Emergencia climática: de la negación petrolera a la apropiación minera
- 27/01/2026 00:00
Durante las últimas décadas, la crisis climática ha pasado de ser negada abiertamente por las industrias responsables de su agravamiento a convertirse en un recurso discursivo apropiado por nuevos actores extractivos. Esta transformación no es casual ni espontánea: responde a estrategias de poder, comunicación y captura del debate público que merecen ser examinadas con rigor.
Cuando, a partir de la década de 1990, los gobiernos comenzaron a reconocer la gravedad de la crisis ecológica, la percepción pública del calentamiento global estuvo marcada por un sentido de urgencia. En ese contexto se adoptó en 1997 el Protocolo de Kioto, un acuerdo internacional basado en el consenso científico de que el cambio climático es real y tiene causas humanas, cuyo objetivo era reducir las emisiones de gases de efecto invernadero a niveles seguros.
Fue entonces cuando el Instituto Americano de Petróleo, que representaba a la mayoría de los grandes productores de hidrocarburos —entre ellos Exxon y Chevron— tomó una decisión estratégica: en lugar de contribuir a la búsqueda de soluciones, impulsó una campaña sistemática de desinformación. Con amplios recursos financieros y el respaldo de políticos, medios de comunicación e instituciones académicas, esta estrategia buscó sembrar dudas sobre la certeza científica del cambio climático para justificar la continuidad de la producción fósil. Lo paradójico es que esta industria había sido advertida desde la década de 1950. Investigaciones internas de alta calidad, incluidas las de ExxonMobil, confirmaban escenarios climáticos catastróficos. Aun así, las empresas optaron por proteger sus intereses económicos, trasladando los costos al conjunto del planeta. El resultado es un sector que sigue dominando el mercado energético, acumulando ganancias y subsidios récord, mientras ejerce una influencia política significativa, incluso en las negociaciones climáticas internacionales, que avanzan con lentitud frente a una realidad marcada por incendios, sequías, inundaciones y pérdidas humanas y ecológicas crecientes. Hoy, esa crisis climática y ecológica —generada, negada y profundizada por la industria petrolera— está siendo resignificada por otra rama del extractivismo: la minería. La explotación de metales estratégicos y tierras raras, incluido el cobre, se presenta como pieza clave de la llamada “transición energética”, bajo el argumento de sustituir los combustibles fósiles por energías “limpias” o “verdes”. Sin embargo, este discurso suele omitir la propia huella ambiental y climática de la minería.
La actividad minera implica la remoción de grandes extensiones de territorio, la eliminación de vegetación y biodiversidad, la destrucción de suelos y la generación de enormes volúmenes de desechos cargados de metales pesados. Estos residuos se depositan sobre ecosistemas que antes prestaban servicios ambientales esenciales a comunidades humanas y no humanas, con impactos que pueden manifestarse durante décadas o siglos. Además, la minería es intensiva en energía. Extraer, transportar, triturar y procesar roca requiere grandes volúmenes de electricidad y combustibles, lo que la convierte en una fuente relevante de emisiones de gases de efecto invernadero. En Panamá, el Inventario Nacional 2024 de gases de efecto invernadero señala que las emisiones aumentaron significativamente debido al uso de carbón bituminoso en la industria minera, particularmente en la planta termoeléctrica de Punta Rincón.
En 2021, Cobre Panamá fue responsable de más de una cuarta parte de las emisiones del sector energético y de entre el 11 y 13 % del total nacional, una cifra equivalente al compromiso de reducción de emisiones asumido por el país hacia 2035. A ello se suman emisiones no contabilizadas derivadas de la pérdida de vegetación, la degradación de suelos y la reducción de sumideros de carbono. El extractivismo, lejos de desaparecer, se reinventa. Ha pasado de negar la emergencia climática a apropiarse de ella, adaptando su narrativa y recurriendo a las mismas estrategias de comunicación y alianzas que históricamente le han permitido moldear la opinión pública.