El evento de El Niño 2026 - La hora de blindar el agua potable en Panamá

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  • 20/05/2026 00:00

El planeta acaba de cruzar un umbral simbólico pero aterrador: la media trienal 2023-2025 superó por primera vez 1,5°C, el límite emblemático del Acuerdo de París. Y mientras las temperaturas globales y oceánicas se mantienen en máximos históricos, la NOAA, anuncia un 82% de probabilidad de que un El Niño fuerte irrumpa entre mayo y julio de 2026, extendiéndose hasta febrero de 2027. Para Panamá, esto no es un dato lejano, es una alerta directa a nuestros ríos, acueductos rurales y seguridad alimentaria.

El fenómeno se cocina sobre un océano ya recalentado por el cambio climático. El Centro Europeo de Predicciones Meteorológicas advierte anomalías extremas, comparables a los eventos más intensos desde finales del siglo XIX, como el de 1997-1998. Con un 50% de probabilidad de evolucionar de fuerte a muy fuerte, El Niño reducirá las lluvias incluso en nuestra actual estación lluviosa, secará aún más la próxima estación seca y hará descender los caudales. Las tomas de agua de acueductos rurales quedarán por encima del nivel del río. Y los acuíferos, que dependen de la infiltración directa, verán caer su nivel freático rápidamente si los sobreexplotamos.

No se trata de una catástrofe inevitable, sino de una advertencia que exige acción. La economía nos da las herramientas. El economista Nicholas Stern demostró que el costo de no actuar multiplica por diez el de prevenir. Y William Nordhaus, Nobel de Economía, cifró en un precio al carbono el verdadero costo de las emisiones. Pero en el terreno, necesitamos finanzas climáticas que funcionen. Un ejemplo concreto: Costa Rica invirtió en bonos verdes y su sistema de pago por servicios ambientales (PSA), para restaurar bosques de galería, logrando que sus cuencas resistieran sequías severas. Otro, el Banco de Desarrollo de América Latina (CAF), emitió bonos verdes por más de $1.000 millones que financian infraestructura hídrica resiliente en varios países.

Los datos respaldan la urgencia. De acuerdo con datos de la CEPAL, la sequía en el Corredor Seco Centroamericano (entre 2014 y 2017), generó pérdidas por $1,800 millones. En Panamá, ese costo se traduciría en cortes de agua potable, caída de la producción agropecuaria y concentración de contaminantes en nuestros ríos al reducir sus caudales, que ocasionara a su vez concentración de contaminantes en nuestros mares y costas, afectando el turismo y la pesca.

La solución ya la conocemos; planes de prevención para garantizar el suministro humano y productivo, y planes de adaptación que restauren cuencas hidrográficas, con énfasis en bosques de galería y prácticas como la agroforestería y ganadería silvopastoril. La cobertura boscosa es la garantía de agua. Y los inversores, guiados por los Principios de Inversión Responsable (PRI, por sus siglas en inglés, la cual es una iniciativa internacional respaldada por las Naciones Unidas que promueve la integración de criterios Ambientales, Sociales y de Gobernanza - ESG) en las decisiones de inversión y los estándares del ISSB (International Sustainability Standards Board, que son un conjunto de normas globales diseñadas para que las empresas divulguen información sobre sostenibilidad de manera comparable y transparente, enfocadas en riesgos y ESG), pueden canalizar capital hacia estos proyectos.

El Niño no es un destino. Es un examen. Y Panamá tiene las respuestas, solo falta aplicarlas a tiempo.