El sistema te rebota y encima te culpa
- 30/03/2026 00:00
Un amigo tardó dos semanas en armar una denuncia sobre una contratación irregular en la institución donde trabaja. Buscó el organismo que creyó correcto, leyó los requisitos, llenó los formularios, los envió. La respuesta llegó en tres líneas: no es competencia de esta entidad. Sin indicar cuál era la correcta. Sin orientación. Sin nada. No volvió a intentarlo. Yo tampoco lo hubiera hecho. Ninguno de los dos tiene la culpa de eso.
Ese caso no es una anécdota: es un patrón con estadísticas. Según sus propios datos, la Contraloría recibió 126 denuncias ciudadanas en 2025 y descartó más de la mitad —72, casi el 58%—. La razón principal: eran anónimas, y las denuncias anónimas no son válidas, algo que el sistema no advierte con claridad. La segunda razón más común: se equivocaron de institución. Tampoco nadie les explicó cuál era la correcta. Casi dos tercios de los descartados no fallaron por mala fe. Fallaron porque el sistema no se explica a sí mismo.
El 34% de las denuncias sí están en investigación y la Contraloría asigna un número para rastrearlas. Pero ese tercio no prueba que el sistema funcione: prueba que funciona para quien ya sabe exactamente a dónde ir, cómo identificarse y qué institución tiene competencia.
Esa dificultad para usar las instituciones también aparece en indicadores globales. El índice Global State of Democracy de IDEA Internacional mide la democracia en cuatro dimensiones: representación, derechos, participación y Estado de Derecho. En las primeras tres, Panamá se ubica en posiciones medias. En la cuarta, la que evalúa si las instituciones funcionan de forma imparcial y predecible para todos, cae al puesto 71 de 173 países. Es decir, votamos, tenemos derechos formales, pero cuando alguien intenta usar el sistema desde abajo, el sistema falla. Las elecciones funcionan. Lo que colapsa es todo lo demás.
La respuesta cómoda es culpar al ciudadano: que no se informa, que no busca, que prefiere quejarse. Pero esa narrativa invierte el orden de los hechos: el sistema publica sus requisitos en subpáginas que nadie encuentra, y descarta el 58% de las denuncias sin explicar qué hacer después. Y el resultado se lee como apatía cultural, no como consecuencia del sistema.
El Estado lleva décadas con instituciones que nadie se molestó en hacer comprensibles. Y sí, la ciudadanía a veces elige la queja sin destino antes que la acción con costo. Es más fácil indignarse en una conversación o en redes que navegar un sistema que termina cansándote. Pero esa reacción no aparece de la nada: se aprende. La mayoría de la gente trabaja ocho horas al día. Un sistema que exige horas extra solo para entenderlo ya está filtrando quién puede usarlo. Eso no es apatía. Es lógica.
Lo que casi nadie dice en voz alta es que esta opacidad no es accidental: es el resultado natural de décadas sin invertir en que el sistema se explique a sí mismo. Un ciudadano desorientado no fiscaliza, no presiona, no se organiza. Mientras debatimos si el pueblo debiese saber más, los contratos se firman, los presupuestos se ejecutan y las auditorías duermen en un cajón. No hace falta conspiración para que eso funcione. Ni siquiera maldad. Basta con no explicar nada, diseñar trámites que nadie entiende, cambiar las reglas sin avisar, y esperar a que la gente se canse y se vaya a su casa. Generalmente funciona.
Uruguay y Chile ya resolvieron esto. Uruguay tiene un portal único donde, si te equivocas de institución, el sistema te redirige a la correcta. Chile tiene ChileAtiende: un solo punto de entrada que te dice qué institución corresponde, dónde queda y cómo contactarla. No es tecnología de punta, es una decisión política: que el ciudadano no tenga que adivinar el Estado. Panamá todavía no la ha tomado.
Mi amigo paga sus impuestos, siguió el proceso como pudo, y el sistema lo mandó a buscar en otro lado sin decirle dónde. No debe disculparse por no haber sabido más. El que debe dar explicaciones es el Estado que cobra, decide y administra en nombre de todos, y que lleva décadas apostando a que no le preguntemos cómo lo hace ni a dónde va el dinero. Esa apuesta, hasta ahora, le ha salido muy bien. Una democracia opaca no es descuido. Es una decisión.