El fracaso silencioso del primer empleo

  • 14/06/2026 00:00

Desde que inicié la realización de investigaciones sociales en Panamá, he sido testigo de cómo ciertos paradigmas y preocupaciones ciudadanas se han mantenido prácticamente inalterables a lo largo de más de una década. Al mismo tiempo, como es natural en una sociedad dinámica y en constante transformación, han surgido nuevas inquietudes y formas de interpretar la realidad nacional. Esta combinación entre permanencia y cambio permite comprender mejor la evolución del pensamiento ciudadano y los desafíos que enfrenta el país en la actualidad.

Sin embargo, hay una realidad que parece inmune al paso del tiempo. Una que he escuchado en entrevistas, encuestas, grupos focales y conversaciones informales durante años. Una historia que cambia de protagonista, pero nunca de argumento, la historia del primer empleo.

Cada año, miles de jóvenes panameños terminan el bachillerato convencidos de que están a punto de iniciar una nueva etapa de sus vidas. Lo celebran junto a sus familias. Se toman fotografías con sus diplomas. Reciben abrazos, consejos y felicitaciones. Les dicen que el futuro les pertenece. Pero pocos días después descubren una realidad mucho más compleja. El primer golpe suele ser silencioso, comprenden que el sistema educativo los preparó principalmente para convertirse en empleados, pero muy poco para convertirse en emprendedores.

En los estudios cualitativos aparece constantemente una sensación de frustración entre quienes sueñan con construir algo propio. Quieren emprender, generar ingresos, crear oportunidades, pero sienten que nadie les enseñó cómo hacerlo. Aprendieron a resolver ecuaciones, a memorizar fechas, inclusive a presentar exposiciones.

Pero no saben cómo registrar una empresa, administrar un flujo de caja, evaluar una inversión o convertir una idea en un negocio sostenible y no es falta de talento, es falta de herramientas y esa carencia genera una sensación de dependencia que muchos jóvenes identifican desde muy temprano.

Sin embargo, el segundo descubrimiento es todavía más duro, porque no se trata de una limitación académica, sino de una contradicción tan absurda que se ha normalizado. Todos los empleadores piden experiencia para cualquier empleo, pero nadie quiere otorgarla. Es el círculo vicioso perfecto, el joven necesita empleo para adquirir experiencia, pero necesita experiencia para conseguir empleo y así comienza una carrera de puertas cerradas.

La semana pasada, durante varios grupos focales, escuché nuevamente esta historia. Los participantes tenían entre 18 y 25 años. Algunos ya son sostén económico de sus hogares, mediante trabajos informales. Algunos dependen de ayudas familiares mientras intentan encontrar una oportunidad. Pero todos compartían una misma esperanza, conseguir un empleo formal, no para hacerse ricos, no para cambiar de automóvil, simplemente para comenzar, para tener una oportunidad, para iniciar una vida adulta con dignidad.

Lo más preocupante es que esta conversación es prácticamente idéntica a la que escuchaba hace más de diez años, han cambiado los gobiernos, han cambiado los ministros, pero la angustia del primer empleo permanece intacta y cuando un problema sobrevive a tantos gobiernos, deja de ser un problema coyuntural para convertirse en un fracaso estructural. Porque una sociedad que exige experiencia antes de ofrecer oportunidades termina desperdiciando parte de su talento más valioso. Estamos refiriéndonos a jóvenes con energía, creatividad, ambición y ganas de trabajar. Porque detrás de cada bachiller recién graduado que no consigue una oportunidad, hay algo más que una búsqueda laboral. Hay un sueño detenido y ningún país puede darse el lujo de acumular demasiados sueños, mucho menos de convertirlos en frustración.