El rostro humano del terror en Ucrania
- 06/04/2026 00:00
Como representante de Ucrania en Panamá, mi labor suele transcurrir entre acuerdos diplomáticos y el fortalecimiento de lazos bilaterales. Sin embargo, hoy mi voz no habla desde la política, sino desde el dolor profundo de una nación que, día tras día, ve cómo su futuro es sistemáticamente mutilado. Hoy quiero contarles de dos hermanas, de Dasha y Yevheniia. Dos nombres que personifican la tragedia y el heroísmo que definen la realidad ucraniana bajo la guerra de agresión de Rusia contra Ucrania.
El pasado 28 de marzo, las fuerzas rusas bombardearon una zona residencial en el distrito de Shostka, región de Sumy. No fue un objetivo militar; fue un hogar de una familia ucraniana. En medio del estruendo y el fuego, Dasha Serhiienko, una joven de 20 años y estudiante del Colegio Médico de Shostka, tomó una decisión definitiva: interpuso su propio cuerpo para salvaguardar la vida de su hermana menor, Yevheniia, de tan solo seis años. Dasha falleció en el acto. Sus profesores la recuerdan hoy no solo como una estudiante dedicada, sino como el símbolo máximo de la abnegación. Entregó su vida por la promesa de que su hermana pequeña pudiera seguir respirando. “Esta acción perdurará en nuestra memoria como el símbolo máximo de la abnegación y el sacrificio” - Colegio Médico de Shostka.
Durante días, Ucrania entera contuvo el aliento por la pequeña Yevheniia. Mientras sus padres, también heridos en el ataque, intentaban procesar la pérdida de su hija mayor, la ciencia médica luchaba por salvar a la menor. Lamentablemente, el pasado 31 de marzo, el frágil cuerpo de Yevheniia no pudo resistir más la gravedad de las lesiones. La niña de seis años falleció en el hospital. El sacrificio de Dasha no pudo contra la letalidad del armamento ruso, y ahora una familia, y una nación, lloran el vacío de dos vidas segadas antes de tiempo.
La tragedia de Yevheniia no es un hecho aislado, sino parte de un patrón aterrador. Desde el inicio de la invasión rusa a gran escala, cientos de niños ucranianos han sido asesinados por los ataques rusos. Son vidas interrumpidas en sus camas, en sus escuelas o mientras jugaban en parques que se convirtieron en campos de batalla. Cada pequeño féretro que baja a la tierra ucraniana representa un futuro que nos ha sido robado: los médicos, artistas y líderes que Ucrania no llegará a conocer.
Rusia no solo ataca nuestra infraestructura; ataca nuestra descendencia. Al asesinar a nuestros niños, el agresor intenta asesinar la esperanza de nuestra nación. Miles de menores más han sufrido heridas que los marcarán de por vida, no solo en sus cuerpos, sino en sus almas, creciendo bajo el sonido constante de las sirenas antiaéreas y el luto por sus padres o hermanos, como ocurrió con la valiente Dasha. Desde Panamá, país que valora la paz y el derecho internacional, hago un llamado urgente: no podemos normalizar el horror. Cada cifra es una vida, un sueño y una familia destruida.
El terrorismo de Estado ruso no debe quedar impune. Quienes ordenan y ejecutan estos bombardeos contra civiles deben enfrentar la justicia internacional. La comunidad global debe unir fuerzas para detener esta maquinaria de muerte. El sacrificio de Dasha y la partida de Yevheniia nos obligan a no apartar la mirada. En su memoria, Ucrania seguirá resistiendo, pero el mundo debe garantizar que ninguna otra hermana tenga que convertirse en el escudo humano contra un misil.