Cuando la ética se pierde, el país paga las consecuencias

  • 05/05/2026 00:00

Para Jean-Jacques Rousseau, la idea sobre la ética es bastante clara, el ser humano nace bueno por naturaleza, pero es la propia sociedad la que termina corrompiéndolo.

Su planteamiento, ha sido un debate de siglos y coloca en el centro de la discusión, la importancia del bien común. Una sociedad funciona cuando los intereses individuales se subordinan a los objetivos colectivos, basado en la igualdad y en un sentido compartido de justicia.

La ética en algunos funcionarios del Estado pareciera haberse olvidado, como si la propia dinámica social hubiese normalizado prácticas alejadas del interés colectivo.

Hace una semana, escuchaba al ministro de Salud, Fernando Boyd, en una declaración que evidenció una realidad preocupante, el Estado panameño deberá asumir el pago de 14.9 millones de dólares, es decir, dinero del pueblo panameño, tras la terminación unilateral del proyecto de diseño y construcción del nuevo Hospital Oncológico. Una decisión adoptada por la administración anterior, y sus funcionarios, que derivó en una demanda por 72 millones, y que hoy termina en un acuerdo que igualmente impacta, en el medio de la situación económica del país, a las finanzas públicas.

Pero este no es un hecho aislado. Basta recordar la gestión del exdirector de la Caja de Seguro Social, Enrique Lau Cortés, bajo la cual se dejaron vencer medicamentos valorados en más de 2.5 millones de dólares. Un caso que denuncié ante el Ministerio Público y que, hasta la fecha, sigue sin respuestas.

Lo verdaderamente indignante no es solo el error, sino la ausencia de consecuencias. Se toman decisiones cuestionables, ya sea por negligencia, intereses particulares o falta de criterio, y quien termina pagando es siempre el mismo, el pueblo panameño.

Cuando el costo de actuar mal no recae sobre quien decide, sino sobre toda la sociedad, la ética deja de ser un principio y se convierte en un discurso vacío. Y así, poco a poco, lo inaceptable empieza a parecer normal.

Pero ¿dónde empieza realmente lo incorrecto?

Empieza cuando alguien sin la preparación ni las competencias necesarias asume un cargo para el cual no está preparado. Empieza cuando los nombramientos responden a la cercanía y no al mérito; cuando un amigo nombra a otro, y ese a otro más, en una cadena de decisiones que desconoce la responsabilidad que implica gestionar lo público.

Porque cuando el criterio técnico se sustituye por el político, y el interés colectivo se reemplaza por el personal, el Estado queda expuesto a errores, demandas y pérdidas que terminaremos, como en los casos citados, pagando todos.

No se trata solo de fallas individuales, sino de un sistema que tolera, y a veces premia, la improvisación y la falta de idoneidad.

Panamá no puede seguir asumiendo las consecuencias de malas decisiones de algunos incapaces. Necesitamos no solo mayor eficiencia en el uso de los recursos públicos, sino un compromiso real con la ética, los valores y la patria.

Solo así podremos avanzar hacia el país que aspiramos construir.