El Dragón pasa factura

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  • 10/09/2026 00:00

Anel Bolo Flores salió de la Corte Suprema y celebró lo que llamó un gran triunfo para la República de Panamá. Había razones para celebrar. La Corte declaró inconstitucional el contrato que permitió a Panama Ports Company operar Balboa y Cristóbal durante casi tres décadas. La decisión fue unánime. La demanda del contralor consiguió uno de los fallos económicos más trascendentales de nuestra historia reciente. Pero mientras Panamá celebraba, en Pekín nadie aplaudía. Ese es el problema.

El gobierno proempresarial de Mulino colocó a un país de cuatro millones de habitantes en medio de una pelea entre las dos mayores potencias del planeta. China no necesitó mandar soldados. Comenzaron las inspecciones de buques y después llegaron las detenciones.

En mayo Panamá registró 140 buques de bandera panameña detenidos en puertos chinos. Estados Unidos calificó las inspecciones como represalias para castigar a Panamá tras la anulación de la concesión de Balboa y Cristóbal. Apareció además otro dato alarmante. Más de 100 portacontenedores abandonaron la bandera panameña para cambiar de registro en medio de esta tormenta. Eso debería quitarnos el sueño porque China aprende a ejercer poder de una manera extraordinariamente parecida a Estados Unidos.

Durante décadas Pekín denunció que Washington utilizaba leyes, bancos y sanciones para imponer decisiones más allá de sus fronteras. Xi Jinping decidió aprender la lección. En 2018 ordenó a sus funcionarios aprovechar las armas legales de China.

Desde entonces Pekín construye silenciosamente un arsenal. Puede sancionar a políticos extranjeros, castigar a empresas que cumplan sanciones occidentales, imponer restricciones comerciales y utilizar tribunales chinos contra compañías extranjeras.

Posee además algo todavía más poderoso. Controla segmentos fundamentales de las cadenas mundiales de suministro. Ese es el verdadero brazo largo del Estado chino. No necesita invadir Panamá para causar daño. Puede complicar el tránsito de nuestros barcos, restar atractivo a nuestra bandera, presionar a empresas vinculadas con Panamá, dificultar operaciones de compañías que necesiten proveedores chinos y utilizar su gigantesco mercado como instrumento político. Hace que cada decisión panameña tenga un precio. Conocemos el precedente.

Cuando Canadá detuvo a una ejecutiva de Huawei a solicitud de Estados Unidos, China respondió encarcelando a dos ciudadanos canadienses durante casi tres años. Esa es la potencia con la cual jugamos ajedrez. El problema no es defender los intereses de Panamá, pues debemos hacerlo siempre. El problema consiste en convertirnos en peones de Trump creyendo que somos la torre.

La demanda de Flores llegó a una Corte con magistrados designados durante la administración Mulino. La Corte decidió, el Gobierno ejecutó y China reaccionó. Estados Unidos celebró la reducción de la influencia china alrededor del Canal. Panamá quedó exactamente en el medio.

Hoy suman 140 los barcos detenidos y más de 100 los portacontenedores que buscan otra bandera. Mañana puede tocarle a nuestra marina mercante, a nuestras inversiones, al comercio, al financiamiento o a nuestras empresas. Xi Jinping entendió algo hace años. En el siglo XXI los imperios no siempre necesitan cañones. A veces basta una inspección, una sanción, un puerto y cien barcos que deciden renunciar a tu bandera.

Panamá debería entenderlo también. Cuando dos elefantes deciden pelear, no importa cuál tenga la razón; la hierba siempre termina aplastada.

* El autor es cirujano subespecialista