El impacto de vivir en un mundo acelerado o vivir en un mundo automático

  • 16/02/2026 00:00

No es posible que todos los días vivamos de prisa o en rutina: desde las tareas de los niños hasta las exigencias del trabajo. Utilizar los servicios de entrega de alimentos (delivery) como estilo de vida a la hora de almorzar o cenar. Se ha perdido la cortesía al conducir el vehículo; es una locura colectiva donde todos suenan la bocina al mismo tiempo. Al llegar a casa, ya no se conversa, escasa televisión y mucho menos se juega, porque el agotamiento consume a la familia. Además, cada integrante de la familia maneja una agenda personal aislada: los niños están saturados de actividades extracurriculares para mantenerlos ocupados, mientras los padres tienen compromisos sociales, culturales y no puede faltar las terapias de relajación (SPA). ¡Donde incluimos a Dios!

Ante este panorama, cabe preguntarse: ¿Cuándo sacamos tiempo para conocernos realmente a nivel interno, para conectar con Dios y fortalecer nuestra relación con la familia y la sociedad? El vivir acelerado actuamos y respondemos de manera emocional y ya el daño esta hecho: puede ser en la comunicación, en la salud, hasta en lo humanitario. Al vivir “en automático” descuidamos lo esencial ¡nuestro Yo! Debemos hacer pausas y meditar. La felicidad, la paz y el amor deben buscarse dentro de nosotros, no en el exterior, para poder sentirnos plenamente llenos.

Nietzsche, en su libro Humano, demasiado humano, señala que la historia nos enseña que un pueblo se conserva mejor cuando la mayoría comparte principios habituales e indiscutibles. Es decir, a través de una creencia común se genera un vivo sentimiento de comunidad. Allí es donde se refuerzan las buenas costumbres, se imparte la subordinación del individuo al bien común y el carácter recibe esa firmeza innata que luego se cultiva mediante la educación.

Por otro lado, Deepak Chopra (2024), en El libro de los secretos, expresa que el significado de la vida lo es todo. Fuiste diseñado para sobrevivir y prosperar sin importar cómo se desarrolle el entorno. Es vital analizarnos bajo tres perspectivas:

1. ¿Quién soy yo? Eres la totalidad del universo actuando mediante un sistema nervioso humano que posee conciencia.

2. ¿De dónde vengo? De una fuente suprema que es el origen de la vida: Dios.

3. ¿Por qué estoy aquí? Para cumplir el propósito de crear el mundo en cada momento de tu existencia.

Al vivir de forma acelerada o automática, perdemos la capacidad de diferenciar nuestras reales necesidades humanas, las cuales podríamos clasificar en tres niveles: Schopenhauer (2022).

· Necesidades naturales y necesarias: Aquellas que, de no satisfacerse, producen dolor (como el alimento y el vestido). Son, irónicamente, las más fáciles de satisfacer.

· Necesidades naturales, pero no necesarias: Aquellas que ya resultan más difíciles de alcanzar y mantener.

· Necesidades ni naturales ni necesarias: El lujo, la abundancia y el esplendor. Su número es infinito y su satisfacción es sumamente difícil, generando una insatisfacción constante.

Debemos vivir de manera más consciente. No podemos permitirnos estar distraídos ante lo que ocurre en nuestro entorno geopolítico y global; podemos tener estabilidad económica en el presente, pero el mañana no está prometido. Vivimos en un mundo de incertidumbre económica, de salud mental, violencia familiar y de credibilidad. No todo puede ser redes sociales o el marketing abrumador del consumismo. Hace falta la palabra de Dios para ser un buen padre, un buen hijo y un gran servidor social.

Vivir en un mundo acelerado o automático sin hacer un alto en el camino, tarde o temprano, nos pasará la factura. Aprendamos a tener una vida balanceada en armonía con la familia, sociedad y dedicarle tiempo al Señor. Al final Dios nos espera.

El autor es doctor en Ciencias Empresariales, docente y escritor