¡El equilibrio del poder ejercido está fundamentado en la educación y los valores!
- 06/05/2026 00:00
El poder es una oportunidad invaluable para servir mediante la toma de decisión orientadas a la resolución de problemas en virtud del carácter imperativo que lo reviste. Muchos anhelan influir sobre un conglomerado de personas, pero la realidad es que pocos lo logran. Aquellos que alcanzan esas posiciones, deberán ejecutar acciones incuestionables ante sus poderdantes, que generen beneficios y redunden positivamente en su gestión, constituyéndose en ejemplo a través de sus ejecutorias y produciendo satisfacción en quienes representan, aun cuando no siempre coincidan plenamente en sus directrices. Sin embargo, la realidad suele ser distinta, sin importar el mandato, los que tienen esa valiosa oportunidad, en su mayoría, pierden el contexto de la realidad, se desconectan de su entorno, sumergiéndose en disociaciones objetivas y terminan siendo víctimas de sus propios actos y opiniones.
En efecto, la situación se torna más caótica, cuando un miembro del propio colectivo ya sea del ámbito intelectual, laboral, cultural o profesional, ejecuta acciones o emite opiniones desvinculadas de la realidad, intentando construir una fantasía inexistente. Esto genera simultáneamente, sorpresa y rechazo, pues de su representación, se espera un desempeño responsable y acorde con las expectativas del grupo. Al aceptar un cargo, ya sea por voluntad popular o por designación, el apoderado asume el compromiso de representar los mejores intereses de sus mandantes, poniendo al servicio su experticia y aplicando estrategias que contribuyan a mejorar sus condiciones. En consecuencia, mientras la jerarquía de poder que ostente, tanto cualitativa como cuantitativamente, mayor deberá ser su nivel compromiso.
Es por ello que no solo debe velar por los mejores intereses de la agrupación, sino que, en su calidad de gestor, asume una responsabilidad frente a quienes han depositado su confianza en su capacidad para resolver problemas en cualquier circunstancia. A semejanza del buen padre de familia, en contextos de crisis debe conducirse con firmeza, seguridad y serenidad en cada una de sus determinaciones. No obstante, en su condición humana, no se encuentra exento de incurrir en errores o apreciaciones desacertadas, particularmente cuando sus iniciativas, acciones o pronunciamientos se apartan de la retroalimentación expresada por la mayoría de sus poderdantes, e incluso de aquella proveniente de sus colaboradores más cercanos y especializados en la materia. Esta desconexión puede traducirse en decisiones carentes del sustento técnico, debilitando su gestión y afectando su credibilidad. La experiencia histórica reciente demuestra que este tipo de postura difícilmente conduce a buen puerto y, por el contrario, suele derivar en escenarios desfavorables para la gestión, habiendo sido objeto de cuestionamientos por parte de ellos mismos, cuando no ostentaban posiciones de poder.
Por lo anteriormente expuesto, el apoderado debe poseer la capacidad de rectificar y subsanar sus actuaciones cuando así lo demanden sus poderdantes, aun cuando ello no resulte sencillo ni satisfactorio desde el punto de vista personal o político. La rectificación oportuna no constituye un signo de debilidad, sino una manifestación de madurez, responsabilidad y compromiso con el mandato conferido. En efecto, solo aquellos que comprenden la trascendencia de su investidura y se atreven a corregir el rumbo cuando las circunstancias lo exigen, logran elevarse a la altura de las expectativas de sus mandatarios, honrando la confianza depositada en ellos. Son estos quienes dejan una huella perdurable en la memoria colectiva, especialmente entre quienes continúan convencidos de que su elección fue acertada, al evidenciar una gestión guiada por los mejores intereses al bien común, la autocrítica y la vocación de servir.
En definitiva, el ejercicio responsable del mandato no solo exige capacidad técnica y criterio, sino también humildad para reconocer desaciertos que los grandes estadistas están dispuestos aceptar y voluntad para corregirlos en función del interés colectivo. De esta manera se consolida un liderazgo, respondiendo con hechos a sus poderdantes.