El turno que nunca termina: el trabajo que sostiene la vida

  • 12/04/2026 00:00

En Panamá, el cuidado se resuelve en silencio: sobre el cuerpo de otras mujeres y en condiciones de precariedad. Teresa se levanta todos los días a las cuatro de la mañana en Alcalde Díaz, a unos 20 kilómetros del centro de la ciudad. Prepara el café, alista uniformes y el almuerzo de sus hijos. Luego toma dos buses hasta la casa donde trabaja, donde limpia, lava, cocina y organiza la rutina para otra familia. Sabe exactamente cómo le gusta el café a cada uno de sus integrantes, pero no recuerda la última vez que tomó el suyo con calma. Cuando regresa a su casa, el turno continúa: la cena, la ropa y los pendientes escolares para el día siguiente. Dice que no le pesa trabajar: lo que cansa es no saber cuándo acaba el día. El suyo nunca termina.

La historia de Teresa no es excepcional. En Panamá, más de 80 mil mujeres trabajan en servicio doméstico, según el INEC. La mayoría lo hace sin reconocimiento legal ni posibilidad de jubilación: 6 de cada 10 no cuentan con seguridad social, por lo que la precariedad se intensifica con el tiempo. A esto se suma la remuneración: es uno de los peores pagados del país. Además de contribuir al funcionamiento de familias ajenas, sostienen la propia.

Las cifras oficiales indican que las mujeres dedican más del doble de tiempo que los hombres al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado: alrededor de 31 horas semanales frente a 13. Gracias a ese tiempo, otros pueden estudiar, trabajar y avanzar. Mientras tanto, ellas ven limitadas sus propias posibilidades de estudio, empleo y autonomía. Es decir, en el país el cuidado no está resuelto: lo resuelven las mujeres, muchas veces en condiciones de precariedad y sin red de apoyo.

Panamá no cuenta con un sistema nacional de cuidados que organice y distribuya estas responsabilidades, como han demostrado CIEPS y CEPAL. No hay una ley marco que lo establezca, como en Costa Rica o Uruguay, ni una institución que lo coordine. No hay licencias amplias que permitan compartir esas tareas. Tampoco existe una red pública suficiente para el cuidado de personas mayores o dependientes, ni siquiera hay guarderías: hay una por cada 100 mil habitantes, mientras que en países como Colombia es más del doble (una por cada 48 mil). En su ausencia, el peso recae casi por completo en los hogares, y dentro de ellos, en las mujeres.

El costo que asumen las mujeres se traduce en jornadas sin inicio ni cierre claros: empieza antes, empieza antes de salir de casa, continúa en la casa de otros y no termina al regresar. Es tiempo que a unas les falta para estudiar, descansar o decidir, y se convierte en el tiempo disponible de otros. Permite que alguien más llegue a tiempo a su trabajo, mientras otra lleva horas trabajando. El orden de una casa sostenido sobre el desgaste de otra. También son los sueños que se quedan en el camino. Teresa, por ejemplo, no pudo terminar sus estudios de enfermería.

Algunos dirán que ese es el trabajo que eligieron y que para eso se les paga. Y sí, es un trabajo. Pero ese argumento ignora algo básico: el problema no es que ese trabajo exista, sino que el sistema económico depende de él mientras lo mantiene invisible y precarizado, porque el Estado no cumple su parte: el país ratificó el Convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que obliga a garantizar condiciones laborales dignas para las trabajadoras domésticas —incluido salario justo, acceso a seguridad social y protección frente a abusos—, pero no ha implementado las políticas necesarias para que ese marco sea efectivo. Y ahí es donde la desigualdad no sólo está en las cifras. Está en los cuerpos cansados, en las manos ocupadas de quienes limpian dos casas y no descansan en ninguna. En los días como los de Teresa, que no tienen principio ni final.

El turno que nunca termina no es un asunto doméstico. Es la base silenciosa del modelo de desarrollo panameño. Ese orden que parece normal: la casa limpia, la comida hecha, el día que alcanza, tiene un costo: el tiempo y el cuerpo de otra mujer. Ese éxito individual que tanto se celebra también es posible por mujeres como Teresa. Solo que casi nunca las nombramos.

Vengo de un linaje de mujeres como Teresa. Aprendí que cuidar, limpiar y sostener no es algo pequeño: es un trabajo que exige cuerpo y tiempo completo.