Decodificando valores: el cortejo analógico

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  • 10/03/2026 10:08

En febrero, mes del amor, la amistad y los chocolates caros, me pregunto: ¿por qué nos atrae una persona y no otra? Además, ¿cómo están cambiando las reglas del cortejo?

El romanticismo (el cortejo romántico, no la expresión artística), es una importante parte de una vida plena y feliz. Pero más allá de las cenas con velas y flores, existen dos factores que debemos entender están afectando cómo hoy nos relacionamos en pareja.

El primer factor del que Darwin no se avergonzaría es la evolución humana. Durante cientos de miles de años coexistieron varias especies “homo”, sobreviviendo solo nosotros, el homo sapiens. No fue por nuestra habilidad para escribir poemas, sino por nuestra capacidad cognitiva, adaptabilidad, creatividad y resistencia física. Cada nueva generación filtró a los más débiles, a los menos ingeniosos o resilientes. El resultado es que cada uno de nosotros es la versión millón punto cero de una larguísima cadena de sobrevivientes quienes nos han cargado con los instintos necesarios para sobrevivir y reproducirnos: miedo a una serpiente, gusto por el azúcar... y cierto radar romántico, primitivo pero eficaz.

En el antiguo mercado de parejas, la biología impuso al hombre como el proveedor y a la mujer como la criadora. Por eso las mujeres son mucho más selectivas pues los hombres biológicamente “invierten” menos, viendo ellas como un problema si el tipo no paga toda la cuenta o demuestra una gran lealtad y admiración, aun cuando ella sea obviamente más hermosa, gane más o tenga más pretendientes. Cien años de látex no cambian miles de cautela. O sea, todavía ellas evalúan su currículum mientras a ellos les satisface un pulso.

Pero estas pautas están siendo retadas por las modernas tecnologías y la sociedad. Recientes estudios sobre atracción exponen estos persistentes patrones: las mujeres valoran señales de protección y estabilidad; los hombres priorizan la salud y la fertilidad. No es muy poético, pero explica el creciente nivel de soltería. La mujer moderna no se “compromete” por un varón modelo menor a su relativamente nuevo estatus social, económico e independiente. En esta selección no muy natural, las mujeres elevan sus estándares a niveles casi imposibles, “filtrando” más a sus pretendientes, dejándolos solteros a ambos.

Para resolver esto, las mujeres deben de regresas a sus estándares primitivos: ¿es amble y con trabajo? Tratemos. Los hombres, por su lado, deben de elevar su capacidad de cortejo, lo que nos lleva al segundo factor que está cambiando las reglas del juego: la presencia. Durante milenios, encontrar pareja requería algo revolucionario para la juventud post pandemia: verse en persona. En una fiesta, en la plaza, en la oficina. Inconscientemente lo observamos todo: postura, risa, olor, forma de caminar, bailar, cómo interactúa con los demás. En segundos nuestro cerebro procesa estas micro señales antes de atrevernos a actuar ante esa primera atracción: un algoritmo prehistórico, pero efectivo.

Hoy, en cambio, ese cortejo se ha digitalizado convirtiendo esa interacción en algo menos humano que una entrevista de trabajo: se chatea, se manda un emoji o una foto filtrada, y quizás se habla cara a cara. Debemos sobrellevarnos a ese perfil técnico, pues nadie todavía ha codificado la química de una mirada o la atracción de una carcajada. Y aún peor, en el caso de encontrarse en una cita, la pareja viene acompañada de su celular, convirtiendo su “date” en un cita doble.

Debemos alentar más la conversación honesta en vivo. Si, el rechazo digital duele menos. En persona no hay botón de “bloquear”; hay que tolerar el silencio incómodo y seguir intentándolo. Y, sin embargo, esa experiencia es necesaria para elevar nuestras “acciones” en el mercado en pareja: analizamos que no funcionó para volverlo a intentar, esta vez sin que nos tiemble la voz o hagamos un chiste de mal gusto. Al no hacerlo, evitamos mejorarnos.

Me preocupa un futuro cuando el romance dependa más de la foto de perfil que del tono de la piel o la voz, valorando más a un algoritmo que a nuestra propia intuición. Formar pareja y familia no es obligatorio, por supuesto, pero renunciar por completo al encuentro humano directo sería perder una parte profunda de lo que somos.

Al final, la atracción romántica es una intuición biológica y no digital. Espero usted también haya sentido este extraño fenómeno: llega a un lugar lleno de gente y nota a esa persona quien, como la estrella del norte, brilla un poco más. Quizás no sea la más perfecta, pero sí la que más nos “encaja”. Llámelo química, instinto o magia genética; algo ahí hace clic. Claro, esa misma biología tiene su lado oscuro. Las cualidades que resultan atractivas: agresión, seguridad y ambición, alimentan gigantes egos. La historia está llena de conquistadores de corazones... y de medio continente. Por ejemplo, el mongol Gengis Kan “conquistó” a tantas mujeres hace unos 800 años que hoy millones comparten su ADN. La evolución no siempre distingue entre virtud y caos por lo que todavía debemos de usar a nuestra cabeza y no solo depender de ese intenso latido en nuestro corazón.

Pregúntese estimado lector: ¿cuáles son esas cualidades especiales que lo distinguen, sus “acciones” en la bolsa de valores romántica? Después de entenderlas, podrá elevar sus acciones en el crudo mercado romántico sintiéndose no solo más atractivo, sino entendiendo que tipo de pareja le encaja mejor. Use a la tecnología, pero no se esconda en ella. Aproveche a sus cinco sentidos: salga, mire, escuche y sienta. Hable con desconocidos, prepárese a ser rechazado, está bien. Deje que el viejo algoritmo biológico haga su trabajo. Después de todo, su inteligencia natural lo ha convertido en la mejor versión de esta especie. No la deje extinguirse.