Crisis educativa y política
- 26/09/2026 03:17
Suele presentarse a las evaluaciones escolares como instrumentos técnicos y neutrales, capaces de medir la calidad de la enseñanza para orientar la gestión pública. A nivel internacional, el Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos (PISA, por sus siglas en inglés) examina las competencias en lectura, matemáticas y ciencias en estudiantes de quince años. Sin embargo, tras la frialdad de sus cifras y gráficos, estos diagnósticos reflejan una profunda fractura social y política. Cabe preguntarse, entonces, por qué estas pruebas evidencian una brecha de tal magnitud en la realidad panameña.
En su último ciclo, los resultados de Panamá hicieron palpables las desigualdades socioeconómicas y estructurales de manera alarmante. El desempeño de los estudiantes refleja directamente cómo lo relativo al ingreso familiar, el origen geográfico y la falta de recursos en las escuelas públicas condicionan drásticamente las oportunidades de enseñanza y aprendizaje. Frente a este escenario desolador, la respuesta gubernamental recurre a las mismas recetas de siempre: transformación curricular, capacitaciones docentes y el anuncio del retorno del Ministerio de Educación (MEDUCA) a las pruebas PISA para 2029. En el plano local, la medición se complementa con instrumentos estandarizados como la prueba IPALEM (orientada a evaluar los Indicadores de Progreso de Aprendizaje en Lectura, Escritura y Matemática en tercer grado) y la prueba nacional CRECE, las cuales terminan reafirmando la gravedad de las brechas sociales en el rendimiento escolar.
La prueba nacional CRECE, que se aplica al cierre del año lectivo en 4.°, 7.°, 10.° y 12.°, tiene el objetivo de ponderar los niveles de logro e identificar las variables asociadas al compromiso estudiantil, el tiempo de instrucción y el entorno familiar. A ello se suman las pruebas diagnósticas de inicio y cierre del año lectivo, las que son pensadas para estimar el avance cognitivo durante el ciclo escolar. No obstante, la acumulación de datos provenientes de PISA, IPALEM y CRECE revela una verdad que trasciende la estadística. La crisis educativa no es un simple desajuste técnico ni una falla administrativa, sino la manifestación visible de un quiebre político cada vez más hondo.
Para comprender este panorama, cobra una vigencia reveladora el ensayo de Hannah Arendt, “La crisis en la educación” (incluido en Entre el pasado y el futuro, 1961). Arendt desmonta la ilusión de que la crisis se reduzca a un déficit presupuestario o técnico, y sitúa la raíz del problema en la adopción de enfoques pedagógicos defectuosos y en el colapso del Amor mundi, la responsabilidad política de los adultos con el mundo común; en el que hay infantes. En primer lugar, la autora cuestiona la influencia del pragmatismo pedagógico y del “aprender haciendo”, tendencias que desplazaron al docente especialista que transmite con rigor el saber disciplinar. Al despojar al aprendizaje de esta fundamentación disciplinar, la enseñanza se reduce a una mera mediación facilitadora y adaptación situacional. Así, la escuela renuncia a su función política fundamental: educar a los niños y las niñas para comprender y asumir su papel en el mundo común.
En segundo lugar, en el contexto estadounidense, Arendt denuncia la abolición de la autoridad adulta en la escuela, consecuencia del desatino pedagógico que pretende emancipar prematuramente al estudiante del tutelaje de los profesores. Al abdicar de su rol de guías y representantes del mundo articulado, los adultos abandonan a los educandos a la tiranía de su grupo de pares, donde la falta de criterios firmes no genera libertad, sino una conformidad pueril que es opresiva. Se puede colegir, a través de la categoría arendtiana de la banalidad del mal, que el proceso educativo ha decaído en una banalización de la enseñanza y el aprendizaje.
Adicionalmente, la pérdida de la tradición se traduce en un quiebre con la promesa política mutua y del reconocimiento de la pluralidad, pilares indispensables para la vida política. Entonces, al romperse el hilo transmisor de la memoria histórica, la escuela deja de ofrecer un anclaje cultural, lo que condena a las nuevas generaciones a un presente perpetuo que está desprovisto de referencias simbólicas que orienten a los estudiantes al desarrollo de sus capacidades para actuar en concierto, dialogar y juzgar. Desde esta perspectiva, se confirma que las brechas expuestas por PISA, IPALEM y CRECE son indicadores de una profunda crisis cultural, educativa y política, donde la descomposición de la autoridad y del sentido común destruye las bases mismas de las instituciones políticas panameñas.
