El dilema semanal de hablar de temas de variada índole
- 20/02/2026 00:00
No siempre se tiene de antemano un tema en mente sobre el cual nos gustaría hacer diversos comentarios que podrían resultar de interés para el común de los lectores. Y esto ocurre, por supuesto, porque no es infrecuente que los asuntos que nos interesan particularmente a unos, a otros no les importen en lo más mínimo. Y sí, bien aburrida sería la vida si de antemano existiera para todos unanimidad de gustos y criterios.
En mi caso muy particular, pese a que quiero creer que en Panamá hoy en día hay muchas más personas que hace algunos años a las que la literatura, como proceder escritural de auténtica creatividad, tiene un valor no sólo emocional e intelectual sino, además, de profunda redención sociológica, estoy consciente de que suelo encasillarme en ese tipo de tema, a expensas de otros acaso más interesantes para una mayoría de lectores.
El hecho de ser yo escritor, profesor de literatura, promotor cultural y editor no es justificación suficiente -lo sé- para un proceder tan monotemático al momento de redactar mis artículos semanales para “La Estrella de Panamá”. Consciente de ello, a ratos me ocupo de temas políticos o simplemente sociales de índole nacional o internacional; o bien de algún otro asunto sobresaliente que al momento esté ocupando titulares en los medios informativos.
Sin embargo, resulta inevitable que la perspectiva desde la que escribo sobre casi cualquier otro tema sea necesariamente el resultado de mi cotidiana vivencia intensa de muchísimos años como creador de obras literarias.... Una experiencia, por cierto, que empezó en la ciudad de Colón en la década de los sesentas del siglo pasado.
Dicho lo anterior, no es la primera vez que traigo a colación, como tema a tratar, la paupérrima situación de los derechos humanos en tres países de nuestra América, debido a la supresión tajante y del todo injustificada de las principales garantías de las que debe disfrutar todo ciudadano, empezando por el decidido rechazo a la permanente supresión de la más elemental libertad de expresión.
Obviamente, me refiero a las ominosas dictaduras de Cuba, Nicaragua y Venezuela, en las que –cortadas con la misma tijera de una cotidiana intimidación– sólo hay persecución y cárcel para quienes osen pronunciarse públicamente en contrario, mientras sus respectivos dirigentes viven tras bastidores en la más vergonzosa opulencia, a la vez que sus respectivos pueblos padecen hambre e intimidaciones diarias.
Por otro lado, cómo negar que la toma del poder por la derecha norteamericana y su diaria intromisión desmedida en los asuntos soberanos incluso de naciones hasta hace poco amigas, ha significado un lamentable giro de 180 grados hacia un nefasto extremismo colindante con ideologías fascistas, lo cual sin duda en la práctica es la otra cara de la moneda, en perjuicio de quienes rechazamos ser simples comparsas de la nueva ultraderecha y súbditos de un expansionismo descarado y, por tanto, absolutamente nefasto.
En ambos extremos arriba descritos lo que se mueve abiertamente o diluido entre las sombras es sin duda la ambición del poder. Y este ominoso factor no es sólo propio de izquierdas y derechas extremas, que de una manera u otra se vienen reciclando durante años incontables. Ya en la antigua Grecia –supuesta panacea de la democracia– y en el Imperio Romano, para no hablar de otras civilizaciones menos estudiadas, la obsesión con el Poder se imponía a cualquier otro asunto de Estado, y como resultado sus respectivas poblaciones eran esclavizadas.
En Panamá es de todos sabido que uno de los mayores problemas es el hurto descarado de los dineros públicos por parte de funcionarios de diversas entidades con un cinismo superlativo. Y que, en general, muy poco se castiga a quienes se sabe culpables desde antes o después de su fechoría, si es que se le llega a someter a un juicio sumario. Sucede una y otra vez, pero la impunidad parece reciclarse a todos los niveles en cada nueva administración.
Y nadie parece dar en el clavo de cómo lograr que se aplique un castigo terminante a los culpables, por encima de “influencias” y de las sempiternas prebendas harto conocidas que reflotan en cada nuevo gobierno, hasta la actualidad. ¿Qué podemos hacer los escritores honestos al respecto? En lo posible, no eludir estos temas en nuestros artículos de opinión, pero tampoco en al menos algunos de nuestros cuentos, poemas, novelas u obras teatrales, sin renunciar por supuesto al ingenio.
Como es sabido, la buena literatura, la que está destinada a trascender, puede abordar todo tipo de temas y técnicas con éxito si la creatividad es capaz de trascender la mediocridad, lo obvio, lo mil veces planteado, empinándose en sus propias coordenadas hasta alcanzar un nivel poco frecuentado. Esto es perfectamente posible, créanme.
Puede tratarse de literatura realista, fantástica, erótica, onírica, de crítica socio-política, de horror, de ciencia-ficción o metaficcional, entre otras. La combinación de conocimiento, imaginación, sensibilidad, ingenio, y facilidad en el manejo creativo del lenguaje serán siempre la clave –a veces algo cifrada– de una literatura trascendente.