Código de Ética a la medida del poder
- 13/04/2026 00:00
La reciente aprobación de un Código de Ética en la Universidad de Panamá, a escasos meses de una (re)elección, deja más dudas que certezas. Huele más a estratagema que a reforma. Más cercano a un blindaje que a un compromiso genuino; a un traje de diseñador confeccionado a la medida exacta de los impostores del templo, que hoy ostentan el poder.
La ética, en su sentido más profundo, nos enseña valores y nos invita a comprender el comportamiento humano desde la coherencia. Pero cuando un “código de ética” aparece de forma repentina, como respuesta a una coyuntura política, deja de ser un instrumento moral para convertirse en una herramienta utilitaria. Es pseudoética y, además, tardía. Y la ética que llega tarde siempre es sospechosa.
Si la transparencia fuera un valor auténtico, no emergería como “urgencia” precisamente cuando está en riesgo la continuidad en el poder. Esa coincidencia no es menor: es reveladora. Resulta, además, profundamente contradictorio que quienes redactan el mencionado código sean, al mismo tiempo, quienes deberían estar sujetos a su regulación. La pregunta es inevitable: ¿esto es ética o es autoprotección?
La Universidad de Panamá enfrenta hoy, digan lo que digan los articulistas adláteres del poder, una crisis de credibilidad ante la sociedad. No basta con redactar normas cuando quienes las promueven arrastran cuestionamientos sobre su gestión administrativa.
Este código, lejos de fortalecer la confianza, parece más una operación de maquillaje institucional que un compromiso real con la rendición de cuentas.
También preocupa la exclusión de la comunidad universitaria. ¿Dónde estuvieron docentes, estudiantes y administrativos en la construcción de este documento? Un código impuesto, sin debate amplio ni participación, nace débil, incompleto y, sobre todo, sospechoso. La ética no se impone, se construye colectivamente.
Más que formar conciencia ética, este documento parece diseñado para marcar el ritmo del discurso en tiempos de campaña electorera. Se predican valores que no han sido demostrados en la práctica. Y cuando la distancia entre lo que se dice y lo que se hace es tan evidente, la legitimidad se desvanece y la credibilidad se rompe.
Porque, al final, la ética no se mide en el papel, sino en la conducta. No se impone por decreto: se demuestra con el ejemplo. Ningún código, por bien redactado que esté, puede sustituir la coherencia que la realidad desmiente.
Esto no fue lo que soñó Don Octavio Méndez Pereira. No una universidad atrapada en cálculos políticos, ni de cuartel de invierno de los partidos políticos, sino una institución guiada por el pensamiento crítico, la investigación, la integridad, el debate de ideas y el servicio al país.
Hoy, más que nunca, la Universidad de Panamá necesita menos discursos y más verdad. Porque un código de ética, no puede ser un traje que se ajusta al poder de turno y a su conveniencia. El interés particular no puede, ni debe, prevalecer, jamás, sobre el bien común.