¿De verdad?
- 31/05/2026 00:00
Hace algunos años se hizo famosa una columna que salía en uno de los tabloides de alta circulación en el país, un espacio que se denominaba “Barrios de trifulca”, donde se publicaban chismes, comentarios y noticias en un lenguaje popular que, en su momento, podríamos decir que marcó el inicio de un estilo de hacer periodismo “ilustrado” de forma muy pintoresca.
Confieso desconocer si aún se publica, pero la verdad es que en su momento era bastante divertida y podría decirse que, junto con “La Llorona” de este diario, diseñaron una forma “profesionalizada” de poner por escrito el muy famoso “es que a mí me dijeron”, típico del panameño.
Esta semana se produjeron unas escenas en el ámbito supuestamente educativo que más bien se sintieron en lo político y que cabrían perfectamente en la sección de estilo de barrios al que hice referencia arriba. Y no utilizo el término político con el ánimo de descalificar, sino todo lo contrario. Pero es que, cuando a educadores se les olvida su principal misión, que es la de educar a la cantidad de jóvenes que buscan a través de las ciencias y letras buscar un futuro mejor o, por lo menos, más cómodo, hay una ruptura del sistema y se encienden todas las alarmas.
Hay centros educativos que han caído en la trampa de políticos inescrupulosos que, con las ganas de impresionar ¿quién sabe a quién?, han manipulado a varios administrativos de instituciones educativas para que se les otorguen títulos universitarios que difícilmente podrían justificar si se les pusiera un examen de admisión para aspirar a esa carrera de la que hoy aducen ejercer.
Lo más triste de esta situación, que acaparó los principales medios de comunicación serios, es que pareciera que a nadie le preocupa el corazón del asunto, que es el estudiantado, que se tiene que enfrentar sin armas a una administración que prefiere los altos salarios de sus allegados a una mejor educación para quienes deberían ser el eslabón más importante de un sistema educativo.
El mismo que ve sacrificados laboratorios, calidad educativa y calidad de vida estudiantil para satisfacer planillas evidentemente abultadas, que se han visto beneficiadas por, adivinen... leyes hechas a la medida de estos dirigentes por quienes han recibido títulos sin fundamento o, peor aún, han solicitado y han sido complacidos con una cantidad específica de nombramientos en la misma universidad que aparentemente les regaló el título.
Quienes administran —pues no estoy seguro si la dirigen o no y, si así fuera, hacia dónde la están dirigiendo— siguen aduciendo el mismo término que utilizan los grupos delincuenciales que atentan contra la estabilidad de la principal casa de estudios del país: la mentada “autonomía universitaria” que, desde mi balcón, ha sido mal interpretada y utilizada por quienes solo quieren blindarse detrás de una norma que no se implementa como debe ser.
Esta autonomía universitaria, según mi pobre entender, no debe ser implementada para permitir delitos, agresiones, violaciones al propio estatuto universitario, sinvergüenzuras financieras y mucho menos para aducir que son un país aparte. La autonomía universitaria se debe implementar para que nadie les diga a las autoridades universitarias cuáles y cómo deben establecerse las carreras, su contenido educativo, selección de docentes y cómo administrar el centro de educación superior respectivo.
Esto siempre bajo la mirada vigilante de la Contraloría General de la República y todos los entes gubernamentales que deben vigilar para que haya una excelente calidad educativa con los recursos aportados por todos los panameños.
Este es el momento en el que el gobierno central debe tomar cartas en un asunto que, más que aportar a la paz y estabilidad no solo de esa casa de estudios superiores sino del país entero, y así promover que esta se enfoque en lo que debe ser: calidad de enseñanza, calidad de contenido y la calidad en los valores que se le enseñan a estos jóvenes que en muy pocos años llevarán las riendas del país y que demandan conocimiento y un camino decente, adornado con las flores de los valores cívicos y morales que nos deben regir a todos.
Trifulcas, ¿de verdad? No sigamos en discusiones necias e innecesarias que nos quieren imponer.