Campeones de la región
- 27/07/2026 00:00
Ha terminado el Mundial Norteamérica 2026, donde España se ha alzado con la corona de olivos. Sin embargo, al parecer hay otro campeonato, mucho más silencioso, que se disputa en la región y en el que Panamá se está posicionando como el gran campeón.
Según el estudio Salarios y Contrataciones 2026, elaborado por la plataforma de empleo Konzerta, casi nueve de cada diez organizaciones del país registraron despidos durante el primer semestre de este año. El 86 % de los especialistas en recursos humanos consultados afirmó que su organización despidió personal, diez puntos porcentuales más que en el mismo período de 2025, cuando el indicador fue del 76 %. Estos resultados nos sitúan casi un 15 % por encima de Chile (71 %), Perú (68 %) y Ecuador (68 %). Es cierto que el empleador tiene el derecho de administrar su personal y decidir cuándo un despido está justificado. Sin embargo, el estudio también revela que cerca del 46 % de las desvinculaciones ocurre porque la empresa considera que el trabajador no rinde como se espera.
Estos datos podrían sugerir que el profesional panameño no prioriza su trabajo o que las empresas son cada vez más exigentes. Todo ello, a pesar de que diversos indicadores muestran que el salario promedio pretendido ni siquiera alcanza los mil balboas. En un país con uno de los costos de vida más altos del continente, resulta difícil exigir un rendimiento extraordinario con remuneraciones tan bajas.
Pero esa aparente falta de rendimiento no necesariamente significa que el trabajador sea incapaz de responder a las necesidades de la empresa. Existen múltiples factores que pueden explicar un desempeño inferior al esperado: objetivos poco claros derivados de un liderazgo deficiente, exceso de carga laboral, procesos mal diseñados e, incluso, una cultura del miedo que rara vez aparece en los estudios, pero que todavía persiste en algunas de las empresas más grandes y prestigiosas del país. Trabajar bajo una presión constante puede terminar afectando el desempeño incluso de los mejores profesionales.
También es destacable cómo algunas empresas presentan debilidades al capacitar a sus nuevos colaboradores. Para reducir lo que consideran un costo de no calidad, acortan los procesos de inducción y lanzan al trabajador al ruedo sin conocer plenamente sus funciones. Luego muestran poca tolerancia frente a los errores derivados, precisamente, de esa falta de preparación.
El estudio también menciona que la necesidad de reducir costos y la situación económica influyen en la decisión de despedir. Es un tema que merece un análisis propio. Sin embargo, he preferido centrarme en un argumento que con frecuencia se repite entre algunos empresarios panameños: que el trabajador nacional carece de profesionalismo, compromiso o preparación. Claro que existen casos plenamente justificados, pero la pregunta sigue siendo inevitable: ¿qué ocurre con todos los demás?
Se exige experiencia, licenciaturas, diplomados, posgrados y maestrías, además de un perfil de LinkedIn impecablemente actualizado. Mientras el lenguaje empresarial se llena de soft skills, networking, performance, feedback y otros anglicismos que convierten lo cotidiano en un aparente signo de sofisticación, pareciera que palabras como empatía, solidaridad y humanidad hubieran desaparecido del diccionario corporativo. El colaborador termina ocupando una posición de evidente desventaja frente a la empresa.
Cada despido implica volver a reclutar, entrevistar, contratar y capacitar a otra persona. La alta rotación genera pérdidas de conocimiento, menor productividad y un deterioro del clima laboral. Aun así, parece más fácil reemplazar a un trabajador que preguntarse si existen problemas estructurales dentro de la propia organización.
Soy plenamente consciente de que la finalidad de una empresa es generar ganancias. No es una organización benéfica, aunque así en sugieran su misión y visión corporativas. Sin embargo, rentabilidad y desarrollo humano no son objetivos incompatibles. Ningún equipo gana un mundial cambiando a la mitad de sus jugadores después de cada error. Los verdaderos campeones invierten en entrenamiento, corrigen fallas y desarrollan talento. Tal vez esa sea la lección que necesita el mercado laboral panameño para dejar de ser campeón en una estadística de la que nadie debería sentirse orgulloso.