Cuando la desgracia se convierte en capital electoral

  • 23/10/2026 00:00

Hay algo incómodo que conviene mirar de frente: la desgracia de unos puede terminar siendo la oportunidad electoral de otros. Y decirlo no es cinismo, es honestidad. Cuando cae un terremoto o sube el agua, la tragedia no solo deja casas destruidas y familias sin rumbo. Deja algo más delicado: gente vulnerable, expuesta, con el corazón en la mano. Y hay actores políticos que tienen un olfato extraordinario para detectar ese momento, administrarlo y, cuando les conviene, aprovecharlo. Adhesiones, simpatías, votos futuros.

Piénselo así. Ayer usted discutía sobre corrupción, desempleo o promesas rotas. Hoy busca agua, busca medicinas, busca un techo donde sus hijos puedan dormir tranquilos. De un día para otro, la calidad de las instituciones deja de ser su prioridad. Su prioridad es sobrevivir. Justo ahí, en esa grieta entre la necesidad y el juicio, es donde el oportunismo se siente como en casa.

La ayuda humanitaria debería ser lo más simple del mundo: solidaridad, punto. Pero a veces se convierte en otra cosa. En herramienta de partido. Aparecen dirigentes repartiendo bolsas de comida, activistas cargando colchones, aspirantes recorriendo barrios afectados. Las cámaras capturan cada entrega, las redes multiplican el gesto, y de pronto el dolor ajeno se vuelve escenario para exhibir sensibilidad propia.

Y aquí hace falta una precisión importante: no toda ayuda que llega de manos de un político es manipulación. Hay gente sincera en todos los partidos, personas que se movilizan por convicción, antes de que llegue el primer camarógrafo. El problema es otro. En un país donde la confianza en las instituciones está tan gastada, distinguir la solidaridad de verdad del cálculo electoral se ha vuelto casi imposible.

Esa desconfianza no nació de la nada. Es la factura de décadas: promesas incumplidas, clientelismo, instituciones usadas como si fueran propiedad privada, y una distancia cada vez más grande entre quien representa y quien es representado. Cuando la gente ha aprendido que tantos gestos amables esconden una cuenta por cobrar, hasta la generosidad auténtica termina bajo sospecha. Y ahí está la paradoja, amarga: los mismos partidos demolieron la credibilidad que hoy necesitan para demostrar que todavía saben actuar sin interés.

También está la parte humana, la del corazón, y no conviene ignorarla. El voto no siempre se decide comparando programas o evaluando gestión. A veces decide el miedo. O la gratitud. O la esperanza. O esa sensación de que uno le debe algo a alguien. Si usted recibe ayuda en el peor momento de su vida, es natural que sienta un vínculo con quien se la dio. Eso es humano, y está bien. Lo turbio empieza cuando alguien se sienta a calcular cómo convertir ese vínculo en fidelidad electoral.

El problema nunca fue que la gente agradezca. El problema es que alguien pretenda transformar ese agradecimiento en deuda política. Así funciona uno de los clientelismos más delicados: casi nunca se dice “me votas o se corta todo”. Basta con sembrar la idea de que la ayuda, la atención, las oportunidades de mañana, dependen de mantenerse a bien con cierta persona. La necesidad se vuelve dependencia. La dependencia, gratitud forzada. Y la gratitud, si nadie pone un límite, termina en el cuarto oscuro. Y luego está el poder de la imagen. Una foto entregando una bolsa de comida viaja más lejos y más rápido que un informe sobre prevención de desastres. Un video abrazando a una familia damnificada golpea más fuerte que cualquier explicación técnica sobre fondos de emergencia.

Con eso se invierte todo: la política cosecha aplausos por atender las consecuencias de una tragedia, casi sin haber movido un dedo para reducir sus causas. El dirigente aparece como salvador, mientras las preguntas difíciles —planificación territorial, infraestructura precaria, prevención, capacidad institucional— se pierden entre los escombros. Ojo: reconocer una emergencia bien atendida es justo y necesario. La diferencia está en el borde. Hay distancia entre cumplir con un deber público y apropiarse de ese deber para construir una marca personal.

En Panamá, donde los partidos cargan con serias dudas sobre su representatividad y su cercanía real con la gente, esto importa más todavía. Una desgracia nacional debería unirnos sin banderas, no abrir una competencia por protagonismo o por afiliaciones. Que un partido esté presente en una comunidad golpeada no prueba nada por sí solo. Pero cuando a la par aparecen campañas de inscripción, promoción o propaganda en medio de la desesperación ajena, está bien preguntar: ¿por qué ahora? ¿para qué? ¿a quién sirve esto?

Porque una cosa es acompañar a alguien en su dolor. Otra muy distinta es mirar ese dolor y ver una oportunidad de captación.

Cuando la necesidad material condiciona la libertad de elegir, la democracia se vacía. Toda persona debería poder recibir ayuda sin cargar con la sensación de que debe devolverla con un voto, sin miedo a perder beneficios, y sin ver convertido su sufrimiento en material publicitario.

La solidaridad de verdad no necesita colores, ni fotos, ni actas de compromiso. Su legitimidad nace de la necesidad de quien recibe, no de la conveniencia de quien entrega. Al final, la pregunta que debería quitarle el sueño a cualquier dirigencia no es cuántos simpatizantes se ganan después de una tragedia. Es cuántas personas se habrían podido proteger antes de que ocurriera. Porque cuando un partido descubre más oportunidades electorales entre los escombros que responsabilidades frente a quienes los sufren, la tragedia ya no es solo natural. También es una tragedia de la representación. Y una democracia donde el dolor humano se puede canjear por votos no solo necesita reconstruir casas. Necesita reconstruir su legitimidad moral.