Del relato al algoritmo

Imagen generada con la Inteligencia Artificial
  • 21/02/2026 00:00

Somos lo que nos contamos que somos. A veces un origen, una experiencia, una vicisitud. Otras un destino, un recorrido, un devenir. Todo eso que somos lo estructuramos de manera más o menos ordenada, y no sin contradicciones, a través de relatos, que dicen mucho del mundo en que vivimos. Surgen entre nosotros y gracias a ellos nos comunicamos sin verdaderamente conocernos o entendernos. Por medio de ellos andamos en un mundo desconocido y opaco, cuando no hostil. En la ciencia solo algunos saben algunas cosas; comparativamente, los relatos impactan las vidas de todos. Los habitamos, los actuamos. La ambigüedad, el error, o el prejuicio, se integran en ellos sin que la conciencia moral se sonroje.

El hecho de que los relatos tengan un origen mítico y religioso no debe ser causa de confusión. El Iluminismo buscó desplazar los mitos con la ciencia, pero solo logró que ésta se tornara en un nuevo mito. Esa es la tesis de aquella obra fundacional de la teoría crítica que Adorno y Horkheimer publicaron en 1944 en edición mimeografiada de unos pocos ejemplares con el título Fragmentos filosóficos. Es la misma obra que luego, en 1947, una editorial neerlandesa publicaría como Dialéctica de la Ilustración, convirtiéndose en elemento imprescindible del canon sociológico del siglo XX. El pretendido progreso, según los profesores frankfurtianos, no sería más que una exitosa campaña publicitaria. Así como la tradición oral nos dio los primeros relatos, míticos y religiosos, la letra escrita primero, impresa después, generó unos nuevos, humanistas y racionalistas. La filosofía moderna, no menos que las ciencias, contribuyó de manera decisiva a los relatos del mundo moderno.

No obstante, las ciencias continuaron su trabajo sin dejarse despistar por los relatos. Mediante la investigación y el ejercicio metódico de una mente racional, los modernos acuñaron nuevos conocimientos y, sin proponérselo, contribuyeron a una imagen del ser humano que pronto generaría nuevos relatos. La facticidad que defendían las ciencias se divorció de manera radical de conceptos que se anidaron en los saberes sociales. La verdad como consenso expresado en instituciones, o como valor normativo superior, pronto dominó el pensamiento acerca de la sociedad en el siglo XX.

De ese divorcio nacieron los grandes relatos de la era moderna. Le llamamos “progreso” pero los cambios nunca fueron unívocos. Para muestra un botón: la lucha por el Estado soberano, que no se comprende sin la promesa de igualdad y mayor bienestar para las grandes mayorías, ha atravesado con frecuencia periodos de horribles dictaduras y aumento de lacerantes inequidades sociales. Incumplida la promesa, nace el relato de la gradualidad, en el que se insertó oportunamente la revolución tecnológica. Se postuló que ésta proveería los instrumentos de la transformación soñada. Pero la tecnología no funciona con relatos. “Dato mata relato”, aprendieron a decir rápidamente los estudiosos de la matemática social. Así, se erigió la esperanza en un mundo gobernado por la información, que pondría en jaque las estructuras inequitativas y el autoritarismo.

Pero, en una inesperada vuelta de tuerca, la información misma terminó por transformarse en un negocio, y en ese momento, como solía decir Ryszard Kapuscinski, la verdad dejó de ser importante. El mundo gobernado por la información ya no se parece al que imaginaron los modernos, pues son los algoritmos los que seleccionan, ordenan, y utilizan la información de la forma más alejada posible al consenso social. Para el poder tecno-corporativo, los criterios morales son tan decisivos como los retratos de los próceres en las salas de justicia. El Estado tiene la misma capacidad de regular los algoritmos que la música del elevador de corregir el destino de la próxima parada.

Mientras los gobiernos debaten largamente sobre los “principios” que debe obedecer la IA, las máquinas trabajan cada vez a mayor velocidad, procesan volúmenes inusitados de información a partir de bases de datos de dimensiones inimaginables, y utilizan redes neuronales incrementalmente más complejas, sin que el cansancio, las emociones, o los escrúpulos perturben o interrumpan su labor.

La fabricación de relatos -esto debe quedar claro- es un ejercicio permanente. Pero no son ya el resultado de la tradición oral, ni la interpretación renovada de los clásicos. Los nuevos relatos se generan a través de redes sociales y medios digitales impulsados por agentes humanos. No importa que estos compartan la ilusión de tener voluntad y propósitos superiores. Al final son los algoritmos los que determinan el curso de las interacciones.

Es cierto que los seres humanos se sirven información cada vez más inteligente, de manera muy eficiente y eficaz para producir bienes y servicios. Esto ocurre en medio de un simulacro poderoso de conocimientos que derrota ya la capacidad de distinguir entre lo humano y lo que no lo es. En un gesto amable, en el siglo XXI llamamos a estos relatos carentes de dimensión factual “posverdad”. Por regla general, les subyace un ejercicio abierto o solapado del poder, pues no se puede negar que la posverdad impulse cambios en el mundo, aunque la palabra cambios suene aquí demasiado neutral, o incluso muy positiva, para capturar lo que verdaderamente nos ocurre. Mientras la posverdad puebla los relatos de todas las facciones en conflicto (sí, todas), deberíamos tomar en serio la advertencia que en 2005 lanzó Jürgen Habermas: “una democracia de la posverdad ya no sería una democracia”.

Quizás estemos condenados a creer que los déficits democráticos actuales son una figurita repetida de evento ya conocidos. Así, serían remediables mediante acciones también conocidas. Quizás deberíamos contemplar la posibilidad de que nuestro cerebro nos está haciendo creer que conocemos lo que en realidad ignoramos trágicamente. Me viene a la mente una frase famosa atribuida a Carlos Monsiváis: “O ya no entiendo lo que está pasando, o ya pasó lo que estaba yo entendiendo”.

* El autor es filósofo político