El lenguaje de la nostalgia en el poemario ‘Viaje a la península soñada’

  • 27/07/2026 17:12

La poesía es el arte que nos permite condensar la belleza del pensamiento a través de la espontaneidad de la palabra. Viaje a la península soñada, obra del poeta Salvador Medina Barahona, comprueba esta afirmación.

El poemario evidencia rasgos autobiográficos, pues el yo lírico, una suerte de Odiseo experimentado que, después de conocer seres, paisajes y realidades diferentes a los que está acostumbrado, retorna a su Ítaca natal para percatarse de que ya no encuentra la tierra ni la gente que dejó al partir. Todo ha cambiado; su península, tal como la recuerda, solo existe en su memoria.

El lenguaje de la añoranza campea por cada uno de los poemas del libro. En sus recuerdos, la península es su madre: el ser que lo amamantó, que lo formó como persona identificada con su esencia y que lo ayudó a convertirse en quien es.

A nuestro juicio, el epígrafe tomado de Roberto Sosa que introduce la obra contiene y explica el mensaje que el yo poético desea enviar: “De la nostalgia por lo que perdimos/ iremos construyendo un sueño a piedra y lodo”. El yo poético ha cambiado y, en sus recuerdos, su península ya no es únicamente su terruño; se ha convertido en una semilla que ha germinado en un nuevo sueño —una nueva vida— que, a pesar de la profunda metamorfosis experimentada, no olvida su esencia.

El poemario retrata las emociones del poeta al regresar a la península que mora en sus sueños. En cada detalle encuentra un motivo para reencontrarse con su pasado: los tejados coloniales de Parita lo conectan con su herencia hispana; el sonido de los tambores lo conducen a sus ascendientes africanos; las polleras de Santo Domingo exaltan a la mujer de sus memorias; el sombrero y el motete lo trasladan a la esencia del hombre de su tierra, caracterizado por su laboriosidad y por el amor a sus costumbres.

En Viaje a la península soñada, Salvador Medina Barahona retrata con precisión no solo la médula de su terruño; sino también su identidad. Se pinta a sí mismo en ese desplazamiento que es la vida, en el que parte de su tierra en busca de su identidad, acumulando experiencias y transformaciones. No obstante, al regresar a su tierra natal la encuentra diferente, sin percatarse, tal vez, de que quien ha cambiado es él. Su tierra, su gente y sus costumbres se mantienen casi intactas, es el yo lírico quien ya no es el mismo. Las enseñanzas y experiencias que le ha proporcionado la vida lo han enriquecido, han hecho de él un nuevo ser que añora su esencia.

Este poemario me ha dejado una gran vivencia estética, por lo que me permito recomendar su lectura a los amantes de la buena poesía. Cada poema, cada verso y cada palabra logran el significado preciso para expresar las emociones de un poeta seducido por su tierra, por su gente y por sus tradiciones que no han emergido por azar, sino que son producto de las constantes uniones, por diversos motivos históricos, de seres humanos procedentes de latitudes disímiles.

Viaje a la península soñada no solo constituye un retorno a los orígenes, es una travesía en el que el yo lírico confiesa, con un tono de disconformidad, que se siente ajeno a su entorno. Sin embargo en el poema final, nos advierte que se marcha de su terruño, pero que un día regresará: “Volveré/ península de un exilio obligado./ Tú sabes que entonces,/ justo ese día que nadie habrá inventado,/ nunca más tarde,/ no más allá del tiempo y de las voces,/ jamás cansado de soñarte,/ entre los rezos del tambor y la llovizna./ ¡Volveré!”, clara alusión a Odiseo que después de su travesía por el mundo retornó a Ítaca para reencontrarse con su esencia.