El Niño y La Niña
- 06/06/2026 00:00
En el principio de la creación divina, desde el fondo del mar surgió el Istmo de Panamá para unir las Américas, Norte, Centro y Sur. Tratando asuntos divinos todo no es coser y cantar, en imprevisto mes de cualquier milenio apareció una extraña criatura –olvido de Dios- que los monos sabios y otros científicos del mundo moderno han bautizado con el nombre de fenómeno de El Niño que nace en el Océano Pacífico, costa Oeste de Suramérica, afecta la corriente de Humboldt, la pesca industrial del norte de Chile, Perú, Ecuador. Calienta la superficie del mar provocando sequías y ese calorcito de las últimas semanas que cambia el benigno clima de Colombia, Panamá y que en el presente año escala hasta Centroamérica y México.
Gunther D. Roth, astrónomo y reconocido meteorólogo, describe el fenómeno de El Niño como una irrupción de aguas superficiales cálidas entre las secciones oriental y occidental del Océano Pacífico, que debido a inestabilidad en la presión atmosférica rozan la línea ecuatorial. El Niño es impredecible en cuanto a si viene con sequía de cola corta o larga, en todo caso los agricultores de regiones como nuestro Panamá se reprimen y desisten de sembrar gramíneas como arroz y maíz de modo que las familias campesinas son primarias víctimas de El Niño. En años de clima normal, el invierno panameño es húmedo y lluvioso, abundante agua que corre por el caudal de 90 ríos, innumerables afluentes y riachuelos. Durante estos meses, ríos como el Chiriquí, San Pablo, Chagres, Indio, Bayano, cualquier día del año descargan al mar el doble del agua que consumen cuatro millones de habitantes, el sector agrícola, las demás industrias y el Canal de Panamá.
En nuestro país El Niño se manifiesta cuando el sol no quiere abandonar el cielo azul, llueve poco o nada, merma el caudal de ríos y quebradas, los cultivos se marchitan, el ganado enflaquece, amenaza la ruina en ciertas actividades económicas y se restringe el calado de los buques que cruzan el Canal de Panamá. Las peores sequías provocadas por este fenómeno ocurrieron durante los años 72, 82 y 98 del siglo pasado y en este siglo, durante los años 2015, 2016 con presagios de que en el presente año 2026, los próximos meses de temporada lluviosa enfrentaremos un reseco El Niño que más para mal que para bien, sin pre-aviso viene en comparsa con otros desórdenes de la madre naturaleza.
En Perú, Chile, sur de Europa, gran parte de África y en el Medio Oriente llueve poco; serían en extremo felices si recibieran aunque fuese el uno por ciento de aguaceros que mojan la tierra panameña. Aquellas regiones del mundo aprecian su escasa humedad y la aprovechan al máximo en tanto que los seres humanos de la especie panamensis somos expertos en despilfarrar agua y sin haber construido ni la muestra de un embalse en La Villa, Guararé, Pedasí, Tonosí, Las Tablas... impasibles, vemos cómo los contados ríos de la península de Azuero desembocan directo al mar. Bañando al perrito, el jardincito y el carrito, en los centros urbanos desperdiciamos agua potable que el Idaan nos regala a razón de mil galones por un puñado de centavos.
Con nuestra característica indolencia preferimos ignorar que los meteorólogos no logran determinar ciclos confiables de la visita de El Niño. Ahora entramos al mes de junio, época de lluvias, en los campos interioranos se escuchan rezos, oferta de diezmos y misas cantadas rogando que falle el pronóstico de que en este mismo invierno, en vez de aguaceros aparecerá el Fenómeno De El Niño arrastrando un segundo verano. Encendamos más velas para que si aparece el indeseable nene, no se quede hasta diciembre, esperando a su hermanito el Niño Dios.
Un poco fuera de onda recordamos que hace poco tiempo el país entero junto con el Gobierno trazaba planes para castigar al dueño del perrito, construir embalses en el Arco Seco y dotar de agua potable a incontables comunidades del resto de este país. Palabras que arrastra el viento...