Del sufrimiento de los chorreranos

Archivo | La Estrella de Panamá
  • 17/09/2026 00:00

Llegué a vivir a La Chorrera hace diez años porque era lo que podía pagar. No fue un plan pensado. Era para lo que me alcanzaba. Aquí eché raíces, traje a mi familia, hice mis primeros vecinos, y aquí crece mi hija. Así que con el tiempo le agarré cariño, aun cuando el tranque me obligara a salir de casa a las 5 de la mañana y volver de noche.

La Chorrera cumplió 171 años y, como una orgullosa chorrerana por adopción, creo que es la oportunidad para preguntarnos qué nos deja nuestra pequeña ciudad. Somos más de 258 mil vecinos, con una enorme mayoría que vive la misma penitencia diaria y en bucle: madrugar, volver de noche, prepararse para el siguiente día. Y así. En infinito. Es un sacrificio diario e interminable.

Hay un concepto que se llama “derecho a la ciudad”, que en pocas palabras significa esto: no basta con tener un techo, uno también tiene derecho a disfrutar el lugar donde vive, a caminarlo, a usarlo. Por eso creo que los chorreranos nos merecemos más: necesitamos nuestros propios espacios públicos, y no tener que salir del distrito el único día libre que tenemos solo porque aquí no hay un parque decente y gratis cerca de la casa.

La Chorrera crece, sí. Pero su crecimiento es de un solo tipo: más barriadas, más centros comerciales, pero sin espacios para los chorreranos. Fue un crecimiento que siguió el negocio, pero olvidó lo que necesitamos como comunidad.

De los espacios públicos ni siquiera hay un conteo claro, y muchos de los que existen son insuficientes: conviven con plantas de tratamiento de aguas residuales y la maleza a más no poder. Nuestros niños crecen y nuestros abuelos envejecen sin un lugar digno y seguro dónde socializar.

De tanta falta, la gente terminó improvisando. Los niños corren en las calles, y las aceras de Costa Verde se han convertido en nuestro espacio público de ejercicio: uno ve a los vecinos caminar y trotar ahí porque no tienen otro lugar cerca. Eso no debería ser normal.

Entonces, es hora de revertir este olvido.

Hay que aprovechar el compás que abre el Plan de Ordenamiento Territorial de La Chorrera y discutir qué ciudad queremos. Es que un plan de ordenamiento no es solo papeleo. Es, en el fondo, decidir qué se cuida y qué se prioriza antes de que el negocio privado ocupe cada terreno disponible. El plan tiene 95% de avance, pero como demoró décadas, el distrito creció sin reglas claras.

Ahora hay que ordenar. Empezar por pensar un espacio público suficientemente grande, diverso, cercano, que nos convoque a todos los chorreranos. Como un Parque Omar, pero nuestro. Que tantos años de calvario urbano nos dejen algo.

Y que haya una política clara sobre todos los espacios públicos: un inventario de lo que tenemos y un plan sobre lo que nos falta en cada corregimiento. Desde Mendoza hasta Playa Leona. Desde El Limón hasta el último canto del río Perequeté.

A sus 171 años, La Chorrera tiene una historia bonita que celebrar. El problema es que los chorreranos no tenemos dónde hacerlo.

* La autora es abogada