De la representación al liderazgo

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  • 09/03/2026 01:15

Las cifras y publicaciones que surgen cada año en marco a la participación de las mujeres en los espacios públicos de poder siguen demostrando una realidad que conocemos, la poca presencia de la mujer en la política, y si bien, este tema de cuotas continúa siendo necesario cuestionarlo, quizás deberíamos incluir un nuevo enfoque a este ejercicio y preguntarnos ¿qué sucede cuando las mujeres finalmente llegan a los espacios de poder?

Las democracias en escala mundial están en crisis perdiendo legitimidad y representación. Cuando esto sucede, los derechos de las mujeres se retroceden el doble. Por esto, es tan importante reconocer que ya no es solamente cuántas somos dentro del cuerpo político, sino en qué estamos enfocando el ejercicio del poder una vez ya hemos ingresado a sus entrañas. No me malinterpreten, no se trata de definir la manera en que deben las mujeres gobernar dentro del sistema, pero sí reconocer que estamos requiriendo de mayor fuerza para seguir abriendo puertas, pero esta vez desde los espacios alcanzados.

Tanto mujeres como hombres somos diversos en ideas, pensamientos, y visiones políticas, pero es posible observar ciertos cambios en las prioridades y las formas de construir consensos cuando la toma de decisiones se vuelve más inclusiva. Esta ampliación de la agenda pública gracias a la presencia de las mujeres ha permitido que se de mayor atención a asuntos pendientes que no recibían apoyo como el trabajo no remunerado, una realidad que ha empezado a ocupar lugar de debate en los parlamentos de la región. El trabajo de sostener hogares y personas, solía ser considerado como una responsabilidad invisible dentro de las sociedades. Hoy, cada vez más gobiernos reconocen que la economía del cuidado es también una cuestión de política pública y de desarrollo sostenible fundamental.

América Latina ofrece además un contexto interesante para esta reflexión. La región latinoamericana se ha convertido en una de las que registra mayor presencia en los parlamentos del mundo, con cerca del 36 % de los escaños ocupados por mujeres para 2025. Frente a esta realidad, el debate sobre exigir un mecanismo de cuotas o representación numérica debe evolucionar y pasar ampliar el concepto de democracia paritaria, cada vez más promovido entre los distintos gobiernos de los países y organismos internacionales, mediante el cual se busca transformar el modelo democrático a uno más inclusivo.

Este principio, nace en la Declaración de Atenas de 1992, y hoy es respaldado por compromisos internacionales, partiendo de una premisa básica, si la democracia es representativa y las mujeres constituyen aproximadamente la mitad de la población, su ausencia revela una desigualdad en el ejercicio del poder. Tal vez ese sea uno de los cambios más significativos, no se trata de sustituir un modelo por otro, sino de enriquecer la forma en que se toman decisiones colectivas.

Para las generaciones más jóvenes de mujeres, esta transformación tiene además un significado profundamente personal. No es el mismo mundo que hace cuarenta años y quizás, la verdadera pregunta ya no sea solo cómo abrir más puertas, sino qué tipo de liderazgo queremos ejercer que nos permitan mantener esas puertas abiertas.

Como mujer, madre y diplomática, el desafío no es simplemente ocupar espacios públicos de poder, sino ejercerlos con propósito. Porque cada mujer que logra llegar no solo amplía las oportunidades para quienes vienen detrás sino también contribuye ampliar la manera en que entendemos el liderazgo en nuestras sociedades.

Y tal vez ese sea, en el fondo, uno de los cambios más prometedores de nuestro tiempo.

* La autora es diplomática panameña