El nuevo lenguaje del capital: Panamá blinda su competitividad financiera
- 04/04/2026 00:00
Ya no basta con saber cuánto dinero gana una empresa. En la economía del siglo XXI, el mercado global exige saber qué tan resiliente es una organización ante los impactos del cambio climático (tormentas tropicales, lluvias torrenciales, inundaciones, sequías, erosión costera, intrusión marina y ascenso del nivel del mar) o la transición energética. Lo que antes era una narrativa “verde” opcional hoy se ha convertido en el núcleo de la arquitectura financiera internacional. Panamá, fiel a su histórica vocación de centro bancario y financiero internacional de prestigio, acaba de formalizar su ingreso a esta era.
El 11 de marzo de 2026 marcó un hito. Mediante la Resolución N.º 012-2025 de la Junta Técnica de Contabilidad publicada en la Gaceta Oficial, el país oficializó la adopción de las Normas NIIF de Sostenibilidad (S1 y S2), emitidas por el International Sustainability Standards Board (ISSB). Este movimiento no es cosmético; es un cambio técnico profundo que obliga a las corporaciones a reportar sus propios riesgos climáticos con el mismo rigor de los estados financieros.
Panamá no camina sola. Se convierte en la segunda nación de Centroamérica en dar este paso, siguiendo la senda de Costa Rica, que fue pionera regional con su Circular No. 33-23 de 2023. En el panorama continental, Latinoamérica y el Caribe ya representan el 17% de las aproximadamente 40 jurisdicciones que ya abrazan estos estándares. Mercados como Chile, Colombia, Perú, Ecuador, Brasil, Canadá y recientemente Guatemala y El Salvador, entre otros, también han evaluado históricamente sus procesos de convergencia hacia este lenguaje transparente. ¿Qué significa esto en la práctica? La norma NIIF S1 exige revelar riesgos de sostenibilidad en el corto, mediano y largo plazo, mientras que la S2 se enfoca en métricas climáticas. Ambas se estructuran sobre cuatro pilares fundamentales: gobernanza, estrategia, gestión de riesgos y objetivos. El propósito central es evitar que la sostenibilidad sea una “narrativa paralela” y se transforme en datos útiles para evaluar los flujos de caja, acceso a financiamiento y el costo del capital organizacional.
Un ejemplo real lo vemos en el sector financiero. Con la Taxonomía de Finanzas Sostenibles de Panamá, las instituciones están alineando sus sistemas de gestión de riesgos con estos estándares. Aunque la obligatoriedad llegará en 2030, el reloj empezó a correr en enero de 2026 para quienes opten por liderar esta transición de forma voluntaria, buscando atraer a los inversionistas globales.
La adopción de estas normas es también un escudo competitivo. En un entorno donde muchas empresas aún no vinculan sus iniciativas ambientales con su estrategia de negocio, Panamá ofrece ahora una herramienta de transparencia robusta basada en ciencia. Esto reduce la asimetría informativa y facilita que el capital internacional encuentre su camino hacia proyectos locales que contribuyan al desarrollo sostenible inclusivo, bajo en emisiones CO2 y resiliente al cambio climático, consolidando la confianza en el mercado panameño frente a sus socios globales.
La sostenibilidad ha dejado de ser un tema reputacional para ser una cuestión de supervivencia. La pregunta para el empresario panameño ya no es si debe adoptar estos estándares, sino qué tan rápido puede desarrollar las capacidades necesarias. La transparencia no es solo un deber ético; es hoy la moneda de cambio más valiosa para asegurar la resiliencia nacional. Es momento de que la contabilidad financiera refleje, finalmente, la realidad de nuestro querido y frágil planeta tierra para las generaciones actuales y futuras que habitamos este suelo patrio porque la economía depende de ella.