Del casco rosado a la sucesión del Canal
- 28/09/2026 00:00
El 7 de septiembre de 2026, cuarenta y nueve años después de los Tratados Torrijos-Carter, Ilya Espino de Marotta se convirtió en la primera administradora del Canal de Panamá. Su ascenso es histórico, pero no simbólico: corona 41 años de experiencia institucional, desde la ingeniería y la planificación hasta la operación diaria y la alta dirección.
Su legitimidad proviene de haber hecho el trabajo difícil. Estudió la viabilidad de la ampliación, dirigió su construcción y luego supervisó operaciones durante la pandemia, las disrupciones logísticas y la crisis hídrica. Su frase de toma de posesión resume el punto: “No llegué aquí por ser mujer. Llegué aquí porque en 41 años trabajé y me preparé para esta responsabilidad”.
En 2002 se incorporó al equipo que evaluó el proyecto, aprobado por referéndum en 2006; años después lideró una obra de aproximadamente $5,250 millones, con contratistas internacionales y unos 800 ingenieros, según datos de la propia Autoridad del Canal de Panamá (ACP), de los cuales el 14% eran mujeres. Una proporción que anticipaba el reto de representación que persiste hoy. El desafío técnico era construir dos nuevos complejos de esclusas y un tercer carril sin detener una arteria crítica del comercio mundial.
El casco rosado que usó entonces se volvió un símbolo, pero no debe distraer de la lección de política pública sobre cómo las instituciones ganan resiliencia cuando el liderazgo se construye con mérito técnico, experiencia operativa y capacidad de ejecutar proyectos complejos bajo presión.
La ampliación, inaugurada en junio de 2016, permitió el tránsito de buques Neopanamax, aproximadamente duplicó la capacidad de carga y reconfiguró decisiones de inversión de navieras y puertos.
Hoy, más allá de mover más carga, la agenda también se enfoca en asegurar agua, blindar operaciones, modernizar infraestructura y reducir emisiones sin perder competitividad. Con su experiencia en las áreas de Operaciones, la subadministración y luego sostenibilidad, Espino de Marotta ha estado cerca de esas cuatro prioridades.
La Visión Estratégica 2025-2035 apunta en esa dirección: lago de río Indio, nuevas terminales portuarias, corredor energético y corredor logístico. Río Indio, con un costo estimado de unos $1,500 millones y un plazo de cinco a seis años, busca garantizar agua para el Canal y para más de la mitad de la población del país.
La competencia regional tampoco espera. Cartagena, que movilizó más de cuatro millones de TEU en 2025, demuestra que la geografía es una ventaja, no una garantía. Las nuevas terminales panameñas añadirían una capacidad de entre cinco y seis millones de TEU anuales, pero solo capturarán valor si vienen acompañadas de reglas claras, productividad, integración digital, conexiones terrestres eficientes y una estrategia comercial agresiva.
Para Estados Unidos, el Canal ha vuelto a ser un punto de interés estratégico, algo evidente en los debates recientes del Congreso estadounidense y en la agenda de cooperación con Panamá. La colaboración útil, sin embargo, se mide en proyectos concretos enfocados en seguridad hídrica, protección cibernética y operativa, respuesta a crisis, formación técnica e infraestructura confiable. Apoyar al Canal significa fortalecer su autonomía, no politizarla.
El nombramiento también obliga a pensar en la próxima generación de líderes. La Encuesta OMI-WISTA 2024 estimó que las mujeres eran menos del 19% de la fuerza laboral marítima incluida en su muestra global. Esa cifra, sin embargo, esconde una brecha aún mayor entre el personal de mando medio y las tripulaciones operativas, donde la participación femenina es considerablemente menor. En Panamá, solo el 13.5% de la fuerza laboral de terminales portuarias concesionadas eran mujeres.
Más de 1,100 mujeres trabajan hoy en el Canal, cerca del 12% de su fuerza laboral, según cifras oficiales recientes de la ACP. El reto de política no es celebrarlas una vez al año, sino colocarlas en las funciones que producen poder institucional como obras, turnos operativos, presupuestos, contratos, tecnología, equipos técnicos y decisiones de inversión. La mentoría aconseja; el patrocinio profesional cambia trayectorias.
Con cerca de tres mil trabajadores que podrán jubilarse en la próxima década, según proyecciones recientes de la ACP, el Canal necesita una estrategia deliberada de sucesión. Si Panamá quiere que el liderazgo femenino deje de ser excepcional, debe abrir antes las oportunidades que preparan para dirigir después.
Espino de Marotta asume esta responsabilidad con una combinación poco común de legitimidad técnica, memoria institucional y experiencia ejecutando bajo presión. Esa es la credencial que importa para la nueva etapa del Canal. Que haya sido la primera será parte de su legado. Que una trayectoria como la suya deje de ser excepcional dependerá de si Panamá convierte este hito en una política de talento, infraestructura y competitividad de largo plazo.