Crecimiento económico vs. soberanía sanitaria en Panamá

  • 03/11/2026 00:00

Cuando la tecnocracia académica, gubernamental y de los organismos multilaterales-la gran mayoría colonizados por el intelecto anglo eurocéntrico-hablan de desarrollo, tienen la tentación perenne de confundirlo con crecimiento económico y particularmente al de sello capitalista. De allí que siempre parten del indicador más común que describe el crecimiento económico, conocido como el PIB.

Otra manía que tienen es que, unos explican el hecho de la “mala distribución de riquezas”-cual determinante de las desigualdades sociales-adjudicándole la culpa al Estado por la falta de presupuestos asignados a los “servicios sociales”, otros, destacan que el desaprovechamiento de los servicios escolares por parte de la población, no les permite contar con herramientas para su mejoramiento económico. En ambas interpretaciones, se parte del entendido de que quien más se escolariza más oportunidades posee para ascender en la pirámide socioeconómica del país. Para los primeros, la responsabilidad es del Gobierno, para los segundos, se nos achaca la culpabilidad al pueblo, pero de manera individualizada sin considerar que somos parte de estratos socioeconómicos distintos.

Lo que la tecnocracia suele solapar, es la existencia de hechos sociales que condicionan esa distribución desigual que señalan como su gran descubrimiento técnico. Entre estos hechos caben mencionar, el sistema social racializado que jerarquiza a los grupos humanos de nuestro país (grupos superiores-grupos inferiorizados) desde la época colonial hispánica, el sistema social clasista (poseedores de gran capital transnacional, capital local y trabajadores), con una particularidad, ambos provienen de la misma matriz histórica: El colonialismo hispano y el Neocolonialismo estadunidense, los cuales, empleando el sistema racializado justificaron la distribución desigual e injusta de la posesión de los medios generadores de riquezas que la naturaleza nos otorgó a todos (Papa Paulo VI, 1968; Papa Francisco, 2015).

Por su parte, al hablar de soberanía, se nos recuerda que sin esta no es posible alcanzar el desarrollo, aunque se experimente crecimiento económico. Esto vale para todas las dimensiones de una sociedad. Tratemos el caso de la salud. Cuando hacemos el análisis estadístico especializado, relacionando la evolución de la situación de salud de nuestros habitantes y la de la generación de riquezas (recordemos que esto es crecimiento y no desarrollo económico) nos resulta un índice bajísimo (R2 =0.031) que confirma que de nada vale a la situación de salud-visto a través de la mortalidad de la población-que se generen muchos recursos económicos. Si tales riquezas no se someten al ejercicio soberano del pueblo-que no del gobierno ni de corporaciones transnacionales-no hay perspectivas de que se destinen a lo que requiere la población a corto, mediano y largo plazos.

Cuando miramos críticamente las estadísticas que relacionan situación de salud y grupos humanos, se observa que los mismos colectivos que eran los más abandonados en la distribución de beneficios en la sociedad colonial hispana, eran nada más y nada menos que los mismos que en el neocolonialismo norteamericano y son los mismos que hoy no disfrutan de los beneficios producidos por la sociedad actual. Esta coincidencia no hace más que validar lo que inicialmente parecía una mera presunción, pero que la Ciencia Social ha confirmado, a saber, que la estructuración racializada y clasista de los grupos humanos en Panamá, sigue vigente, solo que de manera subrepticia.

Lo mismo cabe decir, cuando cruzamos las “categorías en la ocupación” y su situación en la salud, en el acceso a los servicios de salud o de seguridad social. Los grupos de las clases trabajadoras formales e informales, asalariadas o no, están en condiciones inferiorizadas en materia de salud, respecto a los propietarios o dueños de unidades económicas, lo cual nos habla de la preminencia de sistemas clasista y racializado que se superponen a los llamados “factores de riesgo” y determinantes sociales de las que habla la OPS y la tecnocracia sanitaria.

Finalmente, este sistema racializado y clasista, como vimos tiene su origen en nuestra historia colonial hispánica y colonial anglo norteamericana (política panamericanista en salud), siendo la predominante esta última. De aquí se desprende el hecho de que nuestro sistema sanitario está configurado desde esa Colonialidad-colonos dominando sin presencia física de sus instituciones-lo que da lugar a la anulación de nuestra soberanía en general y en este caso, la sanitaria. El nuevo colono que actúa en clave imperial, ya no se sienta en el trono de un rey o presidencia de los países desde donde se opera el coloniaje racializado y clasista.

Para los efectos del sistema sanitario internacional, el nuevo colono imperial está consolidado en el gran complejo médico industrial financiero y crecientemente tecnológico, que actuando ora directamente desde su figura empresarial, ora, a través de Estados que los representan, ora con el sombrero de las instituciones multilaterales como el Banco mundial, el BID y la OPS/OMS, somete a nuestros sistemas de salud a la dependencia tecnológica, financiera e intelectual. Obviamente, en tales condiciones de dependencia, aun con crecimiento económico, no hay cabida para el ejercicio de la soberanía sanitaria de nuestros pueblos, ni siquiera de nuestros inversionistas nacionales, sin la cual no alcanzaremos a superar contundentemente nuestros problemas de salud-enfermedad.