El ‘no porque’: el verdadero freno de la innovación

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  • 01/03/2026 00:00

Recientemente, en el marco del evento empresarial Mentes IN, organizado por Inprende en Puerto Rico, el exvicepresidente de Innovación y Creatividad de Disney, Duncan Wardle, planteó una idea incómoda para cualquier organización: el mayor enemigo de la innovación no es la falta de recursos, sino una frase cotidiana que la bloquea antes de nacer.

El “no porque” que repetimos sin pensar.

“No porque aquí siempre lo hemos hecho así.” “No porque eso no va a funcionar en nuestro mercado.” “No porque es muy riesgoso.” Esa respuesta automática, repetida durante años en juntas directivas y comités ejecutivos, termina por apagar las ideas antes de que tengan la oportunidad de madurar. Para Duncan, es el freno principal de las ideas innovadoras en las empresas.

En mercados como el nuestro —pequeños, altamente conectados y cada vez más expuestos a dinámicas globales— esta reflexión resulta particularmente pertinente. Panamá compite no solo por inversión y talento, sino por relevancia. Y en ese contexto, la innovación no puede ser un eslogan; debe ser una práctica sostenida.

Wardle nos mostró cómo el cerebro, en estado beta de estrés y rutina, solo usa el 13 % consciente, bloqueando el 87 % subconsciente donde nacen las ideas disruptivas. Solución: energizers lúdicos de 60 segundos para reír y abrir el “río del pensamiento”.

Existe una paradoja silenciosa: mientras más experiencia tiene una organización, más argumentos encuentra para explicar por qué algo no funcionará. La experiencia, que debería ser ventaja competitiva, puede convertirse en filtro prematuro. La prudencia, necesaria para la sostenibilidad, se transforma en resistencia estructural al cambio. Duncan propuso reemplazarla por “Sí, y”, expandiendo conceptos en lugar de eliminarlos.

La innovación no muere por falta de ideas. Muere por cultura.

Otro obstáculo es el apego a la autoría. Cuando una propuesta se percibe como “mi idea”, activa dinámicas de jerarquía y ego. En cambio, cuando se convierte en “nuestra idea”, el foco cambia hacia el impacto estratégico. Las organizaciones que logran innovar no son necesariamente las que tienen a la persona más creativa en la sala, sino las que diseñan procesos que permiten construir colectivamente.

Wardle enseñó herramientas para desafiar lo establecido, como “¿Qué pasaría si?”. Recomendó lanzar 20 preguntas absurdas para generar ideas disruptivas. Recordó cómo Reed Hastings, el empresario y cofundador de Netflix, se preguntó “¿Y si no hay tiendas físicas?” y así destruyó Blockbuster. En nuestra cultura, el “siempre se ha hecho así“ frena tantas ideas innovadoras para las empresas.

La creatividad no es improvisación. Es método. Es estructura. Es decisión. Con Wardle aprendí que rara vez las ideas disruptivas vienen de mirar dentro de la propia industria. “¿Dónde más?”: aunque parezca simple, se encuentran observando. La miopía competitiva y el pensamiento circular suelen ser obstáculos para innovar en las organizaciones. La experiencia de una fábrica de vasos que contrató a personas con discapacidad visual para empacar, y así evitar distracción, subió en 26 % su producción. Esto me llamó la atención.

Panamá enfrenta desafíos complejos: transformación digital, competitividad regional, sostenibilidad, cambios generacionales y nuevas expectativas sociales hacia el sector privado. Pretender responder a estos retos con las mismas fórmulas de hace veinte años no es prudencia; es inmovilismo. Eliminemos las barreras al pensamiento creativo y activemos procesos colaborativos para poder innovar.

El liderazgo empresarial del futuro no estará definido únicamente por resultados financieros, sino por la capacidad de construir culturas donde las ideas puedan respirar lo suficiente para convertirse en estrategia.

La verdadera pregunta no es si nuestras empresas quieren innovar. Es si están dispuestas a revisar las frases que, día tras día, lo impiden.

* La autora es Socia & VP Ejecutiva, Stratego