¿Dónde está Cincinato?
- 18/04/2026 00:00
La erosión progresiva de las instituciones ha precipitado la descomposición de lo público. Desprovistos de reglas mínimas de transparencia en su desempeño y de procedimientos básicos de rendición de cuentas, los funcionarios se montan en los carruajes de las instituciones públicas sin conexión alguna con los ciudadanos a los que dicen servir.
Al bios politikos, que Aristóteles imaginó se activaba en la polis para alcanzar el bien común y la participación ciudadana, le toca denunciar la cleptocracia y la intromisión del crimen organizado en la decisión de asuntos públicos. Con la irrupción de la posverdad, comienza a desaparecer el mundo real de los hechos compartidos, y se acelera el declive, tanto del servidor público como del actor político.
Una vorágine de intereses particulares ha vaciado el espacio arendtiano de la acción y el discurso político y se ha aliado con la delincuencia para ocuparlo con voraz celeridad. Ante esta desconfiguración de lo público, la figura de Cincinato trasciende la nostalgia histórica para erigirse como una voz que exige un retorno a la vida ética en medio de un desierto de virtudes ciudadanas.
Lucio Quincio Cincinato (siglo V a.C.), patricio romano, cónsul en 460 a.C. y dictātor en dos ocasiones (458 y 439 a.C.), interrumpió temporalmente el cuidado de sus tierras para liderar victorias contra los ecuos —pueblo itálico limítrofe con Roma y enemigo de los romanos. Encarnación del modelo de virtud cívica, abdicó a los dieciséis días tras restaurar el orden en su primera dictadura. J. J. Rousseau lo invoca en El contrato social como arquetipo del ciudadano que asume la autoridad de manera temporal, en obediencia a la voluntad general y ajeno de ambición personal. Cincinato representa un ideal que contrasta con los líderes políticos contemporáneos. Su ausencia revela el vacío postpolítico en el que medra el funcionario actual, alejado de toda conexión con el bios politikos.
El pensamiento político de Hannah Arendt denuncia el debilitamiento del espacio público. Allí donde la acción política desaparece, toma su lugar una voracidad criminal que lo pervierte en un escenario de disputa por el botín. Al analizar la corrupción en el gobierno de Nixon en Crises of the Republic (1972), Arendt revela la erosión institucional y el colapso de la autoridad fundada en el discurso y la acción. La mentira deliberada se troca en discurso político. Arendt afirma que: “El Watergate significó la intrusión de la delincuencia en los procesos políticos de este país, pero en comparación con lo que ya había ocurrido en este siglo terrible, sus manifestaciones [...] han sido tan tibias que siempre ha resultado difícil tomárselas completamente en serio... De modo que ciertas transgresiones que en este país son realmente delitos, no se consideran tales en otros países”.
Esta cita subraya una advertencia fundamental sobre la normalización de las transgresiones en la política como primer paso hacia una tiranía sin rostro. Así, se abre camino hacia el Estado autoritario, donde la legalidad está subvertida por el espectáculo del poder. Cuando los ciudadanos desorientados se refugian en la posverdad —relatos manipulados convenientemente que disuelven los hechos compartidos y obstruyen cualquier intento de racionalidad deliberativa—se abren fisuras para la infiltración criminal en el aparato estatal.
Timothy Snyder en Sobre la tiranía (2017) coincide con Arendt en que renunciar a la verdad fáctica es renunciar a la libertad política. En un régimen donde “nada es verdad” se disuelve toda base objetiva; así, la administración pública degenera en espectáculo financiado por el maletín más abultado. Esta erosión material en la política representa la aparición sistémica de la corrupción que transforma la burocracia en organizaciones criminales. Cuando un partido político recela de la democracia por la impopularidad que causa su desempeño recurre a todo tipo de tretas para retener el poder, mostrándose opaco e inspirando miedo. Arendt ilustra con el escándalo de Watergate la mentira descarada y el intento del Ejecutivo de subrogarse servicios secretos que configuran la intrusión delictiva en la cabeza misma de la administración pública.
La ausencia de Cincinatos y el auge de prácticas delincuenciales representan, para Arendt, un ataque directo a la Constitución. El caso Nixon demuestra que la tolerancia a las transgresiones en la política habilita la infiltración de la criminalidad en las instituciones. Así se transmuta la política en violencia y desaparece la acción política. La corrupción es síntoma de una descomposición radical que envuelve el espacio público con su oscuridad. Este fenómeno se afianza cuando la ciudadanía renuncia a su capacidad de pensar, se aparta de la realidad y se convierte en mera espectadora de la tragicomedia de las instituciones. En la actualidad se requiere de líderes políticos como Cincinato, capaces de asumir responsabilidades políticas sin la interferencia de intereses particulares.
Urge reconstruir un mundo real basado en hechos y con ciudadanos comprometidos. “Pensar lo que hacemos” y recuperar el espacio público son las estrategias del bios politikos que podrán contener el avance de organizaciones delictivas que controlan las instituciones sin las cuales la vida en común no es posible.
Cuando la línea entre políticos y mafiosos se difumina, se obstruye la emergencia de líderes políticos como Cincinato. ¿Podrá sostenerse la libertad en un horizonte donde la indiferencia ciudadana ha cedido de hecho la soberanía a bandas criminales que ya operan desde el Estado? ¿Seremos espectadores de la desaparición de la política, mal aconsejados por una comodidad económica y tecnológica que no es más que el preludio a una servidumbre en ciernes?