Cuando Panamá tiembla, la solidaridad nos levanta

  • 16/10/2026 00:00

El viernes 9 de octubre, a las 12:56 del mediodía, Panamá quedó en silencio por unos segundos. Un fuerte movimiento sísmico, con epicentro en la península de Azuero, en el suroeste de nuestro país, nos recordó lo vulnerables que podemos ser ante la fuerza de la naturaleza. El Instituto de Geociencias de la Universidad de Panamá, situó su magnitud en 7.5, mientras que el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), la estimó en 7.7.

Lo que vivimos ese día generó distintas reacciones. En la ciudad capital pudimos observar cómo edificios, instituciones, empresas y espacios de trabajo activaron sus protocolos de evacuación. En medio de la sorpresa y la incertidumbre, quedó demostrado que existe una cultura de prevención y que la preparación puede marcar una diferencia importante cuando enfrentamos situaciones de esta naturaleza.

Sin embargo, las consecuencias de este terremoto fueron mucho más allá del susto que vivimos en distintos puntos del país. En las comunidades cercanas al epicentro, familias vieron sus viviendas afectadas, otras enfrentaron la pérdida de sus hogares y de esa tranquilidad que tanto cuesta construir.

Pero, en medio de la preocupación y las dificultades, ocurrió algo que merece ser reconocido y que me llena de profundo orgullo, despertó nuevamente el espíritu solidario del pueblo panameño.

Desde los primeros momentos vimos a compatriotas organizarse, coordinar ayudas, habilitar centros de acopio y trasladarse hasta las comunidades afectadas para tender una mano a quienes más lo necesitaban. Vimos a nuestro personal de salud trabajar durante largas jornadas, poniendo sus conocimientos, su tiempo y su esfuerzo al servicio de los demás.

En distintos puntos del país se habilitaron centros de acopio. Muchas personas pasaron horas en filas para entregar sus donaciones. Lo hicieron con una convicción que vale la pena destacar, no importaba cuánto podían aportar, sino la posibilidad de contribuir. Porque a veces una bolsa de alimentos, una botella de agua, una prenda de vestir o una pequeña colaboración representan muchísimo para una familia que lo ha perdido todo.

La solidaridad panameña, esa que hemos visto manifestarse en distintos momentos de nuestra historia, volvió a hacerse presente. Es precisamente esa capacidad de acompañarnos, de organizarnos y de tendernos la mano lo que nos recuerda el valor de nuestra identidad y el orgullo de ser panameños. Pero esta solidaridad no puede detenerse ahora. La emergencia no termina cuando dejamos de sentir las réplicas, que hoy todavía están sucediendo o cuando las noticias dejan de ocupar los titulares. Para muchas familias de la región de Azuero y de las demás comunidades afectadas en otras provincias, comienza ahora un proceso de recuperación que requiere acompañamiento, recursos y, sobre todo, la mano solidaria de todos.

Hay niños, jóvenes, hombres, mujeres y adultos mayores que necesitan nuestro apoyo para recuperar sus hogares, sus espacios y la normalidad de sus vidas. No podemos olvidarlos ni permitir que la distancia geográfica nos haga indiferentes ante sus necesidades. Por eso, mi llamado es a seguir donando, colaborando y apoyando dentro de las posibilidades de cada uno. Toda ayuda cuenta. Cada aporte suma. Cada gesto de solidaridad puede hacer una diferencia en la vida de una familia panameña.

Que este terremoto no solo sea recordado por su magnitud, sino también por la enorme capacidad de nuestro pueblo para levantarse y ayudar a levantarse a los demás. Sigamos adelante, Panamá. Hoy el interior nos necesita. Que Dios siga bendiciendo nuestra tierra y a cada una de las familias que habitan en este país.