Democracias presionadas
- 25/07/2026 00:00
Hace unas semanas se dio a conocer un nuevo informe regional del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) con el título “Democracias bajo presión”. El concepto es interesante por la variedad semántica que encierra. Aunque el término “presión” se puede usar en una media docena de contextos muy diferentes, su esencia es que se trata de una fuerza que se aplica sobre una superficie. En el informe que nos ofrece el PNUD la superficie es la democracia y las fuerzas que se ejercen sobre ella están analizadas con una inteligencia estratégica.
Con el acostumbrado despliegue de mediciones y datos que sustentan sus análisis y recomendaciones, el informe no se entiende bien sin una lectura del contexto bibliográfico e institucional que le acompaña. En primer lugar, hay que darle valor a la Carta de Naciones Unidas, firmada en 1945, al término de la guerra. El consenso de aquel momento obligó a priorizar tres valores, a saber, paz, desarrollo y seguridad. La paz no es solo ausencia de guerra, sino el establecimiento de buenas relaciones con los vecinos; el desarrollo, entendido como el progreso social, el mejoramiento de la calidad de vida de todas las personas; y la seguridad, como el compromiso de evitar el uso de la fuerza como primera respuesta a los conflictos que pudieran surgir.
Ya sabemos que el uso de todos estos valores puede ser deconstruido y se puede mostrar cómo se ha traicionado el compromiso sellado entonces. Interesa aquí destacar la posibilidad de mirar el mundo con sus cambios y sus conflictos a través de unos valores que se postulan como universales, es decir, les pertenecen a los seres humanos en donde sea que se encuentren, e independientemente de la complejidad de su organización social.
Quien dice que esta mirada ya no es posible, coloca por encima lo que nos divide sobre lo que nos une. Esta estrategia hoy tiene un nombre específico. Le llamamos “polarización”, o más técnicamente “polarización afectiva”. Conozco de intentos de medir la polaridad real de las sociedades y me parece que desvían la atención sobre algo más fundamental: la implementación incesante de una estrategia política de realzar conflictos que no tienen una resolución en el corto plazo, acompañada de promesas falsas, aunque muchas veces no aparezcan de modo explícito. Como explica el informe, la visión de Naciones Unidas aboga por no caer en las trampas de la llamada polarización.
Sostener una mirada que parte del principio de que la paz, el desarrollo y la seguridad son valores que nos interesan a todos, no ha de ser cosa fácil. Desde 1990 el PNUD ha puesto en circulación mundial un informe anual que analiza las tendencias del desarrollo humano en cada uno de los países miembros de Naciones Unidas. La versión correspondiente al 2025 trata del impacto de la Inteligencia Artificial (IA) en los procesos de desarrollo en todo el mundo. Su objetivo es impulsar una agenda de cambios que empodere a los pueblos para usar las nuevas tecnologías en función de su progreso social. En el mismo año 2025, el PNUD produjo un informe regional sobre América Latina y el tema escogido fue la resiliencia del desarrollo en tiempos de cambio. El informe titulado “Bajo presión. Recalibrando el futuro del desarrollo en América Latina y el Caribe” identifica como uno de los “estresores” a las tecnologías en rápida evolución y aboga por una apropiación tecnológica que sirva como catalizador de la resiliencia del desarrollo.
Otros “estresores” abordados en el informe son la fragmentación social (que dificulta los consensos, al tiempo que aumenta la incertidumbre), los cambios climáticos (que son un verdadero desafío para las políticas de desarrollo y no solo en el plano económico) y la salud mental, como un espacio complejo de interacción social en tiempos de la masividad de las plataformas digitales y redes sociales. Una visión del desarrollo que deja por fuera estos “estresores”, no es una versión idílica, es una pérdida de tiempo.
Volviendo al informe de este año “Democracias bajo presión”, que lleva como subtítulo “Reimaginar los futuros de la democracia y el desarrollo en América Latina y el Caribe”, es una retoma de una vieja idea que en su momento no fue debidamente dimensionada. Siguiendo la temática del Informe de Desarrollo Humano correspondiente al 2002 (titulado Profundizar la democracia en un mundo fragmentado), en el 2004 se publicó el primer informe regional sobre la democracia con el título “La democracia en América Latina: Hacia una democracia de ciudadanas y ciudadanos”.
Desde hace ya más de 20 años sabemos que la democracia no es, ni se mide por, las elecciones para definir los altos cargos de la nación y sus representantes políticos. La investigación sobre la calidad de la democracia que se inició a raíz de ese trabajo colectivo publicado por el PNUD merece una nueva puesta en práctica. La definición del liderazgo político es solo una dimensión, que puede perder importancia respecto de lo que nos muestran los indicadores de la calidad de vida. Así descubrimos que cuando hablamos de democracia, no solo hablamos de un tipo de régimen desde el que se ejerce el poder, sino de una sociedad que ya ha internalizado una serie de valores que privilegian los que los une respecto de los que los diferencia.