Cultura en el barrio: la política pública que Panamá no está usando

  • 27/03/2026 00:00

En Bambú Lane, uno de los sectores más violentos de Colón, una comparsa logra lo que el Estado no: crear un espacio seguro. Allí, José Luis Morales —Bakan— lleva más de 30 años usando la música para sostener a su comunidad.

Cada domingo por la noche se reúnen para ensayar y celebrar con la comparsa Los Soneros de Bambú. Es el único momento en que las familias están seguras en una zona caliente: los organizadores coordinaron un código interno de convivencia, un mecanismo de autorregulación voluntario que aleja las armas y la violencia durante los encuentros entre la comunidad. Pero no alcanza. Falta un actor fundamental para vincular los esfuerzos de los barrios: el Estado.

No es suficiente la autogestión: se requiere una estructura formal que potencie iniciativas culturales como las que habitan en Colón.

Hay más proyectos como Los Soneros de Bambú que transforman el talento en posibilidades, mejorando la calidad de vida y la convivencia entre vecinos. Con el programa Enlaces, la Fundación Espacio Creativo ha impactado a más de 4,000 jóvenes desde 2010, mientras el 'Parking en el MAC' —del Museo de Arte Contemporáneo—logró democratizar el acceso al arte en sectores con altos índices delictivos como Santa Ana. Son organizaciones que entienden que el barrio conecta con nuestras raíces.

Estas propuestas intentan construir un espacio de oportunidades para el bienestar general. Porque si el barrio no es un entorno para la felicidad de sus habitantes, la ciudad es una falla. Pero lo hacen solos: el gobierno panameño es un espectador ausente. Aunque pueda aportar fondos, no solo se trata de eso: se necesita al Estado como agente articulador del impacto comunitario.

El reto actual es la participación del sector público como gestor y mayor patrocinador de programas culturales como Enlaces, el Parking en el MAC y Los Soneros en Colón. La experiencia internacional evidencia que cuando el Estado apuesta por la cultura, la economía crece y la ciudad se transforma, haciéndola más habitable. Un ejemplo es Bilbao.

Tras la crisis industrial de los años 80, que dejó desempleo masivo y degradación urbana, la ciudad española de Bilbao ejecutó una estrategia sostenida de reconversión económica y territorial. La receta es conocida: saneó la ría en los años 80 y, en 1992, creó Bilbao Ría 2000 para comprar, sanear y reutilizar suelos industriales abandonados y convertirlos en espacios urbanos y culturales. Luego articuló infraestructura, ordenamiento territorial y cultura como eje de desarrollo. En 1997 inauguró el Museo Guggenheim, que activó el turismo y el ecosistema creativo.

Este proceso no fue inmediato ni aislado: fue una política pública sostenida por décadas con resultados extraordinarios: más de 2,500 empresas y más de 8,000 empleos en 2023 vinculados a industrias culturales y creativas.

Medellín ofrece un caso de éxito más cercano. La Comuna 13 fue durante los años 90 uno de los territorios más violentos de la ciudad, disputado por milicias guerrilleras, grupos paramilitares y estructuras ligadas al narcotráfico. A partir de la década siguiente, la alcaldía impulsó una estrategia sostenida de transformación urbana y cultural: construyó infraestructura pública —como las escaleras eléctricas inauguradas en 2011—, promovió el arte urbano y fortaleció procesos comunitarios. Hoy el “Graffitour” genera ingresos para la comunidad: más de mil familias dependen del turismo local, entre guías, artistas y comercios. La transformación no fue espontánea: combinó inversión pública, cultura y presencia institucional sostenida.

La aplicación de modelos que usan la cultura como un medio es replicable en nuestro país. Liderar convenios, gestionar recursos y sostener alianzas junto al sector privado tiene el potencial de reducir la criminalidad, traer empleo y mejoras en infraestructura.

De lo contrario, el Estado solo administra la crisis, muchas veces con la militarización como recurso, renunciando al diálogo y a su rol de gestor comunitario. La propuesta de modificar la Ley 40 de 1999 para aplicar penas más severas a los jóvenes es un ejemplo. Este tipo de medidas son como poner una curita a una herida de muerte: endurecer penas sin política cultural es una respuesta reactiva que no atiende las causas. Hoy el Estado aparece en los barrios para reprimir.

El 16 de febrero, Bakan y su familia fueron agredidos por la policía durante una comparsa, uno de los pocos momentos donde los vecinos mantienen la seguridad y la convivencia. Ante el hostilidad institucional, surge la necesidad de recordar lo esencial, en palabras del artista Jonathan Harker: “Los pájaros tienen alas, los leones tienen colmillos y los humanos tenemos la cultura”.

No desarrollar el talento en los barrios no es solo una omisión cultural: es una decisión política que limita oportunidades y perpetúa la desigualdad.

* La autora es internacionalista, activista, escritora y participante del Programa de Escritura ‘Pensar Panamá / Narrar la Democracia’, de Concolón y la Embajada del Reino Unido en Panamá.