Del riesgo climático al financiero: cómo proteger una inversión desde su diseño
- 24/10/2026 00:00
Un proyecto de inversión pública o privada puede sufrir pérdidas y daños antes de terminar de pagar el préstamo que permitió construirlo. Una inundación puede interrumpir sus operaciones; una sequía, limitar el agua que necesita. Reparar cuesta dinero y dejar de operar puede reducir los ingresos disponibles para cumplir sus obligaciones y enfrentar un sobreendeudamiento o impago. Así, el riesgo climático se convierte en riesgo financiero.
América Latina conoce estas consecuencias. La OMM indicó que en el 2024 las precipitaciones en la Amazonía y el Pantanal (Brasil) fueron entre el 30 % al 40 % por debajo de lo normal; y las inundaciones en Rio Grande do Sul ocasionaron pérdidas en la agricultura de aproximadamente 8,500 millones de reales.
Un ejemplo de eventos recurrentes es el gráfico de la NOAA sobre El Niño (al mes de septiembre, su punto máximo de temperatura será en diciembre 2026) y La Niña, muestra la sucesión de fases cálidas, frías y neutrales del Pacífico tropical. Este registro aporta contexto para evaluar proyectos que funcionarán durante décadas, aunque no permite calcular por sí solo el riesgo de una obra específica.
Para entender ese riesgo conviene distinguir cuatro conceptos, siguiendo el enfoque del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). La amenaza climática es el fenómeno que puede causar daño, considerando su intensidad y probabilidad que puede ser aguda (lluvias intensas, inundaciones, deslizamientos, tormentas, marejadas, sequías e incendios forestales) y las crónicas (aumento de temperatura y cambios en patrones de precipitación, estrés hídrico, intrusión salina y elevación del nivel del mar).
La exposición identifica qué personas, instalaciones o servicios están donde puede ocurrir. La vulnerabilidad expresa qué tan susceptibles son a sufrir daños. El riesgo reúne esos elementos para evaluar la posibilidad de pérdidas y su magnitud.
Este análisis debe comenzar al estructurar la inversión pública o privada, cuando todavía pueden ajustarse la ubicación, el diseño y el presupuesto. Construir resiliencia significa preparar el proyecto para resistir impactos, mantener sus funciones y recuperarse. Requiere cuantificar las pérdidas y los daños potenciales, calcular las inversiones necesarias para reducirlos y, si ocurren, medirlos para orientar las reparaciones.
Las medidas de adaptación deben cubrir tanto la ejecución como la operación. Pueden prolongar la vida útil y reducir los costos de mantenimiento asociados al deterioro climático. Durante la ejecución corresponde monitorear, verificar y reportar su cumplimiento, para corregir desviaciones a tiempo.
Los bancos deben comprobar que las solicitudes de financiamiento incorporen la evaluación de vulnerabilidad y la gestión del riesgo climático. Si faltan, deben solicitarlas. Esto ayuda a proteger la capacidad de pago del proyecto y a reducir posibles pérdidas del banco; aunque no elimina todo riesgo financiero.
El marco legal analizado demuestra un progreso claro en la región. Costa Rica, Panamá, Chile, Colombia, República Dominicana, Uruguay y Perú, ya exigen evaluar la vulnerabilidad y el riesgo climático en sus estudios de impacto ambiental. En paralelo, el diseño de taxonomías para finanzas sostenibles avanza a un ritmo seguro y acelerado. Estas herramientas ya operan en países como Colombia (2022), México (2023), Panamá, Costa Rica y República Dominicana (2024). Asimismo, naciones como Brasil, Chile, El Salvador, Paraguay, Perú y Ecuador avanzan en su preparación. Su implementación es clave para identificar con precisión las inversiones sostenibles.
En Panamá, que no tiene banco central, la taxonomía está dirigida al sistema bancario, inversionistas, aseguradoras y cooperativas. El Ministerio de Economía y Finanzas presentó en 2024 el Marco de Financiamiento Sostenible, alineado con ella, para emitir bonos temáticos y contratar préstamos verdes, sociales o sostenibles.
Evaluar el riesgo climático de cada proyecto permite conectar esos instrumentos con decisiones concretas de inversión desde su diseño, que debe incluir construcción, operación y mantenimiento, y en cada una de estas etapas monitoreo, verificación y reporte, para gestionar el riego financiero.