En un mundo rabiosamente alienante

  • 27/04/2026 00:00

Mira que el mundo está casi desquiciado, al parecer ha perdido el rumbo. El dinero desplaza los valores y la clase política, hambrienta de poder y gloria, decide por las mayorías, ya se trate de dictadura o liberalismo democrático. Ambos tienen en común las ansias de gobernar, porque borrachas de poder impulsan guerras, como si estuvieran decidiendo alguna fiesta colectiva.

Los imperios de ayer poco se diferencian de los contemporáneos, destruyen y matan en nombre de ideologías y cuotas del pastel económico. Que en esos arranques de locuras destruyan el equilibrio ambiental, poco importa, porque el lucro es la vara con la que se mide el proceder político y empresarial.

Amplias masas de población viven en sociedades alienadas, carentes de proyectos colectivos de vida. Lo que observamos es el retorno al individualismo, al hedonismo y la sexualidad como deporte. Y es comprensible, porque la socialización está relegada a su propia suerte, la educación formal se centra en el aula y desconoce, la mayoría de las veces, lo que acontece en el extramuros social; aprender es un asunto de memoria y de repetición de contenidos. El centro educativo no enseña a pensar, sino a repetir.

Luego, la conciencia está adormilada y el hombre es incapaz de trascender lo inmediato. Así las cosas, el ser humano justifica y santifica lo existente, aunque ese proceder vaya en contra de su propia calidad de vida. Por eso la felicidad es una entelequia, un bien que no está a su alcance. Luchar es un verbo que no sabe conjugar, porque en su cosmovisión algo debió pasar, porque cree que vino a este mundo a sufrir, a expiar alguna pena, para poder comer pan de gloria en algún paraíso.

En política el conjunto de aspectos estructurales militan en contra de su rescate como ser humano. La política es ejercer el voto, más no el proceder de un ser gregario que construye su propio sistema social. Aún no comprende que el diputado, ministro o presidente, han de ser sus servidores y no aquellos ante los que ha de doblar su cerviz.

Estando desconectado de la realidad, la guerra es una actividad que se desarrolla lejos de su ámbito societario. Las bombas y misiles que matan a diario a miles de seres humanos son estorbos que la televisión presenta en sus noticiarios y que se resuelve cambiando de canal televisivo.

En el fondo lo que estamos destruyendo es la humanidad, para dar paso al señorito satisfecho o al ser light que se contenta con apenas sobrevivir, si es que los poderosos le dejan algunas miserias, migajas existenciales que los políticos llaman “subvenciones” y los empresarios mineros “regalías”

Las soluciones no son fáciles porque conceptos como democracia, libertad y otros de igual calibre, han sido desvirtuados, violados por aquellos que se proclaman liberadores; los que, una vez asumen el poder, se enamoran del mismo, olvidan las promesas e intentan quedarse para disfrutar de prebendas. Y da igual si el grupo, encaramado en el poder, es de izquierda o de derecha, empresario u obrero, campesino o profesional universitario.

Al parecer estamos atrapados en la telaraña del poder, del no me importa, del allá otros, del no es problema mío y de la alienación colectiva que anomia las conciencias y deja como estela un reguero de seres que apenas subsisten en una sociedad institucionalmente fragmentada y carente de objetivos trascendentes. Poco falta para que reclamemos la presencia del mesías que ha de venir a salvarnos. Y por allí asoman su faz los síntomas del aquelarre polítiquero; ya aparecen, aquí y allá, aquellos que están dispuestos a ser ungidos y gobernar desde el trono del poder omnívoro, depredadores y oportunistas.

Ojalá que amanezca, porque no se puede vivir ni ser feliz bajo la sombra de la noche silente.

*El autor es sociólogo