el Cono Sur, la prioridad natural debería ser profundizar la integración en la unión aduanera a la que ya pertenecemos: Centroamérica. Conservar el estatus de asociado en Mercosur tiene sentido, únicamente, si se acota a lo estrictamente logístico y comercial, evaluado con pragmatismo en función de carga, inversión y empleo. Más allá de eso, no hay nada que buscar. Tras este desenlace en Brasilia, ese orden de prioridades no solo es sensato; es imperativo.