El constitucionalismo democrático y sus resultados
- 20/08/2026 00:00
Hay una pregunta que el debate constitucional panameño lleva demasiado tiempo evitando: ¿democrático en el proceso, o democrático en el resultado?
La distinción no es menor. Un proceso constituyente originario — por más participativo que sea en su convocatoria — puede producir una Constitución que concentre poder, elimine controles y abra las puertas al hiperpresidencialismo. Y un proceso de reforma, por más cauteloso y gradual que parezca, puede producir normas que efectivamente protejan al ciudadano. El nombre del procedimiento no garantiza la calidad del producto.
Traigo a colación esta distinción porque en el debate panameño se ha puesto de moda citar a académicos extranjeros como árbitros de lo que es o no es “constitucionalismo democrático.” Nada hay de malo en la academia comparada — es, de hecho, indispensable. Pero la honestidad intelectual exige evaluar a los académicos por los resultados de su trabajo, no solo por la elegancia de sus teorías.
El llamado “nuevo constitucionalismo latinoamericano” — aquel que reivindica el poder constituyente originario como el único camino democrático — tiene en América Latina un expediente concreto: Venezuela 1999, Ecuador 2008, Bolivia 2009. Tres procesos constituyentes convocados en nombre del pueblo, tres textos constitucionales que en el papel consagran derechos expansivos y participación directa. Y tres experiencias que, en la práctica, resultaron en la mayor concentración de poder ejecutivo que ha visto la región en décadas.
La Constitución venezolana de 1999 — celebrada en su momento como ejemplo de constitucionalismo participativo — le entregó al Ejecutivo un control sobre el Estado que ninguna reforma gradual hubiera podido lograr. El resultado no lo inventamos: lo vemos en las noticias. Ecuador y Bolivia siguieron patrones similares. En los tres casos, la asamblea constituyente “del pueblo” terminó siendo el instrumento jurídico que eliminó los contrapesos que los ciudadanos necesitaban para defenderse de sus propios gobiernos.
Eso no es constitucionalismo democrático. Es constitucionalismo plebiscitario: movilizar al pueblo una vez para darle poder a alguien por mucho tiempo.
El problema estructural es sencillo de formular: una constituyente originaria no es, por definición, pro-ciudadano. Es una herramienta. Y como toda herramienta, produce resultados distintos según quién la usa y con qué diseño. Quien afirme que el simple hecho de convocar una asamblea constituyente garantiza un resultado democrático no está haciendo teoría constitucional. Está haciendo política con lenguaje académico.
El debate que Panamá merece no es entre “constitucionalistas del pueblo” y “constitucionalistas del poder.” Ese es un esquema binario diseñado para callar, no para deliberar. El debate real es sobre diseño: qué mecanismos concretos aseguran que ningún actor — ni el Ejecutivo, ni la Asamblea, ni una mayoría circunstancial — pueda concentrar el poder que pertenece al ciudadano. Cómo se garantiza que los controles horizontales tengan autonomía real. Cómo se evita que el proceso constituyente mismo sea capturado por los mismos factores de poder que se quieren desplazar. Esas preguntas no las responde la etiqueta “originaria.” Las responde el diseño institucional.
El ciudadano panameño no necesita que nadie le explique si merece una nueva Constitución. Sabe que las instituciones no funcionan. Sabe que el mérito no cuenta, que los controles son decorativos, que la justicia tarda más de lo que puede esperar. Lo que necesita no es que un académico — nacional o extranjero — le diga que su descontento es legítimo. Eso ya lo sabe. Lo que necesita es una propuesta concreta de cómo va a ser diferente esta vez.
Y esa propuesta no se construye descalificando al que no está de acuerdo. Se construye respondiendo la pregunta que todos los procesos constituyentes latinoamericanos de las últimas décadas han evitado: ¿qué garantiza que la nueva Constitución trabaje para el ciudadano, y no para quien la redactó? Mientras esa pregunta no tenga respuesta, el debate no habrá comenzado.