Esta reflexión educativa y política se profundiza al haber considerado el escrito de Arendt acerca de “la crisis en la educación”, el que se ilumina aún más al analizar sus controvertidas reflexiones sobre el conflicto de integración escolar ocurrido en Arkansas, publicadas originalmente en Reflections on Little Rock (1959; compilado en Responsabilidad y juicio, 2007). Allí advirtió sobre el grave peligro de trasladar al espacio educativo las contradicciones y fracturas que el mundo adulto ha sido incapaz de resolver en la esfera política. Nos dice la pensadora política: “El resultado es que se exige a los escolares que resuelvan en el patio de recreo los problemas que los adultos no han sabido ni querido resolver en la esfera política”.
Trasladado al contexto panameño, la lección resulta categórica, la escuela no puede cargar en soledad con el peso de la desigualdad socioeconómica, la marginación territorial, la crisis axiológica ni la descomposición de las instituciones sociales y políticas. Exigir que el sistema educativo sea el único remedio para fallas estructurales profundas no implica defender una pedagogía comprometida, sino absolver al Estado, la sociedad civil y las comunidades de su responsabilidad ética y compromiso político, lo que deviene en instrumentalizar a las aulas escolares como chivos expiatorios.
Frente a este vaciamiento de sentido, la mirada de la filosofía política arendtiana rescata la natalidad —la capacidad intrínseca del ser humano de dar inicio a lo imprevisto— como fundamento de la praxis pedagógica. Como expone Fernando Bárcena en Hannah Arendt: una filosofía de la natalidad (2006), educar no consiste en moldear recursos humanos ni en adiestrar para el mercado laboral, sino en responder éticamente al acontecimiento del nacimiento mediante una auténtica poética de la hospitalidad. La educación se configura así como un acto ético, político e intergeneracional de acogida al recién llegado al mundo, a quien se le ofrece un lugar en ese mundo común que lo precede y que requiere ser resguardado a la vez que renovado. Esta acogida exige una postura de doble cuidado: proteger la novedad e imprevisibilidad de las nuevas generaciones frente a las inercias del pasado, y al mismo tiempo garantizar el mundo común frente a la fuerza potencialmente destructiva de lo nuevo, si carece de la tradición.
En tiempos de nuevas tecnologías, esta necesidad de asumir la responsabilidad política sobre el mundo común cobra una urgencia renovada. La emergencia de la inteligencia artificial y la automatización algorítmica no constituyen meros avances técnicos, sino dinámicas que reconfiguran la esfera pública, lo que desafía la continuidad intergeneracional. Cuando el pensamiento crítico se delega en algoritmos y se desplaza la deliberación entre generaciones por la interacción mediada por pantallas digitales, la responsabilidad adulta se diluye y el Amor mundi amenaza con disolverse. Por ello, lejos de ser un tema periférico, la tecnología se entrelaza con la crisis educativa y política en Panamá, porque empeora el escenario cuando renunciamos a formar ciudadanos capaces de juzgar y actuar en concierto. Las aulas escolares no deben limitarse a capacitar instrumentalmente en habilidades digitales utilitarias, sino erigirse en espacios educativos donde la tecnología se subordine al pensamiento crítico, a la memoria histórica y al resguardo de la condición humana.
Así, la evaluación escolar en Panamá deja de ser un trámite burocrático de medición técnica para convertirse en un espacio de reflexión comunitaria que renueve el compromiso político con la infancia y devuelva a la educación tanto su carácter político como el pensamiento crítico. Entonces, examinar las brechas expuestas por PISA, CRECE e IPALEM exige mucho más que equipamiento tecnológico o superficiales transformaciones curriculares. Superamos esta crisis al asumir la evaluación y la praxis pedagógica no como trámites burocráticos, sino como un espacio de reflexión comunitaria e intergeneracional. La educación requiere encarnar plenamente el concepto de Amor mundi en el pensamiento de Arendt: un acto ético y político donde los adultos asumen la responsabilidad del cuidado de lo común, rescatan el pensamiento crítico y resguardan la promesa de renovación que cada nueva generación trae consigo.