¿El cansancio amenaza la democracia? El país que aprendió a aguantar
- 23/01/2026 00:00
El mayor peligro para la democracia panameña hoy no es un golpe ni un dictador: es el cansancio social. Una ciudadanía agotada deja de cuestionar, deja de indignarse y termina aceptando como normal la corrupción, la ineficiencia y la desigualdad ante la ley. Cuando el cansancio reemplaza a la participación, la democracia empieza a vaciarse desde dentro.
Ese agotamiento no se manifiesta en protestas ni en grandes confrontaciones. Se expresa, más bien, en una rutina silenciosa: el país que se levanta, trabaja, sobrevive y vuelve a casa sin demasiadas expectativas de cambio. Panamá parece funcionar en piloto automático, como si estuviera condenado a repetir los mismos problemas sin atreverse nunca a corregirlos. No hay estallido, pero tampoco esperanza. Hay resignación.
Ese cansancio colectivo ha producido un efecto aún más preocupante: la normalización de lo inaceptable. La corrupción, los malos manejos de fondos públicos, la ineficiencia crónica y la impunidad ya no indignan; apenas fastidian. Lo malo sigue siendo malo, pero se ha vuelto cotidiano. Se comenta, se critica por unos minutos y luego se acepta. Y cuando una sociedad aprende a convivir con lo que la degrada, empieza a perder su capacidad de corregirse.
A esta resignación se suma un entorno saturado de ruido. Escándalos diarios, polémicas semanales, indignaciones que duran lo que dura el siguiente titular. Hoy el debate público ya no busca entender ni proponer; busca impactar, señalar o destruir. En medio de ese ruido permanente, la ciudadanía no se informa: se cansa. Y el exceso de ruido no despierta conciencia; la anestesia. Una democracia anestesiada es terreno fértil para abusos que ya nadie tiene energía para cuestionar.
Panamá vive en provisionalidad permanente. Somos el país del “mientras tanto”: mientras tanto se arregla el agua, mientras tanto se mejora la educación, mientras tanto se ordena el tránsito, mientras tanto se reforma la Asamblea. Soluciones temporales que se vuelven definitivas. Crisis que se administran, pero no se resuelven. El problema ya no es la crisis; es la costumbre de no resolverla.
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Calles en mal estado, tranques eternos, cables colgando, servicios públicos deficientes: nada de esto es nuevo. Y, precisamente por eso resulta más grave. Nos hemos acostumbrado a vivir mal “por ahora”, como si ese por ahora no llevara años.
Ese deterioro también se siente en lo cotidiano, en lo que no siempre sale en titulares. Desde el trato deficiente en algunas instituciones públicas hasta la actuación poco diligente de fiscalías de atención primaria, en detrimento de garantías fundamentales de las víctimas. No son episodios aislados; son experiencias repetidas que van erosionando la confianza en el Estado. Cuando el ciudadano siente que el sistema no responde, aprende a no esperar nada de él. Y esa renuncia silenciosa debilita cualquier democracia.
Panamá no sufre por falta de leyes. Sufre por su aplicación selectiva. La percepción de impunidad y trato desigual no es un discurso político: es una vivencia extendida. Las reglas parecen rígidas para algunos y sorprendentemente flexibles para otros. En ese contexto, la desigualdad más corrosiva no es la económica, sino la jurídica. Cuando la ley deja de sentirse como un pacto social y se percibe como castigo para unos y escudo para otros, el ciudadano común deja de creer en ella.
A todo esto se suma una realidad económica que aprieta. Salarios que no alcanzan, informalidad creciente, una clase media cada vez más delgada. Cuando todo el ingreso se va en sobrevivir, la democracia se convierte en un lujo. El ciudadano que vive al día no tiene tiempo ni energía para pensar en el país; apenas en llegar a fin de mes. Así, la participación cívica no se pierde por desinterés, sino por agotamiento.
Este texto no es una invitación a la quietud ni al silencio cómodo. Panamá ya ha pausado demasiado. Lo que urge es salir del automatismo. Recuperar la capacidad de pensar con criterio propio, de distinguir entre el ruido y lo importante, entre la indignación pasajera y la exigencia sostenida. No se trata de reaccionar menos, sino de reaccionar mejor. Porque una ciudadanía que actúa sin pensar se desgasta, pero una que deja de pensar se apaga. Quizá el nuevo patriotismo no consista en grandes discursos ni en gestos épicos, sino en algo más sencillo y más exigente: negarse a normalizar lo que está mal. Entender que vivir mal “por ahora” no puede ser un proyecto de país. Que la resignación no es madurez. Que pensar el país, discutirlo con seriedad y escoger mejor a quienes lo dirigen también es una forma de trabajar por lo propio.
Recuperar la democracia pasa, inevitablemente, por reconstruir la confianza en las reglas comunes. Por volver a entender la ley no como castigo, sino como pacto social. Cumplir la norma no debilita al ciudadano honesto; lo protege. Y exigir que se aplique de forma igualitaria no es radicalismo: es simple sentido común.
Panamá no es un país perdido. Es un país cansado. Y los países cansados no necesitan salvadores; necesitan despertar. El cansancio, cuando se reconoce, puede transformarse en conciencia. Y la conciencia, en decisión. Todavía estamos a tiempo de dejar de sobrevivir en automático y volver a pensar juntos el país que queremos ser.
Porque las democracias no siempre mueren de golpe. Pero también es cierto que pueden volver a vivir cuando una ciudadanía decide, por fin, abrir los ojos.