El clima ya forma parte del crédito

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  • 08/08/2026 00:00

Cuando un banco presta dinero, evalúa una pregunta sencilla: ¿podrá el cliente pagar? Durante años, esa evaluación se concentró en ingresos, deudas, garantías, historial de pago y condiciones económicas. Hoy falta añadir una variable que puede cambiar todos esos elementos y este es el riesgo climático.

Ese riesgo opera por dos vías. La primera es física. En el caso de una inundación esta puede cerrar un comercio, dañar inventarios o reducir el valor de una propiedad usada como garantía. Si es una sequía prolongada puede disminuir la producción agrícola, elevar costos de energía o limitar el agua disponible para ciertas actividades. En Panamá, estos efectos pueden sentirse en la agricultura, la logística, la construcción, el turismo y la generación eléctrica.

La segunda vía es el riesgo de transición. Surge cuando cambian las regulaciones, la tecnología o las preferencias del mercado. En el caso de una empresa con equipos ineficientes puede enfrentar mayores costos, por nuevas exigencias de eficiencia y por alta huella de carbono. Un negocio dependiente de combustibles fósiles también puede perder competitividad frente a alternativas más limpias.

Ambos riesgos afectan la capacidad de pago. Pueden reducir ingresos, aumentar gastos, deteriorar activos o disminuir el valor de las garantías. Por eso, el cambio climático debe incorporarse al análisis crediticio, pero sin reemplazar los modelos existentes.

El criterio es simple; conservar la arquitectura crediticia y modificar, fuera del modelo base, los valores que cambian por exposición climática. Así se evita construir una metodología paralela y se aprovechan herramientas que los bancos ya conocen. El clima entra como información adicional para corregir supuestos que podrían resultar demasiado optimistas.

Una forma práctica consiste en ajustar cuatro parámetros conocidos. El primero es la exposición al momento del incumplimiento, llamada EAD; el cual representa cuánto dinero estaría realmente en riesgo si el cliente deja de pagar. El CCF, o factor de conversión crediticia, que estima cuánto de una línea aprobada podría utilizarse antes del incumplimiento. Tras un desastre, una empresa puede recurrir más a sus líneas disponibles, elevando ambos valores.

El segundo parámetro es la probabilidad de incumplimiento, o PD. Que indica la posibilidad de que el deudor no pague dentro de un periodo determinado. Esta probabilidad puede ajustarse a escenarios climáticos del NGFS (Network for Greening the Financial System o Red para la Transición Ecológica del Sistema Financiero), que es una red global formada por bancos centrales y organismos de supervisión financiera, los cuales permiten evaluar cómo distintos niveles de calentamiento, políticas climáticas y cambios económicos afectarían sectores, regiones y empresas.

El tercero es la pérdida, dado el incumplimiento, o LGD; que mide cuánto perdería el acreedor después de recuperar garantías y otros pagos. Si una propiedad costera pierde valor por inundaciones recurrentes, la recuperación será menor y la LGD aumentará.

El cuarto es RHO, la correlación de incumplimiento; que expresa cuánto pueden fallar varios deudores al mismo tiempo. Un evento climático regional puede afectar simultáneamente a agricultores, transportistas, comercios y proveedores. El riesgo deja de estar aislado y se concentra.

La propuesta es concreta; bancos, inversionistas y empresas deben revisar sus carteras por sector y ubicación, identificar exposiciones climáticas y recalibrar estos parámetros bajo varios escenarios. También deben exigir información sobre seguros, planes de continuidad, consumo energético, vulnerabilidad de activos y medidas de adaptación.

La primera acción posible es preguntar qué riesgos climáticos enfrenta cada crédito y qué medidas reducen realmente su capacidad de causar pérdidas financieras.

Para el ciudadano, esto importa porque influye en tasas, acceso al crédito, valor de propiedades, pensiones e inversiones. Incorporar el clima al crédito permite tomar decisiones mejor informadas. No cambia la lógica financiera. La completa con información que antes quedaba fuera del cálculo.

*La autora es geógrafa y exministra de Ambiente